El Mañana

miércoles, 21 de agosto de 2019

Jorge Santana
Desde el otro lado Jorge Santana

De Inmortalidad y cosas peores

26 enero, 2019

Ya llegué a la edad donde me pongo a pensar en cómo seré recordado. No hablo de ser recordado por logros, éxito o esas cosas que juramos nos dan sentido; hablo del recuerdo que dejaré en el entorno, la huella que quedará de mí en las cosas, en la tierra, en la vida de otros. Las vanidades serán olvidadas en algún momento. Si le quité la pelusa al saco antes de salir, esas cosas ya no tendrán importancia, el viento del tiempo cuando me vaya habrá de desaparecerlo todo, como un gran acto de magia lento, donde uno desaparece poco a poco, en un gran a b r a c a d a b r a despacito que se pronuncia letra por letra. De las cosas más desinteresadas que he hecho en mi vida es plantar un árbol. Sé que no será para mí. Si bien me va ya estaré viejo cuando logre ese árbol ser un refugio de este asfixiante calor desértico que hemos aprendido a amar con todo el odio posible. Lo riego, me aseguro se riegue, me preocupo en las heladas, lo quiero, pero no será para mí, alguien más se sentará bajo su sombra, será para el disfrute de los que anden bailando sobre mi tumba. Quiero soñar que bajo su sombra se sentarán a leer algún libro o escuchar música o besar, dar ese apretujón, alguien pondrá bajo sus ramas una mesa y se sentará a partir la cebolla, el tomate, el chile, para hacer una salsa en días de abril, alguien colgará una hilera de luces en sus ramas y en noches cálidas bailará algo pegadito y lento con quien ama, algún perro jadeante a las 3pm del algún agosto se echará en su sombra y dormirá. Pero no será para mí, como muchas otras cosas que hago que no serán mías, pequeños regalos desinteresados al mundo, esas herencias microscópicas que hablarán más de nosotros que otras cosas. Hace días mientras buscaba en la biblioteca algún libro que seguramente ya he comprado dos o tres veces por perderlo una y otra vez en los libreros, me di cuenta que estaba asesinando a los pobres libros. El lugar que escogí para la biblioteca es la habitación que más ventanas tiene, uno puede leer tan feliz ahí. Los ventanales son inmensos y hay un vitral al centro que a cierta hora del día llena de colores la habitación. Hay julietas en la chimenea donde deberían estar los leños. Jamás las encenderé por mi temor al fuego. Hay cuadros que me recuerdan a otros cuadros, a otras vidas. Pero tanto sol los daña, descubrí, los amarillenta, las portadas las resquebraja, los deteriora; yo que pensaba tenerlos en tanta luz los haría respirar mejor y se sentirían libres, aunque nadie los abriera de nuevo. Debo cambiar la biblioteca a un cuarto oscuro de la casa, vacío de luz, como un sarcófago, como rebobinar el tiempo donde los libros eran algo accesible a pocos, el conocimiento algo para aquellos privilegiados en lo oscurito. Pero tendré que hacerlo si quiero sobrevivan, simplemente es demasiada luz. Entre uno de los libros, una novela mexicana, encontré una nota mía al inicio del libro donde recomendaba ciertos pasajes, y algunos comentarios que consideré indispensables para aquel que lo leyera. Olvidé tenía esa costumbre, de escribir notas en libros para futuros lectores, ya no para mí, otro árbol lento, otra herencia sin destinatario. Seguramente en unos 100 años alguien que compre alguna de esas novelas en una tienda de segunda o sabrá usted dónde; encontrará esas notas y las leerá a detalle, y se sentará en su sombra y entonces, ahí en ese momento, lograré la inmortalidad. Ni modo lector, chin chin el que se raje y no plante un árbol jorgesantana1@gmail.com

Desde el otro lado Jorge Santana

Quisiera