El Mañana de Nuevo Laredo

Padre Leonardo López Guajardo

Compartiendo Opiniones

Padre Leonardo López Guajardo

1 abril, 2020

De la ciudad al mundo



La escena, que hubiera sido imposible imaginar hace unas
pocas semanas, y que se hiciera realidad, ocurrió. El pasado viernes por la
tarde, y en la más absoluta soledad, se impartió al mundo una de las más
solemnes bendiciones del año; acompañada antes de vítores y alegría, ahora el
silencio era el que acompañaba al Papa. Este fue parte de su mensaje:

“‘Al atardecer’ (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que
hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido.
Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron
adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un
vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente
en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al
igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta
inesperada y furiosa.

“Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos
frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios,
todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En
esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y
con angustia dicen: ‘perecemos’ (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que
no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

“Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es
entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban
alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que
primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía
tranquilo. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas,
se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: ‘¿Por qué tuvieron miedo?
¿Aún no tienen fe?’ (v. 40).

“Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de
los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían
dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: ‘Maestro,
¿no te importa que perezcamos?’ (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se
desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en
nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: ‘¿Es que no te
importo?’. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También
habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho,
una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

“La tempestad desenmascara nuestra debilidad y deja al
descubierto esas falsas seguridades con las que habíamos construido nuestras
agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos
dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra
vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos
de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas
tentativas de anestesiar con aparentes rutinas ‘salvadoras’, incapaces de
apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos
así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

“Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos
estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer
aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común
de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

“‘¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?’. Señor, esta
tarde tu Palabra nos interpela, se dirige a todos. En nuestro mundo hemos
avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de
ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.
No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e
injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro
planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en
mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares
agitados, te suplicamos: ‘Despierta, Señor’.

“El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación.
No somos autosuficientes; solos nos hundimos.

“El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos
invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar
solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.

“Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra
la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a
través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar
tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre
ustedes, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al
mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no
sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos
abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: ‘No tengan miedo’ (Mt
28,5). Y nosotros, junto con Pedro, ‘descargamos en ti todo nuestro agobio,
porque Tú nos cuidas’” (cf. 1 P 5,7).

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