El Mañana de Nuevo Laredo

Catón

De política y cosas peores

Catón

22 mayo, 2020

De primera necesidad



“Acúsome, padre, de que soy un cabrón”. Eso le dijo el penitente al curita joven en el confesionario. “No eres el único, hijo -le indicó el sacerdote-. El mundo está lleno de cabrones, si me es permitido expresarme así al impartir el vivificante sacramento de la reconciliación. Tantos hay, y tan ubicuos y mal intencionados, que para prevenir sus acechanzas es necesario ser un poco igual que ellos. Mi abuelo materno, que hace años se fue al Cielo (mi abuela dice que a otra parte), solía recitar una piadosa oración a ese propósito: ‘Santo señor San Alejo: te pido con devoción que me quites lo pendejo y me aumentes lo cabrón’”. “Eso está muy bien, padre -admitió el penitente-, pero yo soy cabrón en la acepción segunda que registra el diccionario de la Academia. Esa definición parece referirse a mí: ‘Cabrón. Se dice del hombre al que su mujer es infiel, y en especial si lo consiente’. Yo soy así, padre. Mi esposa, que es mujer en flor de edad, dueña de exuberantes prendas físicas, libidinosa, ardiente, y una maestra eximia en artes de colchón, me pone el cuerno con el primer hombre que se le presenta, y yo nada hago para frenar sus desenfrenos”. “Entiendo, hijo -repuso el sacerdote al tiempo que miraba su reloj-. Pero advierto que se me ha acabado el tiempo. Debo salir corriendo al Obispado. Ya no puedo ni siquiera darte la absolución. Iré a dártela a tu casa. Dime: ¿cuál es tu dirección?”. “Padre -contestó el tipo en tono de reproche-. Soy cabrón, pero pendejo no”… El marido entró en la alcoba conyugal y sorprendió a su esposa haciendo el amor con un individuo en la postura que los romanos llamaban “more ferarum”, al modo de los animales, y los americanos nombran “doggy style”, o sea de perrito. Lo vio la señora y le dijo desde su comprometedora posición: “No vayas a pensar mal, Cornulio. No es lo que parece”… Frente a la puerta del Cielo se había formado una larguísima fila de hombres y mujeres que esperaban ser admitidos en la morada celestial. Todos estaban molestos, pues la fila se movía con una lentitud desesperante. De pronto se oyó un alegre vocerío, y la fila empezó a avanzar rápidamente. Preguntó alguien: “¿Por qué ahora la fila se mueve tan aprisa?”. Otro le contestó, feliz: “¡Es que ya no están contando el adulterio!”… En estos días de confinamiento han escaseado algunos artículos por causa de las restricciones -razonables algunas; no tan razonables otras- impuestas por los gobiernos. A ese propósito escuché un travieso cuentecillo. En su clase virtual el profesor les pidió a sus estudiantes que mencionaran algunos alimentos nutritivos. Dijo uno: “El pan”. “Tienes 6”, lo calificó el maestro. “La leche”, dijo otro. “Tienes 7”, le dio de calificación el profesor. Un alumno, por broma, contestó: “La cerveza”. Le dijo el docente: “Tienes 9. Y te habría puesto 10, pero te faltó decir: helada”. En tiempo de calor y encerramiento la cerveza se vuelve para muchos un artículo de primerísima necesidad. He ahí otro de los muchos motivos para desear que, superada la emergencia sanitaria, podamos pasar ya a lo que se ha llamado “la nueva normalidad”, que con el sabroso -y helado- líquido ambarino será aún más normal… Un hombre de la ciudad se propuso huir del mundanal ruido, y a tal fin adquirió una finca rural. Oyó decir que para los trabajos de la granja necesitaría una mula, y le compró la suya a un campesino. Por desgracia la maldecida bestia le salió díscola y perezosa. La llevó de regreso al vendedor. Le dijo: “La mula no quiere caminar”. El campesino le gritó a su esposa: “¡Antelma! ¡Trae un chile de árbol de los que estás asando en el comal!”. Lo trajo la mujer, y el ranchero lo introdujo en la parte trasera de la mula. Al sentir ese urticante estímulo la rejega acémila escapó a todo galope dando de respingos. “¡Madre mía! -exclamó consternado el citadino-. Y ahora ¿cómo la podré alcanzar?”. Volvió a gritar el campesino: “¡Antelma!”… FIN.

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