El Mañana de Nuevo Laredo

Paloma Bello

Apuntes desde mi Casa

Paloma Bello

13 diciembre, 2020

De zapatillas y protestas



El calzado es la prenda de vestir que caracteriza al hombre civilizado. Aún en tiempos de las cavernas, los seres primitivos cubrían sus pies con pieles o con hojas, para aislarlos del frío, del calor, de inmundicia y porosidades.

Perviven algunos grupos humanos en Sudamérica, África y Oceanía, alejados de todo contacto con la sociedad. Existen otros, en México, como el pueblo raràmuri o tarahumara de Chihuahua, y algunas comunidades apartadas de Oaxaca y Chiapas, en las que la falta de costumbre en el uso de calzado, los señala como conjuntos no totalmente integrados al desarrollo social.

Es por esta razón que una fotografía difundida en las redes de comunicación, hace algún tiempo, capturó mi total atención: se trataba de una protesta fuera de lo común, comprometida con la creatividad del artista Vahit Tuna.

En el barrio Kabatas de Estambul y en el distrito de Beyoglu fueron utilizados 260 metros de pared en dos edificios, para instalar 440 pares de zapatillas de dama que denuncian los 440 crímenes a mujeres turcas, de manos de sus esposos, en 2018.

La estética del fotógrafo narra una perspectiva de arte concebida con delicadeza y emoción. Se contemplan de abajo hacia arriba. Zapatillas deshabitadas, zapatillas de variados diseños y diversas tallas. Una escena inmóvil pero dinámica. Poderosamente sugestiva.

(Posiblemente, una evocación de los 60 pares de Budapest, zapatos de hierro tamaño natural esculpidos en memoria de los judíos eliminados por el Partido de la Cruz Flechada que gobernó Hungría durante el final de la II Guerra Mundial. Con las agujetas amarraban sus manos y pies y los arrojaban al río Danubio para que muriesen ahogados o congelados. A lo largo de la orilla del río puede verse de manera permanente, dicha instalación).

El marco geográfico y cultural del que se desprende la denuncia visual de Estambul, me hace reflexionar en la diferencia establecida entre las causas que engendran los femicidios ocurridos los últimos años, en Turquía y en México. Los primeros, han sido determinados por individuos directamente relacionados por la vía legal o afectiva con las agredidas, y obedecen a un motivo de carácter religioso. De un arraigado apego a las leyes del Corán.

Los segundos, son producto de un conflicto de orden social. Su raíz y ramificaciones pretenden un origen político, económico y sociológico. Atribuidos a temas de misoginia y sexismo, los delitos cometidos suman alarmante número: más de 2,500 en el presente año, según cifras oficiales.

Ambos países provienen de antiguas civilizaciones, aunque, mientras en Turquía se erige una obra de arte como silencioso reclamo, en México se dañan los monumentos artísticos y se vandalizan las calles. Las reacciones producidas para provocar inconformidad respecto de estas infamias, obedecen, probablemente, a que son dos sociedades contemporáneas diferentes, con alguna coincidencia.

En tanto que en Turquía, por tradición son consideradas de mal gusto las expresiones afectuosas en público, incluso con amonestación de las autoridades, en México observamos la decadencia moral instalada en cualquier banca de parque, contra la pared de cualquier callejón, hasta en los transportes colectivos de pasaje.

Lo que no tiene excusa es el atentado a la vida contra cualquier ser humano, sea mujer o varón. Por ningún motivo y por ninguna causa. Y, desde este rincón hogareño, apunto en mi libreta la idea de que, desde la zapatilla de cristal de La Cenicienta, hasta los 440 pares de las señoras turcas, el calzado femenino viene siendo un símbolo, elevado ahora a su máxima abstracción, por el talento artístico de Vathi Tuna, un hombre.
Mérida, 13 de diciembre 2020.

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