El Mañana de Nuevo Laredo

Padre Leonardo López Guajardo

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Padre Leonardo López Guajardo

22 julio, 2020

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Honghing, China. En mi vida había sabido la existencia de un lugar así. Es un parador cerca de Pekín, donde uno puede contemplar, desde lo alto, un hermoso paisaje. Una familia consideró que era un buen lugar para tomarle una foto a su hijo de dos años. Pero para que ésta fuera más espectacular, les pareció bien a su padre sostenerlo al borde del precipicio, mientras otra persona capturaba la imagen. A pocos metros, otra persona filmaba la escena, la subió a internet con el siguiente mensaje: “¿Los padres cuelgan a su hijo al borde del precipicio para tomar fotografías? ¡Estúpidos!”. Quien viera la filmación, estaría totalmente de acuerdo. Y ¡todo para una imagen de una red social! Afortunadamente, no hubo nada que lamentar.

Así también muchos nos exponemos a nosotros mismos y a nuestras familias con actitudes imprudentes, pensando que no nos va a pasar nada… y no me refiero solamente al Covid-19, sino a conductas que ponen en riesgo nuestra salud, nuestros trabajos, y nuestras familias.

El pasado domingo, el Papa nos da un mensaje parecido a estos descuidos que acaban destruyendo nuestra convivencia y nuestra tranquilidad:

Muchas veces, hemos escuchado que una familia que estaba en paz, después han comenzado las guerras, las envidias… Un barrio que estaba en paz, después han empezado cosas feas… Y nosotros estamos acostumbrados a decir: “Alguien ha venido ahí a sembrar cizaña”, o “esta persona de la familia, con los chismes, siembra cizaña”. Siempre es sembrar el mal lo que destruye. Y esto lo hace siempre el diablo o nuestra tentación: cuando caemos en la tentación de chismorrear para destruir a los otros.

La intención de los siervos es la de eliminar enseguida el mal, es decir a las personas malvadas, pero el amo es más sabio, ve más lejos: éstos deben saber esperar, porque soportar las persecuciones y las hostilidades forma parte de la vocación cristiana. El mal, por supuesto, debe ser rechazado, pero los malvados son personas con las que hay que tener paciencia. No se trata de esa tolerancia hipócrita que esconde ambigüedad, sino de la justicia mitigada por la misericordia. Si Jesús ha venido a buscar a los pecadores más que a los justos, a curar a los enfermos antes que a los sanos, también nuestra acción como sus discípulos debe estar dirigida no para suprimir a los malvados, sino para salvarlos. Y ahí, la paciencia.

El Evangelio de hoy presenta dos modos de actuar y de vivir la historia: por un lado, la mirada del amo, que ve lejos; por otro, la mirada de los siervos, que ven el problema. Los criados se preocupan por un campo sin malezas, el amo se preocupa por el buen trigo. El Señor nos invita a asumir su misma mirada, la que mira al buen trigo, que sabe custodiarlo también en las malas hierbas. No colabora bien con Dios quien se pone a la caza de los límites y de los defectos de los otros, sino más bien quien sabe reconocer el bien que crece silenciosamente en el campo de la Iglesia y de la historia, cultivándolo hasta la maduración. Y entonces será Dios, y sólo Él, quien premie a los buenos y castigue a los malvados.

Hasta aquí el mensaje. No podemos seguir actuando confiándonos y tomando actitudes temerarias que pongan en riesgo nuestra dignidad. Pero para ello, como siempre, usted tiene la última palabra.

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