El Mañana de Nuevo Laredo

Padre Leonardo López Guajardo

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Padre Leonardo López Guajardo

12 agosto, 2020

Di no a las gaseosas



Hace poco, el subsecretario de Salud advirtió sobre el peligro del sobreconsumo de los refrescos embotellados (o gaseosas, como le dicen en España), así como del gran gusto que tenemos por aperitivos poco nutritivos, pero con altos contenidos de calorías, pero con un sabor tan delicioso, que, a pesar de que conocemos esta información, cuesta demasiado trabajo resistirse a su consumo.

En vista de la poca voluntad que encuentra en los ciudadanos, el gobierno estatal de Oaxaca prohibió el consumo de estos productos a menores de edad durante esta semana. Ya en la Ciudad de México, se está pensando seriamente con implementar esta medida.

En Nuevo Laredo, hace años, se hizo una campaña similar, cuando se exhortó a las escuelas para que dejasen de vender este tipo de productos, sustituyéndolos por otros más sanos. A pesar de las intenciones, pudo más la costumbre y los gustos que estas medidas.

A pesar de las buenas intenciones que puedan surgir de estas iniciativas, los resultados de una vida saludable dependen más de la convicción que de la prohibición. Hay conductas que nos resistimos a modificar, aunque sobren motivos para hacerlo.

Desafortunadamente esto no se reduce a lo que comemos, sino a lo que pensamos, vivimos y hacemos. No hay nada más difícil que modificar un comportamiento. En realidad, nuestro apego a la comida chatarra es consecuencia de nuestra falta de convicciones.

Es preocupante que, por no modificar conductas, el número de embarazos de menores de edad, se incrementó durante el tiempo de la pandemia, según una publicación de El Mañana, de la semana pasada. Por otro lado, el incremento del consumo de bebidas alcohólicas también ha crecido durante este tiempo. La temeraria conducta de muchas personas que no dudaron en quedar expuestos en esta pandemia, por hacer largas filas para adquirir cerveza, o de sacrificar su ya mermada economía por adquirirla a través de las redes sociales, sin importar mucho el precio (de hecho, se incrementó cuando se reguló la venta, pero ¿a quién le importó?).

No se puede pasar por alto el incremento de la violencia del hombre contra de la mujer, así como de la mujer contra el hombre, porque el problema de la violencia no es de género, sino de la dificultad de dirimir nuestras diferencias.

Este difícil tiempo, ha provocado, en muchas personas, que salga lo peor de ellas. Pero esto ha ocurrido precisamente porque nos hemos contagiado de una mentalidad destructiva que, al parecer, buscaba una oportunidad para manifestarse.

“Podremos salir de esta crisis espiritual y moralmente más fuerte; y esto depende de la conciencia y la responsabilidad de cada uno de nosotros. Pero no solos sino juntos y con la gracia de Dios. Como creyentes nos corresponde dar testimonio de que Dios no nos abandona, sino que da sentido en Cristo también a esta realidad y a nuestro límite; que con su ayuda se pueden afrontar las pruebas más duras. Dios nos creó para la comunión, para la fraternidad, y ahora, más que nunca, se ha demostrado ilusoria la pretensión de centrar todo en nosotros mismos -es ilusorio-, de hacer del individualismo el principio rector de la sociedad. Pero tengamos cuidado porque, tan pronto como la emergencia haya pasado, es fácil resbalar, es fácil volver a caer en esta ilusión. Es fácil olvidar rápidamente que necesitamos a los demás, alguien que nos cuide, que nos dé valor. Olvidar que todos necesitamos un Padre que nos extienda la mano. Rezarle, invocarle, no es una ilusión; ¡la ilusión es pensar en prescindir de Él! La oración es el alma de la esperanza”.

Estas últimas palabras, pronunciadas por el Papa en junio pasado, hacen un llamado a lo mejor de nosotros mismos. No podemos darnos el lujo de seguir desmoronándonos en tantos aspectos: cuidemos lo que comemos, amamos y pensamos. Pero en ello, como siempre, usted tiene la última palabra.

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