El Mañana de Nuevo Laredo

Catón

De política y cosas peores

Catón

24 diciembre, 2020

Díaz navideños



“¿Le eres fiel a tu marido?”. “Sí. Muchas veces”… “Viejo: ¿te gustaría una segunda luna de miel?”. “¡Desde luego! ¿Con quién?”… “Va usted manejando por en medio de la carretera. ¿No sabe para qué es la raya blanca?”. “¿Para las bicicletas?”… “Vengo a donar sangre”. “¿Cuál es su tipo?”. “Alto, moreno, de ojos verdes, con bigotito”… “¿Por qué camina así, joven Babalucas? ¿Le sucede algo?”. “No me pasa nada. Pero en la puerta hay un letrero que dice: ‘Pase usted – Abierto’”… “Perdí mi empleo. Fui desplazado por una computadora”. “No te apenes. Millones de personas en el mundo, tanto en las oficinas como en las fábricas, han sido desplazadas por una de esas modernísimas computadoras”. “Sí, pero a mí me desplazó una calculadora de bolsillo de un dólar”… “Quiero conocerte mejor, Gerineldo. Háblame de tus sueños, de tus ideales, de tus esperanzas, de tu sueldo…”… “Somos del censo, señor”. “¿Qué es eso?”. “Queremos saber cuántos habitantes tiene el país”. “¡Uh! ¡Si ustedes no lo saben menos lo voy a saber yo!”… “Señor presidente del Congreso: me acabo de topar con el diputado Roñona, y de buenas a primeras me dijo: ‘Vaya usted a tiznar a su madre’”. “Estimado compañero: revisaré cuidadosamente el reglamento de la Cámara, pero de momento no recuerdo ningún artículo que lo obligue a ir a eso”… Estamos en presencia de una de aquellas famosas espirales de Vico, según las cuales la Historia parece repetirse. (El que no conoce la Historia está condenado a ser guía de turistas)… Me gustan mucho los días navideños porque me vuelven a mi ser de niño. Bello retorno es ése: de nuevo miras cosas para las que ya eras ciego, y otra vez sientes algo que habías olvidado ya sentir. En este momento estoy mirando el Nacimiento. Es casi el mismo que conoció mi infancia. Sus figuras están hechas de barro, como yo. En cada una de ellas vive un símbolo, y todas guardan un recuerdo. Este gallito de tornasol perteneció a mi abuela. Ella tenía dos hijas profesoras que hacía varios meses no cobraban su salario por causa de una huelga. Ocupado su pensamiento en el conflicto, causa de grave mengua para la economía familiar, mi abuela, que aquella noche recitaba la letanía del rosario, por decir: “Reina de los confesores” dijo: “Reina de los profesores”… Cuánta vida, en verdad, hay en las cosas. Los antiguos creían que las cosas lloraban: “sunt lacrimae rerum”, escribió Virgilio. Yo digo que las cosas también sonríen. Saben que el recuerdo pone una leve tristeza en las pasadas dichas, y un tenue velo de alegría en las penas de ayer… Recordemos ahora el desastrado cauce del explorador que con su esposa fue a Nepal en busca del Abominable Hombre de las Nieves. En un valle nevado lo encontró: ahí estaba el Yeti, un gigante descomunal de horrible traza. Vio el monstruo a la mujer, se abalanzó sobre ella y la tomó en sus membrudos brazos. “¿Qué hago?” -le gritó con desesperación la mujer a su marido-. Le sugirió el explorador: “Dile lo que siempre me dices a mí: que te duele la cabeza”… Hurgando en los cajones el travieso Pepito dio con un traje de Santoclós. Fue con su padre y le dijo: “Lo sé todo”. El señor se alarmó. Le dio un billete de 100 pesos y le pidió en voz baja: “No le digas nada a tu mamá”. El niño fue con su madre y le dijo lo mismo: “Lo sé todo”. “¡No le vayas a decir nada a tu papá!” -se asustó la señora-. Y le entregó al chiquillo un billete de 200 pesos. Pepito, entonces, fue con el vecino: “Lo sé todo”. Exclamó el vecino, emocionado: “¡Ven a mis brazos, hijo mío!”… FIN.

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