El Mañana

viernes, 19 de abril de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Don Cucufate

18 enero, 2019

La pequeña Rosilita vio a Pepito hacer pipí. “Qué práctico -fue su comentario-. Me habría gustado ser niño en vez de niña”. Le dijo Pepito: “Eso debiste haberlo pensado antes de que te bautizaran”… El gerente de la empresa de don Algón le preguntó al jefe de personal: “¿Cuántos empleados tenemos, por sexo?”. Le informó el encargado: “Empleada por sexo tenemos nada más a la secretaria del patrón. Todos los demás entraron por sus méritos”… Al año de casados el marido le preguntó a su esposa: “Dime con franqueza, Facilisa: ¿cuántos hombres ha habido en tu vida?”. Respondió la señora: “Solamente 10. Te los diré por orden de antigüedad: Antonio, Marco, Pedro, tú, Felipe, Alfonso, Gerardo, Pablo, Ernesto y Luis…”… Himenia Camafría, madura señorita soltera, recordó saudosa: “Los novios que tuve fueron unos ángeles”. Preguntó alguien: “¿Muy buenos?”. “No -aclaró la señorita Himenia-. Todos volaron”… Don Chinguetas, hombre dado a deleites fornicarios, le propuso a la hermosa Dulcibel: “Te invito a pasar un fin de semana en mi departamento de Acapulco”. “Lo siento -respondió ella con acritud-. No acostumbro salir con hombres casados”. Precisó don Chinguetas: “No vamos a salir”… El buen padre Arsilio fue a la tienda de la esquina y le pidió a la linda dependienta unos nachos y un refresco. La chica, que vestía una brevísima minifalda, subió por una escalera a bajar el frasco de los chiles jalapeños, que estaba en lo alto de un estante, y al hacerlo dejó a la vista el doble y ebúrneo encanto de su túrgido derrière. Con ello el voto de castidad del padre Arsilio sufrió una abolladura. Ella notó el predicamento en que había puesto al párroco -ellas lo notan todo- y le dijo confusa y apenada: “Perdone usted, señor cura. Lamento haberle dado a ver lo que ha de estar oculto a sus miradas”. “No te disculpes, hija -la tranquilizó don Arsilio-. Al igual que San Antonio estoy muy por encima de esas tentaciones. Mi sagrado ministerio es coraza, yelmo, escudo y grebas que me protegen contra los malos pensamientos, y mis diarias penitencias y oraciones constituyen un recio valladar que me pone al amparo de los embates de la carne”. “Qué bueno -suspiró con alivio la muchacha-. Pero recuérdeme, padre: ¿qué fue lo que me pidió?”. Contestó el párroco: “Unas nachas y un refresco”… Don Cucufate, señor entrado en años, y soltero, cortejaba con asiduidad a la señorita Himenia, célibe como él y también de edad madura. A ella no le atraía el galán, pues no tenía medios, y menos aún enteros. Eso suscitaba recelos en la dama: pensaba que a su pretendiente lo movía el interés, y sobre todo el capital. Don Cucufate recurría a todo para conquistar a la señorita Himenia. En tono altílocuo le juraba amor eterno: “¡Si no me da usted por lo menos su corazón prefiero mil veces trocir!”. Eso de trocir era estudiado término para decir ‘morir’. La noche del sábado el añoso señor llegaba al pie del balcón de su dama y la obsequiaba con una sentida serenata. En su mandolina interpretaba antiguas piezas como “Dolce colloquio”, de Golinelli, y a sus acordes entonaba romanzas de rendido amor, como “Caro mio ben”, de Giordani. La esquiva dulcinea no asomaba a la reja, y ni siquiera encendía la luz de su aposento para dar a entender al trovador que había oído sus madrigales. Entonces don Cucufate cantaba con lacrimoso acento “Vorrei morire”, de Tosti y luego se iba con todo y mandolina a la taberna llamada “Mi despacho”, donde bebía horribles changuirongos para aliviar su pena. Tanto porfió, sin embargo, que se cumplió el plebeyo refrán que dice: “La mujer y la gata, de quien la trata”. Una noche la señorita Himenia le abrió por fin la puerta de su hogar después de una de esas serenatas. “¡Vida mía! -exclamó lleno de emoción don Cucufate-. ¡Si me veo a solas con usted no respondo!”. Ella le ofreció una copita de vermú. “¡Mi cielo! -profirió él-. ¡Si me bebo esta copa no respondo!”. La otoñal doncella se sentó en la otomana al lado de don Cucufate. “¡Ángel de mi corazón! -declamó el galán-. ¡Si está usted cerca de mí no respondo!”. Decidida ya a entregar su corazón y partes adyacentes la señorita Himenia condujo a su pretendiente a la recámara. Y ahí don Cucufate cumplió al pie de la letra su promesa: no respondió… FIN.