El Mañana

domingo, 25 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Don Geroncio

28 julio, 2019

Un rijoso borrachín se plantó en medio de la cantina y declaró con tartajosa voz: “¡Todos los que están aquí son puros culeros!”. Esta última palabra no ha de sobresaltar a nadie: viene en el Diccionario de la Academia, que la registra como mexicanismo y la hace equivalente de miedoso o cobarde. Al oírse llamar así, un hombre de estatura procerosa y hercúlea complexión se puso en pie y le propinó al beodo una bien hilada serie de puñetazos, guantadas, mojicones, trompadas, soplamocos y mamporros, tantos que lo dejó tirado en el suelo sin cara en qué persignarse. Así, caído y lacerado, el temulento comentó: “Bueno, me equivoqué nomás por uno”… Doña Ñenga oyó sonar la campana del camión de la basura. En ese momento estaba vestida con una vieja bata rota por todos lados; calzaba unas pantuflas desgastadas por el uso; en la cabeza llevaba los papelillos -“cucarachas” les llamaba- que solía ponerse para intentar poner en orden la hirsuta cabellera, y en la cara mostraba la crema verdinegra que se aplicaba en las mañanas. Tomó apresuradamente doña Ñenga la bolsa de los desperdicios y con ella salió corriendo a la calle. Apenas pudo alcanzar al camión de la basura. Le preguntó al chofer: “¿Llego tarde?”. “No, señora -respondió el individuo-. Súbase”… Doña Frigidia, lo sabemos, es una gélida mujer. Cierta vecina suya le contó en son de queja: “Mi marido me hace el amor una vez cada tres meses”. “¡Pobrecita de ti! -exclamó doña Frigidia, pesarosa-. ¡Te casaste con un maniático sexual!”… Empédocles Etílez y Astatrasio Garrajara, ebrios consuetudinarios, se corrían una de sus parrandas habituales. Salieron de la cantina y propuso Astatrasio: “Vamos a un congal”. Empédocles, menos borracho que su amigo, simuló aceptar, pero como vio que su contlapache ya no podía sostenerse en pie no se dirigió a aquel lugar pecaminoso sino a la casa de Astatrasio. Llegó, lo recargó en la puerta, tocó el timbre y se alejó apresuradamente para no exponerse a las iras de la señora de la casa. Abrió la puerta la mujer. Con ojos vidriosos la miró Astatrasio y luego prorrumpió en furiosas voces: “¡Mujer infame! ¡Vulpeja inverecunda! ¡Aleve meretriz! ¿Conque aquí vienes cuando no estoy en la casa?”… Don Geroncio, señor maduro en años, logró que una mujer en plenitud de edad y carnadura prestara oído a sus demandas amorosas. Con ella fue al departamento de la fémina. Llegados que fueron a la habitación donde tendría lugar el trance de fornicio la mujer se tendió en el lecho en actitud que recordaba a la Maja Desnuda, la inmortal obra de Goya. Don Geroncio entró en el baño. No lo llevaba ahí ninguna urgencia natural, sino el intento de disponer el ánimo para hacer frente al compromiso con la frondosa dama. Vio sobre el lavabo un pequeño frasco que contenía una pomada blanquecina. Había oído hablar de cierto ungüento fortificador que las mujeres del oficio tenían a la mano para ayudar a los varones en su desempeño. Alabando en su interior aquel auxilio procedió a aplicar en la correspondiente parte una profusa cantidad de la mixtura, con tan buenos resultados que un minuto después ya estaba en aptitud de enfrentar airosamente el amoroso reto. Lo cumplió con prestancia don Geroncio, tanto que al otro día fue la mujer quien lo llamó para una nueva cita. Otra vez el señor recurrió a la taumaturga pomada, con los mismos excelsos resultados. Cuando acabó ese nuevo trance, feliz por el venturoso curso de los acontecimientos, don Geroncio fue al baño con el propósito de anotar el nombre de la pomada, a fin de comprarla en alguna farmacia para futuras ocasiones. Leyó la etiqueta del frasquito. Decía: “Durillon, adieu. Pomada para las callosidades. Con la primera aplicación se ponen duras. Después de la segunda se caen en poco tiempo”… FIN.