El Mañana

domingo, 22 de septiembre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Don Gorilo y doña Liriola

22 junio, 2019

Don Tilingo y su mujer iban por un oscuro callejón cuando les salió al paso un asaltante. El facineroso apuntó con su pistola al asustado señor y lo conminó: “¡La bolsa o la vida!”. Don Tilingo se volvió hacia su consorte: “Aquí te hablan, mi vida”. Valido de esa especie de autorización el hombre gozó cumplidamente a la señora y luego se alejó canturreando una tonada que decía: “Por fin / ahora soy feliz, / por fin he realizado / el amor soñado / en mi corazón…”. El esposo, mohíno, le dijo a su mujer: “Noté que en el curso de este trance te movías mucho, y con gran ímpetu, como nunca has hecho conmigo”. Ella se justificó: “Al mal paso darle prisa”… El cliente se quejó con el mesero del restorán: “La sopa está fría”. Opuso el camarero: “¿Cómo puede saberlo si ni siquiera la ha probado?”. “No -reconoció el señor-, pero la mosca está tiritando”… Don Chinguetas llegó a su casa a altas horas de la madrugada. Venía en competente estado etílico y despedía un sospechoso olor a perfume barato. “¿De dónde vienes?” -le preguntó hecha un basilisco doña Macalota, su mujer. Contestó don Chinguetas: “No me lo recuerdes, porque me vuelvo a ir otra vez ahí”… Doña Liriola recibió esa tarde a sus amigas del club de los jueves. A la hora de la merienda les sirvió copitas de vermú y piononos. Estaban las señoras disfrutando el licor y los dulces cuando irrumpió en la sala don Gorilo, el esposo de doña Liriola. Sin decir palabra la tomó en los brazos y se la llevó cargada por la escalera hasta la alcoba, como hizo Clark Gable con Vivien Leigh en “Lo que el viento se llevó”. Un cuarto de hora después regresó la señora con sus amigas. Venía despeinada y con las ropas en desorden. Le preguntó una: “¿Qué te sucedió?”. Explicó ella: “Mi marido me hizo el amor. Los rijos de la carne lo acometen de pronto, y no puede resistirlos”. Dijo una: “¿Cómo es posible que te haga eso cuando tienes invitadas?”. Repuso doña Liriola: “Va mejorando. Antes me lo hacía aquí mismo en la sala delante de la concurrencia”… Un individuo preguntó en la librería: “¿Tienen ‘La Mujer Inmoral’?”. Lo corrigió el empleado: “Es ‘La Mujer Inmortal’”. Dijo el sujeto: “Entonces no me interesa”… Babalucas se presentó en el plantel universitario y le informó al secretario: “Me duele un testículo”. Replicó el hombre, desconcertado: “Ésta es la Facultad de Derecho”. El tontiloco se admiró: “¿Qué para cada huevo tienen una Facultad?”…La luna de miel terminó, y el marido le dijo a su mujercita: “En la casa yo seré el jefe. Llegaré a la hora que se me dé la gana”. “Muy bien -repuso la muchacha-. Pero te informo que en esta casa se hará el amor todos los días a las 11 de la noche, estés tú o no estés”… El elegante señor llegó al hotel y llenó la hoja de registro. En el renglón donde decía “Profesión” puso “Filántropo”. El empleado le preguntó: “¿Qué es un filántropo?”. Con acento magnílocuo respondió el huésped: “El término ‘filántropo’ viene de dos palabras griegas: ‘fílos’, amor, y ‘ánthropos’, hombre. El que ama a los hombres”. “Ah, vaya -respondió el empleado-. Aquí usan otro nombre”… Amapola, linda zagala campesina, iba por un camino de la hacienda. La vio don Feudalio, el apuesto y fornido hacendado, y poniendo al trote a su caballo llegó a ella y le preguntó: “¿Cómo te llamas, muchacha?”. Amapola bajó la cabeza, ruborosa, y con un pie comenzó a escarbar el suelo. Contestó, ruborosa: “Mi llamo Amapolita, pa’ servir a su güena mercé”. “Estás muy chula, Amapola -le dijo el patrón-. ¿Dónde vives?”. “En aquel jacalito, siñor” -respondió ella al tiempo que seguía removiendo la tierra con el pie-. Volvió a preguntar el hacendado: “Y ¿a dónde vas?”. Contestó la muchacha sin dejar de escarbar el suelo: “Iba a lavar una ropita en el arroyo”. Inquirió el patrón, extrañado: “¿Y por qué mueves tanto la tierra con el pie?”. Explicó la rancherita: “Pa’ que no esté tan dura orita que me tumbe su güena mercé”… FIN.