El Mañana

miércoles, 21 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Don Hermógenes y doña Veremunda

27 enero, 2019

“¡Ah, canalla infame, bellaco inverecundo, pérfido bribón! -rugió don Cornífero con rabia ignívoma cuando sorprendió a su esposa en brazos de un desconocido-. ¡Te voy a enseñar a meterte con la mujer de otro hombre!”. Declaró la señora: “Ya sabe”… Don Sinople, caballero de la alta sociedad, salió a la calle luciendo su monóculo, lente para un solo ojo. Lo vio Babalucas y le preguntó, intrigado, al amigo que iba con él: “¿Qué es lo que trae en el ojo ese señor?”. Le contestó el otro: “Es un monóculo”. Volvió a preguntar el badulaque más intrigado aún: “¿Y entonces por qué lo trae ahí?”… El barbero le dijo al cliente al tiempo que asentaba su filosísima navaja: “Siempre quise ser cirujano, pero para eso se necesita tener buen pulso”… Don Algón, maduro ejecutivo, llegó al hotel de playa en compañía de una despampanante rubia. El encargado del registro le preguntó: “Su viaje, señor, ¿es de placer o de negocios?”. Contestó don Algón: “El mío es de placer. El de ella de negocios”… Ya conocemos a Meñico Maldotado. Es un pobre infeliz con quien natura se mostró avarienta al asignarle su atributo de varón. Desposó a Thaisia, muchacha sabidora. En la noche de bodas, tras proceder a consumar el matrimonio, Meñico le preguntó a su flamante mujercita: “¿Fue ésta la primera vez que has hecho esto?”. “¿Cómo que ‘fue’ -preguntó a su vez Thaisia-. ¿Qué ya lo hiciste?”… Don Poseidón estaba con su hijo pequeño en la plaza del pueblo disfrutando una nieve de guanábana. En eso vio a la distancia que un hombre entraba en su domicilio. De inmediato le ordenó al niño: “Ve corriendo a la casa. Si el que entró es el doctor esconde mis puros. Siempre se las arregla para robarme uno. Si es el abarrotero esconde mi botella de tequila. Siempre se las arregla para darle varios tragos. Y si es mi compadre Pitorreal siéntate en el regazo de tu madre y no te muevas de ahí hasta que yo llegue”… Don Hermógenes era un señor de los de antes. En pleno siglo actual seguía vistiendo chaqué con pantalón a rayas; gastaba polainas y zapatos de charol; se cubría con bombín; usaba reloj de bolsillo con leontina y no salía a la calle sin sus guantes y su bastón de junco. Fue a un pueblo llamado Cuitlatzintli a recibir la herencia que su tía Clotilde le dejó -la casa de la familia y una huerta de chicozapotes-, y ahí conoció a doña Veremunda, viuda de dos maridos, le dijeron, y amiga íntima de tres (eso no se lo dijeron). Don Hermógenes se había mantenido célibe -“El buey solo bien se lame”, solía decir-, pero doña Vere, a más de un abundoso tetamen y un prominente nalgatorio, era dueña de la única botica del lugar, de varios coches de alquiler y de la hacienda La Victoria, especializada en la producción de nopalitos. A doña Vere no le fue indiferente el añoso galán. La atrajo sobre todo la huerta de chicozapotes. Además el señor cura la exhortaba a tomar estado nuevamente para evitar habladurías, pues en el pueblo le decían sottovoce “La 23” en alusión a los dos maridos que había enterrado y a los tres que recibía en su casa, cada uno en diferente noche, claro, pues no era mujer promiscua. Don Hermógenes cortejó a la dama con caballerosa discreción, y ella admitió sus atenciones. Entornaba los ojos como Pola Negri cuando él le recitaba poemas de Julio Flórez o Manuel Acuña, y aceptaba los ramos de flores de garambullo que le enviaba. Una tarde doña Veremunda invitó a su pretendiente a merendar. Lo recibió en la sala de su casa, y para ambientar la ocasión puso en la vitrola el vals “Club Verde”, original del maestro Campodónico. Luego le ofreció un vaso de agua de tuna y un platito de galletas marías. Don Hermógenes estaba emocionado. Al ver el fino trato que le daba su dulcinea pensó en desposarla. Se vio frente a la caja registradora de la droguería y recorriendo en un tílburi la nopalera. Iría a la capital -se dijo- a liquidar sus muy escasos bienes, y tornaría al pueblo a dar mano de esposo a la atractiva viuda. Le dijo: “Debo ir a la ciudad, amiga mía, pero pronto regresaré, pues la llevo ya en mi corazón. Entretanto ¿me permitirá tener con usted una relación epistolar?”. Grande, muy grande fue la decepción del atildado caballero cuando ella le respondió con desenfado: “A ver: enséñeme la pistola”. Ahí acabó el romance… FIN.