El Mañana

domingo, 25 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Doña Macalota y el perico prestado

5 julio, 2019

Dos compadres fueron de cacería. La primera noche bebieron unas copas al amor de la fogata del campamento. Uno de ellos se veía meditabundo y cabizbajo. “¿Qué le pasa, compadre? -le preguntó el otro con amistosa solicitud-. Lo veo muy pensativo”. “Le diré la verdad, compadre -respondió el otro-. Usted no conoce bien a su comadre, mi señora. Es una mosquita muerta. Su carácter es liviano, y temo que en mi ausencia esté haciendo el amor con otro hombre. No estoy a gusto. Regresaré a mi casa mañana mismo”. “No se inquiete -lo tranquilizó el compadre-. ¿Con quién podría estar haciendo el amor mi comadrita? Tanto usted como yo estamos acá”… Empédocles Etílez llegó ebrio a su casa en horas de la madrugada, como de costumbre. Se metió en la cama y al sentir que su esposa despertaba hizo como que estaba leyendo. Le dijo a la señora: “Me la pasé toda la noche en la lectura de este libro. Ya ves que está muy grande”. “¿Leyendo un libro, eh? -masculló con enojo la mujer-. Cierra esa maleta y vete a dormir al otro cuarto”… El agente de bienes raíces enumeraba las ventajas de la casa que ofrecía en venta al señor y a la señora. “Y además -les dijo-, para ustedes que tienen hijos esta casa posee una gran ventaja: está a tiro de piedra de la escuela”. En ese momento una piedra dio en la frente del presunto comprador y lo hizo venir descalabrado al suelo. Sin turbarse comentó el agente: “¿No les digo?”… Simplicio, cándido muchacho, fue con Pirulina, mujer con mucha ciencia de la vida, al romántico paraje llamado El Ensalivadero. En la penumbra del solitario sitio exclamó el galancete lleno de emoción: “¡Qué hermosa eres, Pirulina! ¡Me dejan arrobado los encantos de tu cuerpo: la suave curva de tus senos; las incitantes redondeces de tus muslos; la bella rotundidad de tus caderas!”. Contestó ella, invitadora: “¿Y para qué tienes las manos?”. “Es cierto” -replicó el muchacho-. Y así diciendo comenzó a aplaudir… El desdichado náufrago llevaba ya dos años en aquella diminuta isla desierta. Cierto día la única palmera que había ahí dejó caer un coco. El náufrago abrazó y besó a la palmera. “¡Oh, querida! -exclamó extático-. ¡Un bebé!”. (No le entendí)… Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, le preguntó a un amigo: “¿Te gustaría tener uno de esos tapetes que dicen ‘Bienvenido’ y que se ponen frente a la puerta de la casa?”. Respondió el amigo: “Sí me gustaría”. “Pues ve por el mío -lo invitó Capronio-. Te lo regalo”. Quiso saber el otro: “¿Por qué te deshaces de él?”. Explicó el majadero: “Mañana llega mi suegra a mi casa, y no quiero que se forme ideas”… El cuento que ahora sigue fue reprobado por doña Tebaida Tridua, censora de la pública moral. La molestó el lenguaje que en él se usa. Las personas que no gustan de leer palabras altitonantes deben saltarse en la lectura hasta donde dice ‘FIN’… Doña Macalota, la esposa de don Chinguetas, le confió a una amiga: “Sospecho que mi marido está follando con Ardilia, la muchacha de la casa, pero no tengo forma de comprobar el adulterio”. Le indicó la amiga: “Yo tengo un perico que me cuenta lo que en mi ausencia hace mi esposo. Te lo prestaré por unos días. El cotorro te lo dirá todo. El único problema es que hace tiempo una mujer maltrató al perico, y éste ya nunca volvió a hablar delante de mujeres desconocidas. Pero eso no importa: te disfrazas de varón y el perico hablará contigo”. En efecto, doña Macalota llevó el perico a su casa y lo puso en la recámara a fin de que observara todo lo que pasaba ahí. Al día siguiente se vistió con ropas masculinas y fue a hablar con el perico. La vio el loro, meneó la cabeza y luego dijo: “¡Sí que son especiales los habitantes de esta casa! ¡Un viejo cogelón y una vieja travestista!”… FIN.