El Mañana

jueves, 17 de octubre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Dos compadres en el parque, ebrios y de noche

15 septiembre, 2019

“¡Claro que somos marido y mujer!”, le dijo don Chinguetas al recepcionista del hotel, que lo miró con ojos de sospecha cuando llegó con una estupenda morenaza. Y añadió para mayor certeza: “Yo soy el marido de mi mujer y ella es la mujer de su marido”… El prisionero iba a ser fusilado a las 6 de la mañana. Contando los minutos aguardaba que se cumpliera su destino. Entró en la celda el padre Arsilio y le anunció: “Hijo mío: te he conseguido una hora de gracia”. “¡Qué bueno, padrecito! -se alegró el infeliz-. ¡Que pase Gracia!”… El recién casado le preguntó con emoción a su dulcinea: “¿Me amarás cuando sea viejo, gordo y calvo?”. “La verdad, no sé -respondió ella con inusual franqueza-. Bastante trabajo me está costando amarte ahora que eres joven, flaco y greñudo”… La paciente le reclamó, furiosa, al doctor Ken Hosanna: “¡A consecuencia del medicamento que me dio me creció considerablemente el vello en las axilas y otras partes!”. La revisó el facultativo y dijo: “El vello no se lo puedo quitar, pero le puedo hacer trencitas”… Hacía mucho tiempo que no asomaba por aquí doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías. La ilustre dama, censora de la pública moral, leyó el cuento que viene al final de esta columna y lo calificó de “nefario”. Dura palabra es ésa, pues define a lo que es indigno de lo humano. Pese al exabrupto de doña Tebaida el dicho relato aparece hoy aquí. Léanlo mis cuatro lectores después del siguiente chascarrillo… Un individuo a quien apodaban el Pichón casó con Castalina, muchacha ingenua y púdica. Al empezar la noche de las bodas el desposado se presentó por primera vez al natural ante su mujercita. Cuando lo vio ella supo de inmediato que el apodo de su marido no tenía nada que ver con cosas columbinas, o sea de palomas, sino que hacía alusión a la munificencia con que natura lo dotó. Le pidió, suplicante: “Pichón: te ruego que actúes con delicadeza. Tengo débil el corazón”. Descuida -la tranquilizó el bien guarnido galán-. Te prometo que hasta allá no llegaré”… Viene en seguida el cuento que desató las iras de doña Tebaida. Dos compadres paseaban una noche por el parque, y vieron a través de la reja que lo circundaba a una musa de la noche que ofrecía sus servicios a los transeúntes. La llamó uno de los compadres y le preguntó el monto de su tarifa u honorarios. La mujer metió la cabeza por entre los barrotes de la reja para contestarle, y le informó que su arancel era de mil pesos; 2 mil por las tres cosas. “¡Estás loca! -replicó, desdeñoso, el que había preguntado-. Ni que estuvieras tan buena”. La sexoservidora se ofendió. Rebufó con acento destemplado: “¡Desgraciado cuentachiles! ¡No has de tener ni en qué caerte muerto, méndigo! ¿Para qué preguntas si no tienes con qué responder?”. Tras ese desahogo la musa nocturnal se dispuso a retirarse, pero no pudo sacar la cabeza de la reja, pues se le había atorado entre los barrotes. El agraviado por la mujer cobró venganza saciando en ella sus bestiales rijos. Se valió de la circunstancia de que la infeliz no podía defenderse, apresada como estaba por la reja del parque. Acabado el infame y abusivo trance el tipo le dijo a su compañero: “Ahora sigue usted, compadre”. “Gracias -respondió el otro con mucha cortesía-, pero no creo que mi cabeza pase por entre los barrotes de la reja”… La señora le dijo al juez de los divorcios: “Mi marido me engaña. Él no es el padre de nuestro hijo”… FIN.

De política y cosas peores Catón

En vano