El Mañana

domingo, 15 de diciembre de 2019

Opinión

Editorial

28 octubre, 2019

Lo que fue una injusticia orquestada
desde los más altos niveles del gobierno del Estado, con el uso faccioso de la
justicia y la difamación en medios locales y nacionales, por fin ha terminado.
Con la decisión unánime de tres jueces de control que constituyeron el tribunal
de enjuiciamiento para resolver sobre el lamentable asesinato del periodista
Carlos Domínguez, se confirmó la inocencia y se dictó la inmediata libertad de
los seis acusados, uno de ellos tristemente fallecido en prisión durante el
proceso, el periodista Gabriel Garza Flores.

El asesinato de Domínguez al parecer
quedará impune debido a la saña y la maldad del Gobernador de Tamaulipas, que
decidió utilizar el caso para atacar y presionar a sus rivales políticos en vez
de investigar realmente sobre los verdaderos asesinos.

Y es que fue justo cuando el ex alcalde
de Nuevo Laredo, Carlos Canturosas, había decidido aceptar la invitación de
Morena para contender de nueva cuenta por la presidencia municipal, habiendo
rechazado los cargos ofrecidos por el gobierno del Estado, y estando a más de
20 puntos porcentuales de ventaja ante su más próximo contendiente, la súbita y
misteriosa orden de aprehensión en contra de su tío Rodolfo Cantú apareció, sin
pruebas, sin elementos, sólo la orden del Gobernador de frenar a toda costa a
su rival político.

Fueron un año y siete meses los que
Rodolfo Cantú permaneció, junto a los demás periodistas acusados injustamente,
en una pesadilla constante, traslados que lo llevaron a incluso a estar en una
prisión federal de máxima seguridad en solitario y sin poder ver a nadie más
que una vez al mes, todo por la instrucción del gobierno del Estado que
solicitó, sin pruebas y con un amparo de intermedio que no se respetó, fuera
enviado a tal lugar y tratado como preso peligroso.

Las amenazas no faltaron, la lucha
constante de las autoridades por alargar el proceso, por hacer aparecer ante
los medios que los detenidos eran los culpables; no escatimaron en gastos,
compraron tiempo en noticieros nacionales, difundieron información falsa,
utilizaron al hijo del fallecido Carlos Domínguez para reforzar su difamación.

Fue la historia de inocentes presos por
manos de verdaderos criminales a los que nunca les importó esclarecer el
crimen, sólo su visceralidad y celo político que no tiene límites y que fueron
capaces de separar familias, destruir vidas, todo en su afán de frenar a sus
oponentes, de fabricar mentiras, de sentar un precedente de que quien esté
contra Cabeza de Vaca deberá atenerse a todo, incluso ir a prisión.

Prevaleció la justicia y triunfó la
verdad. Los seis acusados fueron declarados inocentes. Cinco están en libertad.
Uno de ellos falleció, murió en prisión bajo la difamación, sin haber alcanzado
a limpiar su nombre en vida. Los otros cinco libres, vivos, pero muertos un
poco, con meses de sus vidas que han sido robados, que no volverán, los meses
que dejaron de ver a sus hijos crecer, que dejaron de realizar su vida, de ver
el cielo en libertad; los meses de llanto, de dolor, de humillación que el Gobernador
no podrá regresar nunca y que habrá de tener siempre en su conciencia.

Conquistaron su libertad, misma que no
les debieron quitar nunca. Regresan a sus hogares, de los que nunca debieron
salir. Con sus rostros marcados por la injusticia, por la zozobra, por el
miedo.

Regresan a comenzar de nuevo, a volver a
sentirse vivos, a acostumbrarse a esa libertad. Regresan lastimados, pero
dejando en evidencia el claro complot que se gestó desde Ciudad Victoria, desde
el Gobernador, así como ha creado otros, sin compasión, sólo por la vil
enfermedad del poder, la demencia de su efímero poder.

La justicia siempre llega. No se puede
mentir a todos todo el tiempo. Pronto, muy pronto, habrá de llegar la misma
justicia a quienes conformaron este complot y habrá de existir una celda con
sus nombres.