El Mañana de Nuevo Laredo

Adolfo Mondragón

Cosas de mi pueblo y del otro lado

Adolfo Mondragón

14 diciembre, 2019

‘El amante polaco’



La semana pasada me fui a pasar el día de dar gracias a
México, sigue siendo un paraíso, la ciudad más bella, museos de todo,
exposiciones de todo, música, danza, teatro, de todo hay y de lo mejor, pero
bueno, no es de eso de lo que quiero platicarles, sino del último libro de
Elena Poniatowska, “El amante polaco”, en el que narra la vida de Stanislaw
Poniatowski, último rey de Polonia de quien desciende en forma directa, por lo
que esto la hace princesa, título nobiliario que siempre rechazó; sin embargo,
sentía un profundo compromiso con sus antepasados y tenía la obligación de
escribir sobre ellos. La novela no tiene desperdicio por ningún ángulo.

La verdad es que la terminé sumamente consternado, dolido y
sorprendido pues Elena, la inefable Elena, mi adorada Elena, aprovecha la
ocasión para confesarse, para exorcizarse, para reconciliarse consigo misma,
escribiendo parte de su propia biografía, letras que seguramente escribió “con
sangre, con tinta sangre de su corazón”. Toda la novela gira en torno a
Stanislaw Poniatowski; sin embargo, poco a apoco ella se va metiendo entre
párrafos y entre líneas, aparece, diáfana, clara, sincera y sin temor; se
inmola.

Desde el punto de vista histórico, aporta mucha información
sobre toda una época: “El Despotismo Ilustrado”; hace una descripción detallada
de las cortes, de sus extravagancias, de sus despilfarros y abusos, de su
peculiar forma de pensar y de vivir al margen del sufrimiento de un pueblo
(toda Europa) que se debate en la miseria, enfermedades y guerras. Es muy
interesante la narración que hace del ascenso de Catalina la Grande al trono de
todas las Rusias y de quien precisamente es amante Stanislaw Poniatowski. Un
amor tormentoso, prohibido y peligroso que materialmente enloquece a Stanislaw.

Elena, sin ningún sentido peyorativo, describe
minuciosamente el desarrollo de esta relación desde su origen, la permanencia
de Stanislaw en Moscú, su relación con el embajador de Inglaterra, Sir Charles
Hanbury, y de qué manera lo ama como a un hijo y cómo lo va adentrando en los
vericuetos, entretelones, intrigas y protocolos de la vida palaciega, el apoyo
que le brinda y la estricta educación y recia formación que le brinda, que
unida a la férrea que le dio su madre Konstancja, princesa Czartoryka, lo
forman y templan para la difícil vida de las cortes europeas. La historia es
apasionante, los datos son nuevos, muchos desconocidos, pero la historia de
Elena los trae a nuestra época frescos.

Elena hubo de apoyarse en un traductor del polaco, lengua,
que pese a ser la de sus antepasados, desconoce y era necesaria la consulta
minuciosa de miles de textos, cartas, publicaciones y otros documentos para
construir la historia, si bien en forma de novela, sí con datos históricos
verídicos. En toda Europa, en esa época los nobles, en su mayoría, dominaban
varios idiomas, sobre todo el francés; en la familia de Elena Poniatowska, no
fue la excepción, su padre lo hablaba como lengua materna, igual su madre y
ella por consiguiente aprendió a hablar, leer y escribir en francés. Es una
delicia oírla cuando lo habla, suena dulce, armónico, es una caricia al oído.
En la novela hay múltiples frases escritas en este idioma, obviamente no le
entiendo nada, pero me lo imagino.

La novela surge como un compromiso que se impone a sí misma
para rendir tributo a sus antepasados, es una Poniatowski (en polaco los
apellidos tienen género, por eso ella es Poniatowska) y le debe honor a su
ilustre apellido; sin embargo, aprovecha la ocasión para narrar algo de su
propia vida; su biografía es apasionante y se requiere mucho valor e integridad
para narrar aspectos muy íntimos y privados de su propia vida. Nada de qué
avergonzarse, pero sí un pasaje de su vida que de alguna manera la atormenta,
sucesos delicados, por eso al sacarlos a la luz pública, tal vez sea un
ejercicio para despojarse de un karma que como sombra la ha seguido toda la
vida. Elena, después de esta novela, emerge inmaculada y luminosa. Venció al
pasado y triunfa sobre sí misma.

Se ha desatado una andanada de comentarios en todos los medios, redes sociales, periódicos, radio, televisión, en fin, no hay medio en el que no sea el tema del día, lamentablemente sólo es el amarillismo lo que domina, sin el menor respeto a la intimidad de la persona, olvidan el valor de la novela y sólo se han centrado en un pequeño aspecto del libro. Pero ante todo esto, la figura de Elena Poniatowska se agiganta, crece y se eleva muy por encima de la mediocridad y la maledicencia. El libro mismo está por encima de todo esto y vale la pena leerlo, es una historia apasionante y a quienes nos gusta la historia, nos abre la posibilidad de estudiar parte de ella en pleno Despotismo Ilustrado.

Gracias amable lector por la gentileza de su atención, le deseo un espléndido fin de semana en familia, no deje de comprar “El amante polaco”, le va a gustar y seguramente, como yo, va a querer más a su autora.

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