El Mañana de Nuevo Laredo

Catón

De política y cosas peores

Catón

6 julio, 2020

El clavadista



Aquella noche la señorita Himenia tuvo un sueño erótico. En él se le apareció Brad Pitt, galán de la pantalla. La besaba apasionadamente, la llenaba de caricias encendidas. Luego la tomaba en brazos, como Clark Gable a Vivien Leigh en “Lo que el viento se llevó”, y así cargada la conducía a la alcoba. Himenia, nerviosa, le preguntó al guapo mancebo: “¿Qué vas a hacer, Brad?”. “Dímelo tú -respondió él, vacilante-. Tú eres la que está teniendo el sueño”… “Cuando mermó su riqueza / era su monomanía / pensar que pensar debía / en asentar la cabeza”. Lo mismo que pensó don Guido, el personaje de Machado, lo pensó el joven Evergelio. “Hijo mío -lo aleccionó su padre-, casarse no es asentar la cabeza: es haberla perdido”. Su madre le aconsejó que se buscara una buena esposa. “¿La de quién me recomiendas?”, preguntó Evergelio. El caso es que una tarde el muchacho le presentó a su mamá tres lindas chicas: una morena, una rubia y una pelirroja. Le dijo: “Con una de ellas me voy a casar. Tendrás que adivinar cuál es”. Al día siguiente le preguntó: “¿Adivinaste cuál de las tres chicas que te presenté será mi esposa?”. Sin vacilar contestó la señora: “La rubia”. En efecto, ella era la prometida de Evergelio. Preguntó él, asombrado: “¿Cómo supiste que es ella?”. Respondió la futura suegra: “Fue la que menos me gustó”… El marido estaba clavando un clavo en la pared. Súbitamente lanzó un terrible ululato de dolor y se soltó dando brincos por el cuarto. Le preguntó su esposa: “¿Te diste en el dedo con el martillo?”. “No -masculló el tipo-. Siempre que pongo en la pared un clavo me da por bailar el jarabe tapatío”… La hija de la skuaw, mujer de la tribu Cheyenne, le hizo una pregunta a su mamá: “¿Por qué los pieles rojas tenemos nombres tan extraños?”. La madre le explicó: “Nuestros nombres obedecen a circunstancias especiales relacionadas con nuestro nacimiento. Tu hermano mayor se llama Ciervo Blanco porque el día en que nació se vio en el bosque un ciervo con el pelaje de ese color. Tu hermana se llama Nube Grande porque a la hora de su nacimiento una enorme nube cubrió el cielo… ¿Entendiste, Píldora Olvidada?”… El conferencista pertenecía a la escuela freudiana. Dijo a la concurrencia: “El sexo es la fuerza que mueve al mundo”. La señora de don Languidio se inclinó sobre su esposo y le preguntó con acento de reproche: “¿Por qué tú ya no empujas?”… Aquel circo presentaba como su máxima estrella al Gran Jumpo, clavadista. Anunciaba el director de pista: “Subirá a un trampolín de 10 metros de altura y se tirará de clavado a un barril con agua”. El joven atleta consumaba la hazaña sin dificultad. Un sonoro aplauso seguía a la proeza. “Ahora -continuaba el director- nuestro artista subirá a un trampolín de 20 metros de altura y se lanzará en picada a una cubeta con agua”. El clavadista caía en el centro de la cubeta y emergía de ella sin daño. El público, tras ovacionarlo, se ponía en pie para marcharse: ¿qué más podía verse después de eso? “¡Un momento, señoras y señores! -pedía el director en el micrófono-. ¡No se vayan! ¡El espectáculo no ha terminado! ¡Falta todavía lo mejor! El Gran Jumpo subirá a un trampolín de 50 metros de alto, y desde ahí se tirará un clavado ¡a una toalla húmeda!”. El público, maravillado, observó en suspenso la subida del clavadista al trampolín. Sonó el redoble de un tambor y el Gran Jumpo se lanzó al vacío. Cayó sobre la toalla con un tremendo batacazo. Se levantó maltrecho y dolorido, sangrando por nariz y boca, y preguntó hecho una furia: “¿Quién fue el hijo de la tiznada que exprimió la toalla?”… FIN.
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