El Mañana de Nuevo Laredo

Paloma Bello

Apuntes desde mi Casa

Paloma Bello

17 enero, 2021

El Club de la Cocina



Una tarde, cargadas de trastos, llegaron las Cantú a la casa y fueron directamente a la cocina. Al rato Lizema y Abril regresaron del súper con los comestibles y comenzaron a invadir cuanto espacio libre encontraron.

Dijeron que iban a preparar una cena completa, y por favor saliese a la terraza del patio a fumar un cigarro, mientras ellas ocupaban mis dominios.

Al rato, un aroma delicioso comenzó a flotar hacia fuera, mientras se escuchaban las voces y las risas de quienes estaban disfrutando un rato de compañerismo creativo y trascendente.

Porque cocinar es un arte, un regodeo del sentido del gusto, del olfato, y también, de una condición del alma. Cocinar es deleitarse en el proceso, en las mezclas, en las proporciones y los añadidos.

Prolongar, como hicieron nuestras madres y nuestras abuelas, la costumbre de reunirse en la cocina. Vestigio de la tradición norteña es compartir entre las mujeres de una familia, los cuadernos de apuntes, fórmulas y secretos culinarios que van pasando de generación en generación.

Leticia Cantú, Griselda Cantú, Lizema Rodríguez y Abril Sánchez, crecieron en entornos familiares similares, habituadas a observar el intercambio de recetas entre las vecinas, a la hora de la merienda. Conforme a su edad, fueron  participando de vez en cuando en la elaboración de algunos refrigerios.

Nada extraño que al llegar a la juventud, hubiesen pretendido desarrollar sus respectivas habilidades y las fusionaran para obtener mejores resultados. Así nació el Club de la Cocina, dos viernes de cada mes durante, aproximadamente, cuatro años.

Estas jóvenes, funcionarias del Fideicomiso del Centro Histórico de Nuevo Laredo, estaban impuestas a enfrentar cotidianamente su tarea con los comerciantes de las plazas y los ambulantes de las calles, al mismo tiempo que cultivaban la promoción cultural en los parques y jardines para una mejor imagen de la ciudad.

Nada más imaginar la resolución de los conflictos con los Fara-fara, paleteros, floristas, boleros, miembros de la cámara de comercio, colegio de arquitectos, dirección de turismo local; más la participación solidaria con turismo y cámara de comercio de Laredo, Texas, en su calidad de ciudades hermanas.

El club de la cocina era el oasis, pues, en el que se escuchaban canciones de Serrat y Sabina, si “tapas a la española”. O, si “truchas a la francesa”, La vie en rose y  La mer.

Así, nos fuimos habituando mi esposo y yo, a aquellos viernes. Cuando él concluía sus labores como Rector en la Universidad Tecnológica, pasaba por los vinos para acompañar la cena que las chicas del Club teníanorganizada.

Experimentaron platillos y postres de varias nacionalidades, de  regiones de la república mexicana, con el correspondiente maridaje de vinos y licores. Cuando incumbió a Tamaulipas, consiguieron el artefacto, muy pesado por cierto, para el tradicional lechón al ataúd. Fue espectacular el traslado al jardín y preparar la cantidad de leña conveniente, que diese el punto exacto de cocción. Se degustó con un oporto muy fino.

Otra noche inolvidable fue la de la paella. Solicitaron la receta a Luis  Federico Villarreal y, aunque en esos días se encontraba en Nepal, India, contestó de inmediato por correo electrónico dando santo y seña de los detalles de elaboración. A pesar de los esfuerzos realizados, todas coincidieron en que no supieron igualar la sazón de Luis Federico, y no volvieron a intentar jamás, semejante manjar valenciano.

 Ahora, cuando aquellas chicas son señoras de su propio hogar, continúan aumentando su acervo de conocimientos culinarios en aras de la felicidad familiar, porque, se estima, no existe emanación seductora que pueda compararse a la que escapa de una olla, vaporizando sobre la estufa.

Mérida, 17 de enero 2021.

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