El Mañana

martes, 12 de noviembre de 2019

Guadalupe Loaeza
Artículo Guadalupe Loaeza

El diccionario

5 octubre, 2019

Entre los múltiples consejos que doña Lola solía dar a sus nueve hijos estaba memorizar, antes de dormir, cinco palabras del diccionario. Todavía veo el Larousse, un poco deshojado, sobre el trinchador del comedor entre los tejocotes en almíbar y la calabaza en tacha. Bastaba con que en las comidas o cenas familiares surgiera una duda respecto al significado de una palabra o una fecha histórica, para que de inmediato mi madre exclamara: “Consultemos el diccionario”.

María Moliner, autora del Diccionario de uso del español, decía que se trataba de “un diccionario para escritores”, cuyo trabajo, aseguraba, no tenía ningún mérito, pues lo había hecho como quien zurce calcetines, “a veces dejando de zurcir los de su marido o los de sus hijos” (Carme Riera).

Precisamente zurciendo, aparece Luisa Huertas en el papel de María al comenzar la obra de teatro El diccionario, de Manuel Calzada, bajo la dirección de Enrique Singer. Allí está sentada en la mesa del comedor, iluminada por un quinqué. A un ladito está la máquina de escribir portátil, un atril y muchas fichas que acumulaba en una caja de zapatos hasta reunir 94 mil entradas, “y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida” (Gabriel García Márquez, El País).

Hace años, desde que empecé a escribir, me acompaña el diccionario de esta autora “demasiado roja, demasiado artista, demasiado indomable. Demasiado mujer”, como apuntara la Real Academia Española al rechazarla en la Academia. Tenía razón María, si el diccionario lo hubiera escrito un hombre, hubieran dicho: “¡Pero ese hombre cómo no está en la Academia!”. Era previsible que no la aceptaran, además de ser mujer, cuestionaba el diccionario de la RAE.

En junio de 1973 esta misma Academia le otorgó el Premio Lorenzo Nieto López “por sus trabajos en pro de la lengua”. Y ella, brava y obstinada como era, lo rechazó (en otras palabras, lo mandó al carajo).

Muchos años se pasó María exiliada intelectualmente, en especial durante la dictadura franquista. Años en los que no faltaron la persecución y las represalias políticas. Gracias a la espléndida actuación de Luisa Huertas (ganadora a la mejor actuación femenina de los Premios Metropolitanos), percibimos el dolor de esta madre de tres hijos, nacida en Paniza, Aragón, en 1900; que estudiara Filosofía y Letras en Zaragoza e ingresara al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios. Su marido, Fernando Ramón y Ferrando (físico catedrático republicano), interpretado magistralmente por Óscar Narváez, estaba harto de que su esposa llevara casi quince años sumida en su diccionario. “Tú serás mis ojos y yo tu memoria”, le dice a María cuando él empieza a perder la vista y ella ya tenía signos de arteriosclerosis cerebral senil. ¿Cómo era posible que una mujer obsesionada por las palabras perdiera la palabra? La pérdida de memoria tenía que ver con el olvido voluntario de sus propias tragedias: la pérdida de su hija, de su libertad, pero sobre todo, la pérdida de su compañero en la vida.

La obra montada por la Compañía Nacional de Teatro, la cual se presenta nada más este fin de semana en el Cenart, es conmovedora, divertida y al mismo tiempo muy dramática. El escenario, diseñado por Auda Caraza y Atenea Chávez, es espléndido. La maravillosa actuación de Roberto Soto, el psicoanalista, nos invita a una profunda empatía con María, su paciente, cuya locura consiste en dar término a su única obra, el Diccionario, una herramienta única por la igualdad de clases en materia de educación y cultura. Como decía doña Lola, “en caridad de Dios”, no dejen de ir a verla.

Artículo Guadalupe Loaeza

BHL