El Mañana

lunes, 18 de febrero de 2019

Guadalupe Loaeza
Artículo Guadalupe Loaeza

El flamazo

23 enero, 2019

En nuestro país todo se hace en lo oscurito hasta que aparece una flama gigantesca, la cual, además de delatar el hecho clandestino, puede llegar a calcinar a decenas de víctimas después de haber jugado con el fuego, es decir, con el combustible.

Hasta ayer el flamazo ha provocado 91 muertos en Tlahuelilpan, Hidalgo. Ahora sabemos, después de la tragedia, que nada más en 2018 en el municipio de Tula, donde hay una refinería de Pemex, se registraron 500 tomas clandestinas. También sabemos que el 80 por ciento del robo de combustible en ductos sucede en Hidalgo, Puebla, Guanajuato, Jalisco, Veracruz, Estado de México y Tamaulipas.

“Ahí (en Tlahuelilpan) ya todo el mundo se hizo huachicolero”, dice Andrea Oliva, esposa de Amado Cruz, quien se encuentra hospitalizado por graves lesiones tras la explosión, porque “le ganó la tentación” y eso que le decía a su esposa e hijos que prefería comer frijoles antes de convertirse en huachicolero. Los huachicoleros no tienen opciones más que el convertirse en huachicoleros, porque como dice el escritor mexicano Antonio Ortuño: “Quizá habríamos de comenzar por el reconocimiento de la miseria humana en la que estamos sumergidos los mexicanos. La miseria desesperada de quien roba porque no le queda de otra. La de quien saca provecho de la ocasión que se le presenta. La miseria, también, de quien se burla de las víctimas y confunde el testimonio de un hecho espantoso con un video de broma”.

Las consecuencias de “la miseria humana” duelen. ¿Qué tan grande ha de ser el problema de la pobreza en nuestro país que se transforma en “miseria humana”, con todo lo que eso implica, que ya todo “vale madres”, que la vida no vale nada, que todo se vale: matar, violar y robar, lo que caiga y de donde venga.

El escritor francés Victor Hugo, autor de “Los Miserables”, decía: “cuando se llega a cierto grado de miseria, lo invade a uno algo así como una indiferencia espectral y se ve a las criaturas como si fueran larvas”.

No, no hay que culpar a los huachicoleros, habría que responsabilizar a los huachicoleros de cuello blanco, a los de arriba de Pemex, a los políticos, al crimen organizado y, por qué no, a algunos ex gobernadores, por ejemplo del estado de Hidalgo o de Guanajuato.

¿A poco no sabían todo el combustible que se vendía clandestinamente? ¿A poco no les entregaban reportes de las tomas clandestinas que se habían hecho en sus respectivos estados? Y, ¿a poco no se comunicaban con “El Chapo” para ponerse de acuerdo con la “lana” del combustible robado?

Vaya dilema el del presidente Andrés Manuel López Obrador, ¿hacer uso de la fuerza contra la población que arriesga su vida, con tal de conseguir aunque sea un litro de combustible, o bien oponerse? ¿Perdonarlos o encarcelarlos, a pesar de que ya no caben en las cárceles? ¿Admitir que los 25 soldados que se encontraban en Tlahuelilpan, justo en el momento del estallido del ducto, fueron insuficientes, o felicitarlos por no haber provocado una confrontación y más violencia?

Intuyo que López Obrador está preocupantemente rebasado: con la muerte de tantos huachicoleros, la venta del avión presidencial, el aeropuerto en Santa Lucía, la iniciativa para reformar la educación, el dictamen de la Guardia Nacional, etcétera. Lo que sí tiene claro es: “La lucha que hemos emprendido en contra de la corrupción y, en particular, para erradicar el robo de combustible, es irreversible”. En esto, el Presidente sí tiene razón, urge erradicar la corrupción, de lo contrario terminaremos todos los mexicanos sumergidos en la miseria humana.

Llama la atención que para no terminar totalmente confundidos, sin poder distinguir entre el bien y el mal, muchos huachicoleros y sus familias han optado por rezarle al Santo Niño Huachicolero, quien surgiera naturalmente en Puebla. Le rezan a este santo que en realidad es “una especie de patronazgo de la delincuencia porque su trasfondo es creer que hay protección divina para hacer el mal, en este caso concreto para robar gasolina”, así le dijo el sacerdote Hugo Valdemar, canónigo penitenciario de la Arquidiócesis de México, a Rodrigo Vera, reportero de la revista Proceso.

En la fotografía del semanario aparece el Santo Niño Huachicolero vestido todo de blanco, como un verdadero Niño Dios, en una mano sostiene una pequeña manguera para extraer gasolina y en la otra, un bidoncito. Para festejar el Día de la Candelaria, el 2 de febrero, el Santo Niño Huachicolero se venderá en muchos tianguis y mercados.

gloaezatovar@yahoo.com