El Mañana

martes, 25 de febrero de 2020

Catón
De política y cosas peores Catón

El médico y el cura…

24 enero, 2020

“No te cases con esa mujer. Es una perdida”. Tan drásticas palabras le dijo la mamá de Babalucas a su hijo cuando el tontiloco le anunció su propósito de casarse con Calilla, mujer muy complaciente a la que le habían contado los lunares del cuerpo todos los hombres de la localidad en edad de ejercer su varonía, cuyo número se calculaba en 415. “Ay sí, perdida -se burló Babalucas del consejo maternal-. ¿Y luego cómo la encontré?”… (Sus amigos le advirtieron lo mismo. Le comentaron hablando de Calilla: “Está toda agujerada”. A esa objeción respondió Babalucas: “No la quiero para llevar agua”)… Don Chinguetas y su esposa Macalota se hallaban en una banca del parque. En otra banca cercana un muchacho le estaba diciendo a su dulcinea palabras llenas de amor que los esposos alcanzaban a oír con claridad. Doña Macalota le indicó en voz baja a su marido: “Parece que le va a proponer matrimonio. Ésa es una ocasión muy íntima. Tose, para que el muchacho se dé cuenta de que estamos aquí y se detenga”. “¡Ah no! -se negó terminantemente don Chinguetas-. ¡Que se joda! ¡A mí nadie me tosió!”… Eran las 3 de la mañana. Nevaba copiosamente; soplaba un cierzo helado; la temperatura era de 15 grados Celsius bajo cero. En eso sonó el teléfono del doctor Ken Hosanna, que dormía profundamente en la tibieza del lecho conyugal al lado de su esposa. ¿Quién lo llamaba a hora tan irregular? Era doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, rica, soberbia e hipocondriaca. Le dijo al médico que se sentía mal y le pidió -casi le ordenó- que fuera inmediatamente a su casa. Maldiciendo en su interior el facultativo procedió a vestirse y se dirigió al domicilio de la desconsiderada mujer. Bien dice el dicho: “El médico y el cura no tienen hora segura”. Al cabo de un par de horas el facultativo regresó a su casa. “¿Cómo te fue?” -le preguntó su esposa-. Respondió el galeno: “Desperté al marido de doña Panoplia y le dije que de inmediato llamara a sus hijos e hijas, lo mismo que a las hermanas, hermanos, primos, sobrinos y demás familiares de la señora”. La esposa se preocupó: “¿Tan mal así está doña Panoplia?”. “No tiene absolutamente nada -contestó, rencoroso, el doctor Hosanna-. Pero no quise ser el único indejo que anduviera levantado a esa hora en una noche como ésta”… El novio de Glafira fue a pedir su mano. Don Poseidón, el papá de la muchacha, le preguntó al pretendiente: “¿Puede usted mantener una familia?”. Antes de que el solicitante pudiera responder añadió el viejo: “Piense bien lo que va a contestar, joven. Somos ocho”… Aquel señor vivía en tensión constante a causa de su tendencia a preocuparse por todo, lo mismo por sus problemas económicos y familiares que por la situación en Siria y por la posibilidad de que le cayera encima un meteorito. Fue a ver al doctor Ken Hosanna, pero sucedió que era miércoles y el médico se había ido a jugar golf. Le dijo la bella y curvilínea enfermera que lo asistía: “El doctor puede recibirlo mañana a las 5 de la tarde, pero venga a las 9 de la noche, pues generalmente va retrasado en sus citas. Mientras tanto dígame la razón de su visita, para abrir su expediente”. Respondió el visitante: “Sufro lo que en inglés se llama ‘stress’ y en francés ‘surmenage’. De continuo ando al mismo tiempo tenso y agotado”. “En ese caso -sonrió la guapa mujer- no necesita usted ver al doctor. Yo tengo el remedio para su mal. Le costará mil 500 pesos, pero créame: mi tratamiento es más grato y efectivo que cualquiera que mi jefe le pueda recetar”. Así diciendo condujo al señor al interior del consultorio y ahí le hizo el amor cumplidamente. Agradable y eficaz, en efecto, resultó la medicina. A veces Venus es mejor médico que Hipócrates. Al punto el señor sintió alivio en cuerpo y alma. Lo invadió un dulce sopor y se olvidó de Siria, del meteorito y de todo lo demás. Tanto le gustó aquel deleitoso fármaco que una semana después regresó al consultorio para tomarlo por segunda vez. Pero ese día sí estaba el doctor. “¿Qué lo trae por aquí?” -le preguntó-. Aturrullado contestó el hombre: “Creo que tengo estrés, doctor”. “No hay problema -dijo el facultativo-. Estas pildoritas lo aliviarán. El frasco con cien cuesta sólo 20 pesos”. Replicó el señor en tono humilde: “Si no le importa, doctor, preferiría el tratamiento de mil 500 pesos”…FIN.