El Mañana de Nuevo Laredo

Gerardo Villegas Rodríguez

Pleroma Zero

Gerardo Villegas Rodríguez

5 agosto, 2020

El ocio pandémico



El escritor suizo Friedrich Dürrenmatt decía que, “el ocio representará el problema más acuciante, pues es muy dudoso que el hombre se aguante a sí mismo”, sin embargo, en esta ocasión lo acuciante, es decir, aquello “que se manifiesta con fuerza, viveza y pasión”, además del actual paro, es la incertidumbre provocada por la pandemia de la Covid-19.

Y es que, desde marzo, algunos nos hemos vuelto hacia nosotros mismos de manera obligada, dejando en gran medida nuestra real o ficticia vida social y familiar a consecuencia de la pandemia, no obstante, el encierro nos ha trasformado, aunque en lo personal las rutinas siguen siendo, a la manera de Immanuel Kant, una especie de brújula para poder contemplar el imbatible paso del tiempo.

Y me pregunto, cuál párvulo, qué sería si desaparecieran los calendarios, los relojes, los nombres de los días y los años, todo finalmente está en nuestra cabeza así que no habría tantos líos, todo lo anterior dicho desde un púlpito burdo pseudoclasemediero, cuando la realidad está ajena a esas pueriles preguntas, mientras la gente muere, y sus cuerpos se convierten en materia prima de una maquinaria de muerte viral, nunca antes vista por el hombre moderno.

Aunque vivamos la era de la hiperinformación, la verdadera vida masiva en nuestro país está en otra rejilla, en cualquier rabillo de ojo nunca antes observado, nunca antes experimentado, una realidad donde no llegan la televisión ni la radio, menos el internet, las zonas prohibidas donde los invisibles, socialmente hablando, nos son impenetrables, y es ahí donde nos es prohibitivo, donde se aloja la realidad brutal de esta pandemia, un lugar donde la muerte siempre tiene permiso.

De tal manera, la actual contingencia sanitaria enseña y se ensaña, quita, nunca da ni el pésame, mientras los diversos púlpitos pelean su lugar en el ágora de las opiniones y de los gobiernos, de esta experiencia epidemiológica saldremos vivos y sabios, o moriremos brutos e ignorantes, por culpa de la infodemia, pariente tecnológico de la epidemia.

POST SCRIPTUM
Me viene a la memoria una larga cita del Doctor de la UNAM, Rafael Álvarez Cordero:

“La lucha en contra de nuestros enemigos invisibles ha sido singular: ocasionaban grandes males y contagios, pero se desconocía que ellos eran la causa. Había muchas teorías sobre su aparición, la gravedad y letalidad de la enfermedad creaban innumerables temores en la población, y los tratamientos consistían en actos o prácticas que nada tienen que ver con lo que ahora se practica.

Ya en la Biblia, en el Éxodo, Jehová ordena a Moisés que esparza cenizas en dirección al Faraón, lo que causará terribles pestes y muerte.

Hipócrates describió ampliamente algunas de las plagas, y atribuyó su aparición a los cambios de temperatura de las estaciones, a los aires provenientes de lugares insalubres, o al efecto de los astros sobre la vida humana.

En el año 428 a. C. se registró la primera gran epidemia, que se supone vino de Etiopía, con síntomas violentos de fiebre, vómitos, diarreas, hemorragias y muerte, lo que pudo haber sido dengue hemorrágico o tifo; la mortandad fue grande, de más de 5 mil individuos al día; otra gran epidemia ocurrió en el año 396 a. C., en Siracusa, y Empédocles la atribuyó a “vientos con horribles efluvios”; epidemias similares ocurrieron en los siglos II y III, y en el año 542 ocurrió la gran plaga de Justiniano, en la que perecieron más de 600 mil individuos.

En el año 550 apareció la Pestilencia Amarilla, que posiblemente fue una hepatitis viral particularmente agresiva; pero la plaga más importante de la historia fue la que ocurrió de 1347 a 1350, la Peste Negra, producida muy probablemente por la enterobacteria Yersinia Pestis, que causó decenas de millones de muertes en toda Europa, y ante la que todos los remedios ensayados fueron inútiles.

La historia documenta tanto sucesivas epidemias como el justo temor que ocasionaban en la población; una epidemia en China diezmó al 60 por ciento de la población, y la Muerte Negra de 1646 atacó también a millones en Europa.

En América, la llegada de los españoles propició la aparición de algunas de las epidemias como la viruela (Hueycocoliztli), que diezmó a la población en el momento mismo de la conquista, y en todo el continente, el cólera, el tifo, la poliomielitis, la fiebre amarilla, etc., han sido los enemigos invisibles que poco a poco hemos ido conociendo y que, con medidas sanitarias adecuadas, hemos aprendido a enfrentar.

Todo esto viene a tema por la aparición, en el continente africano, de una nueva epidemia que amenaza con extenderse por todo el mundo: la enfermedad por el virus Ébola, llamado así por la ciudad en la que fueron registrados los primeros casos.

A diferencia de otros siglos, sabemos que no son los aires pestilentes, o la influencia de los astros, mucho menos un castigo divino por nuestros grandes pecados, sino que la epidemia de Ébola se debe a la aparición o mutación de un virus que originalmente infecta a murciélagos y a otras especies, y se transmite al ser humano.

Porque al final de cuentas, se trata de una lucha por la supervivencia. Los seres humanos, luchamos para sobrevivir y evitamos las agresiones, ya sea de un tigre o de un microbio; los microorganismos, por su parte, luchan por sobrevivir y por esto crean defensas que los hacen resistentes al antiséptico o al antibiótico al que originalmente fueron sensibles, y como algún cínico acotaría: nosotros merecemos vivir, pero los microbios también”.
Y aunque el Covid19 es viral, la cita es permisible.

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