El Mañana

lunes, 21 de octubre de 2019

Guadalupe Loaeza
Artículo Guadalupe Loaeza

El regreso

13 septiembre, 2019

Estamos en el Aeropuerto Charles De Gaulle. Tengo un nudo en la garganta, me acabo de dar un agarrón con mi acompañanteasecas. Todo empezó porque no cabían las cosas en las maletas. Comenzó a decirme que gastaba demasiado y que pagaríamos exceso de equipaje. Por más que le aclaraba que mucha de mi ropa era la que había traído de México, continuaba reprochándome mis supuestos excesos. Por mi parte hacía todo lo posible por no contestarle a la vez que veía que en su maleta ya no cabía ni un solo alfiler. También él había sucumbido ante las compras para él, sus hijas y nietas.

“Calladita te ves más bonita”, me decía para mis adentros en tanto hacía unos esfuerzos terribles para meter en la maleta mis humildes compras. “Híjole, ¿dónde voy a meter tantos libros?”, me preguntaba al ver las dos pilas de bestsellers franceses sobre una mesa. Ambos estábamos nerviosos porque aún no habíamos pagado la cuenta del hotel; habíamos acordado que nos la dividiríamos en partes iguales. “¿Y si ya no pasa mi tarjeta? ¿Y si él está pensando lo mismo? Por eso está tan de malas”, pensaba. Desde ayer en la noche andaba medio distante. Cuando le propuse ir a cenar a La Coupole para despedirnos de París, exclamó: “No tengo nada de hambre”. La verdad me cayó pésimo su comentario pues habíamos quedado en que así lo haríamos. “Podrías pedir nada más una ensalada y compartimos el postre”, le dije de lo más conciliadora. “Okey…”, me dijo como diciendo “¡qué hueva!”. Creo que se dio cuenta que su respuesta me había caído de la patada porque agregó: “Esa brasserie sí me gusta porque es totalmente Art Decó”. Llegando al restaurante, tuvimos que esperar 45 minutos por una mesa. Finalmente él pidió una choucroute estilo Estrasburgo y yo una ensalada. Cada uno con su respectiva cucharita devoramos el Baba au Rhum y la crema Chantilly. A nuestro lado había una mesa con tres señores chinos. “Mira cómo se saca los mocos el más viejo de todos. ¡¡¡Fuchi, guácala!!!”. Los dos nos morimos de la risa. Enseguida le dije que yo no quería regresar a un país cuyo Presidente trata a sus gobernados como niños chiquitos. “Lo peor es que sus seguidores le han de festejar este tipo de expresiones tan desafortunadas”.

Regresamos al hotel muy contentos y hasta medio nostálgicos por tener que despedirnos de la ciudad más bonita del mundo. Por la noche soñé que me acosaba Plácido Domingo mientras me cantaba Una furtiva lacrima. Me desperté con ganas de denunciar al tenor. Para ese momento aún ignoraba lo que sucedería horas después. Finalmente llegó el momento de pedir la cuenta. El total en euros, después de tres semanas, era impresionante; también en dólares, pero peor en pesos mexicanos. “Oh, mon Dieu!”, grité a la vez que le extendía temblando mi tarjeta a la mademoiselle. Mi acompañanteasecas ya había pagado su parte. Faltaba yo. Los segundos pasaban y la terminal tardaba y tardaba…

“Accepted!!!”, leí por fin. ¡Qué felicidad! ¡No lo podía creer! Pero… al llegar al aeropuerto mi maleta pesaba diez kilos de más y ya no pasó mi tarjeta para pagar el exceso de equipaje. Me quería morir, llorar y pedirle perdón a todo el mundo por ser tan consumista, frívola y neoliberal. Me sentí una fuchiguácala. Frente a una larga fila de pasajeros, empecé a sacar ropa y más ropa para meterla en mi maleta chiquita y en una gran bolsa. Quién sabe cómo le hice, el caso es que lo logré.

Mientras tanto mi acompañanteasecas me veía con ojos de pistola. Había tenido razón. ¿Le debía una disculpa? Sin duda. No podía dejar de reconocer que había sido el maridonovioamante perfecto: tolerante, tierno, chistoso, generoso y un interlocutor inteligente y sensible. De Francia sabía todo: de los enciclopedistas, de la nefasta intervención de Vichy en la Segunda Guerra, de literatura, historia, hasta de los chalecos amarillos. Además me había salvado de esa horrible tina de la que pensé que nunca saldría. “Pasaste la prueba. No es fácil un têté à têté tan largo e intenso”, le dije durante la cena. “La pasamos”, me contestó sonriente.

Tenía razón. Juntos habíamos disfrutado los museos, largas caminatas, películas y convivencias con amigos franceses. Todos me decían que era un hombre encantador y muy culto. Había que contar las buenas y olvidarse de ese pequeño desencuentro.

Una vez que nos encontramos en el avión, en nuestro asiento en clase turista, sin decirnos una sola palabra, nos tomamos de la mano, cerramos los ojos y empezamos a reírnos sin saber por qué o simplemente porque los dos sabemos que… siempre estará París.

gloaezatovar@yahoo.com