El Mañana

lunes, 21 de octubre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

El reverendo Rocko Fages

21 septiembre, 2019

Babalucas se metió a ladrón. Enmascarado entró a una joyería y le ordenó al dueño al tiempo que le apuntaba con su pistola: “¡Entrégueme la joya más cara que tenga!”. Asustado, el joyero le puso en las manos un collar de esmeraldas y rubíes. Inquirió Babalucas: “¿Cuánto cuesta esto?”. Respondió el hombre tembloroso: “Medio millón de pesos”. Preguntó Babalucas devolviéndoselo: “¿No tiene algo más barato?”… Lord Feebledick llegó a su casa después de la cacería de la zorra y sorprendió a su mujer, lady Loosebloomers, en apretado concúbito carnal con Wellh Ung, el toroso mancebo encargado de la cría de los faisanes. No dijo nada: su formación en Eton le impedía hacer alguna escena. Salió de la alcoba sin decir palabra y le pidió a su chofer que lo llevara al Country Club. En el bar halló a un amigo, y después de algunas copas le contó lo que le había sucedido. “By Jove! -exclamó el otro-. ¿Y tomaste alguna medida en relación con el criado?”. “No -contestó lord Feebledick-. En tales circunstancias ¿qué querías que le midiera?”… “Me dicen que andas con otra mujer”. Ese reclamo le hizo doña Macalota a su casquivano esposo don Chinguetas. “Mentira -negó él enfáticamente-. Es la misma”… Babalucas le contó a un amigo: “Me comí en la playa una docena de ostiones en su concha que me vendió un pescador, y ahora me siento mal”. Preguntó el amigo: “¿No notaste que estaban malos cuando te los abrió?”. Exclamó sorprendido el tontiloco: “¿Había que abrirlos?”… La señora daba consejos a su hija casadera: “El camino para llegar al corazón de un hombre pasa por su estómago”. Acotó la muchacha: “Yo conozco una veredita que pasa un poco más abajo”… Por la calle iban dos chicas, una de estupendas prendas físicas, la otra poco agraciada. Las vio un sujeto y les dijo: “¡Adiós, par de cosotas!”. Como suele suceder fue la fea la que protestó: “¡No somos cosas para que nos diga así!”. Aclaró el tipo: “Yo me refería a tu amiga”… Ben Sinado, apodado por sus amigos Lucky Ben, contó su historia: “Me hice novio de la que es ahora mi esposa. Sus ricos padres no me querían bien: tenía fama de mujeriego. Yo les juré que esa parte de mi vida había quedado atrás; que amaba a su hija y que siempre le sería fiel. A regañadientes accedieron a nuestra relación. Una noche fui a su casa. No había nadie, estaba solamente mi futura suegra. Era mujer hermosa, todavía con restos de su juventud y de atractivas formas. Me dijo: ‘Ahora que estamos solos voy a confesarte que me atraes mucho. Quiero tener un acostón contigo’. Y así diciendo me echó los brazos al cuello. Salí corriendo. Aún no llegaba al coche cuando me alcanzaron ella, su marido y mi novia: ‘¡Te pusimos una prueba -me dijeron felices- y la superaste!’. Lo que nunca han sabido es que salí corriendo porque en el coche traía los condones”… El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Quinta Venida (no confundir con la Iglesia de la Quinta Avenida, que permite el adulterio a sus feligreses a condición de que no lo cometan el día del Señor), le dijo a la hermana Doremila, organista de la congregación: “Los médicos me detectaron una rara enfermedad. Piensan que se debe a la retención del líquido genésico. Dicen que sólo teniendo trato con mujer evitaré que ese mal conduzca a otros mayores que me apartarían de mi predicación”. Tras darle a conocer a la hermana ese diagnóstico y la respectiva terapéutica el pastor Fages le pidió que fuera su medicamento. Ella accedió -“por el bien de la iglesia” dijo-, pero puso dos condiciones. La primera: que lo que iban a hacer no lo hicieran de pie, pues si alguien los veía iba a pensar que estaban bailando, y el baile es un invento del demonio para llevar a las almas al infierno. La segunda: que lo hicieran en la posición del misionero en memoria de los que habían ido a China y África a difundir la buena nueva de la existencia del pecado. El reverendo aceptó ambas condiciones, e ipso facto procedieron los dos a la administración de la primera dosis del remedio. En eso estaban cuando el pastor Fages, poseído por un indigno arrebato pasional, le pidió a Doremila entre jadeos: “¡Dame un beso, mamacita!”. “¡De ninguna manera! -protestó ella con vehemencia-. ¡Medicina sí; lujuria no!”…FIN.