El Mañana

miércoles, 21 de agosto de 2019

Guadalupe Loaeza
Artículo Guadalupe Loaeza

El suegro de Kathryn

26 julio, 2019

Nunca conocí a Antonieta Rivas Mercado, sin embargo sí conocí muy bien a su hijo Donald y a su nuera, Kathryn S. Blair. Tampoco conocí a Albert Blair, quien se casara con Antonieta el 27 de julio de 1918. Albert vino a México a pelear en la Revolución, pero sobre todo, a apoyar a sus amigos de la Universidad de Michigan, los hermanos Madero. Antonieta tenía 18 años cuando conoció a Albert en una fiesta de Evaristo Madero. Para entonces ella ya había vivido en París, había leído muchos libros y hablaba tres idiomas. Aunque Albert, un hombre conservador y de ideas fijas, participaba en la vida política, no aprobaba del todo algunas amistades de su esposa, especialmente la de Diego Rivera. Para evitar este tipo de encuentros, el matrimonio, con su hijo de dos años, decidió irse al rancho de los Madero, en Coahuila. Mientras tanto Antonieta hacía como que era feliz, cuando en realidad se aburría como una ostra, lo único que quería era regresar, con su hijo, a la casa paterna, la misma que está, toda restaurada, en la calle Héroes 45. A su regreso a la ciudad, Albert le rogaba que volviera, pero ella lo único que quería era obtener la custodia de su hijo. A pesar de que ambos habían contribuido al desarrollo del fraccionamiento de Chapultepec Heights Company, el cual se convertiría en las Lomas de Chapultepec, y que juntos habían donado la escuela pública que hasta hoy está sobre Reforma 1125 y que juntos habían dado el nombre a las calles: Montes Urales, Everest, Altai, Pirineos, Alpes, etcétera, decidieron divorciarse.

Fue precisamente en una de estas calles, décadas después de que Antonieta se suicidara en Notre Dame a los 30 años, donde Kathryn y Donald Blair terminaron por vivir, en Alpes 625. En 1983, por azares de la vida, compré la casa de Alpes sin saber quiénes la habían habitado. Lo que nunca me imaginé es que en mi nuevo hogar vivía el espíritu de un huésped invisible, pero a la vez, muy presente. Un día estaba yo comiendo con mis hijos cuando me llamó Kathryn Blair, de quien ya había escuchado hablar por su maravilloso libro “A la sombra del Ángel”.

-Guadalupe, te hablo para preguntarte si no te ha molestado mi suegro con el que vivimos muchos años. Albert puede ser terrible. Muy poco tiempo después de muerto, la casa empezó a oler muy feo. Como él nada más creía en la medicina homeopática, el olor que percibíamos era el mismo de las pastillas que tomaba. Era evidente que mi suegro, incluso muerto, seguía muy enojado por todo lo que había pasado con Antonieta Rivas: el divorcio, su suicidio, el hecho de que abandonara a su hijo, su relación con Vasconcelos, etcétera. Además, en su tumba, su nombre aparecía con faltas de ortografía. Después de que se corrigieron, el olor desapareció…

En efecto, hacía meses que las dos trabajadoras domésticas se quejaban de que sentían una presencia: “Además, nos pellizca las nalgas”. Y yo había notado que de pronto muchas cosas se me desaparecían: textos del periódico, fotografías, libros, plumas, aretes. Mi hija también se quejaba de lo mismo, especialmente de un olor extraño que percibía en su recámara: “Además, por las noches oigo que alguien toca el piano. Seguido, Rigo (el perro) baja las escaleras, despavorido como si hubiera visto un fantasma. El otro día, desaparecieron las llaves del coche y mi cartera. ¿Sabes dónde estaban? ¡En el botiquín del baño! Ya no quiero vivir en esta casa…”.

La peor época fue cuando me puse de novia de mi marido. Unos días antes de que me casara, el suegro de Kathryn me hizo perdidizos todos mis papeles oficiales incluyendo el pasaporte. ¡¡¡Albert Blair estaba celoso!!!

Decidí entonces hablarle a Guillermo Tovar y de Teresa para que me recomendara a uno de sus brujos. Finalmente no hubo necesidad de llamarlo. Hice una cena para la familia Blair. A la hora del café subió Donald a la recámara donde muriera su padre. Quince minutos después bajó las escaleras, blanco como una hoja de papel pero con una sonrisa. A partir de ese día, el espíritu de Albert no apareció nunca más. Padre e hijo se habían perdonado.

Confieso que lo extraño, como seguramente extrañaré a Kathryn Blair, quien muriera el martes, dejándonos la novela más entrañable sobre la vida de una de las mujeres más ejemplares del siglo XX, Antonieta Rivas Mercado.

gloaezatovar@yahoo.com