El Mañana

domingo, 25 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

El testamento de doña Soleta

29 julio, 2019

“A mi marido le ha dado últimamente por hacer el sexo sólo en forma oral”. Las señoras del club de costura pararon oreja al escuchar esa declaración de doña Macalota. Algunas fruncieron el ceño pues nunca habían practicado esa forma de erotismo, ni como fellatio ni como cunnilingus. “Sí -confirmó doña Macalota-. Lo único que hace en materia de sexo es hablar de él”… El abogado defensor le solicitó al testigo: “Diga usted a las damas y caballeros del jurado las palabras con que el acusado insultó a mi cliente”. El testigo vaciló: “No son palabras para decirlas delante de personas decentes”. Le indicó el abogado: “Entonces dígaselas al juez”… En la penumbra de la sala cinematográfica del pueblo una parejita se entregaba a toda suerte de expansiones amorosas. En el asiento de atrás estaba la señorita Peripalda, catequista del lugar. Les dijo con enojo a los encendidos tórtolos: “Váyanse a otro sitio”. Replicó el muchacho: “Ya se lo sugerí, pero no quiere”… Don Laureano, pelao norteño, fue a París. En la orilla izquierda del Sena lo abordó un individuo de sospechosa catadura que le preguntó en voz baja al tiempo que volvía la vista a todas partes: “¿Monsieur, quiere una muchacha?”. “No -contestó don Laureano-. La que anda buscando muchacha es mi señora, pero no vino, se quedó allá en Los Jarales”. Insistió el sujeto sin entender la respuesta: “¿Monsieur, quiere un muchacho?”. “Tampoco -respondió el campirano señor-. Ya tengo quien me pastoree las chivas”. “Entonces -se desconcertó el burdelero- ¿qué es lo que quiere, monsieur?”. Inquirió ansiosamente don Laureano: “¿Sabes de algún restorán que tenga cabrito?”… Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, hizo una visita a la prisión como parte de su voluntariado. Le preguntó a un recluso: “¿Por qué está usted en la cárcel, buen hombre?”. Respondió el preso: “Porque no me dejan salir, señora”… El mesero le presentó una botella a Babalucas: “¿Vino de la casa, señor?”. El badulaque se enojó: “¡Y a ti qué te importa de dónde vine, güey!”… Doña Soleta era señorita de las de antes. Quiero decir que nunca había conocido obra de varón. Llegó al crepúsculo de su existencia sin oír un “te quiero” ni sentir a su lado -en ninguno de sus lados- el calor de un cuerpo masculino. “Sin un amor, la vida no se llama vida”. Ignoro cómo se llamará la vida en este caso, pero lo cierto es que es cierto lo que dice la canción que tan bellamente cantó el trío Los Panchos. Sucedió que doña Soleta le dictó su testamento a un notario joven y de buenas prendas físicas: “Dejo un millón de pesos al hombre que me haga conocer por vez primera los goces y deliquios del amor. Otro millón lo dejo a las reverendas madres del convento de la Reverberación. Y el último millón lo dejo para cubrir los gastos de mi entierro”. El joven notario le contó a su esposa las raras disposiciones de doña Soleta. Ella le sugirió: “¿Por qué no te ganas tú el millón? Haz conocer a esa pobre mujer los deleites de la cama. A mí no me molestará que lo hagas; total, lo que utilizarás para eso no es jabón que se gaste”. Así autorizado el joven notario fue a la casa de la señorita Soleta y se ganó el millón de pesos. Como tardaba en regresar su esposa fue a buscarlo. Asomó el muchacho por la ventana del segundo piso y le informó a su señora: “Doña Soleta me pidió que se lo haga otra vez. Se jodieron las reverendas madres del convento de la Reverberación”. Tardó todavía más en salir el joven notario, tanto que su esposa se preocupó. En eso asomó otra vez el muchacho y le dijo a su mujer: “Tendrás que esperar un poco más. La señorita Soleta acaba de decidir que la entierre el Municipio”… FIN.