El Mañana de Nuevo Laredo

Catón

De política y cosas peores

Catón

21 octubre, 2020

El tío Felipe



No hagas caso, Armando, antes bien ríete, cuando alguien de mi edad te diga que en nuestra época había más moralidad que en ésta. Sobre todo en cosas de la cintura para abajo todo tiempo pasado fue igual. Lo que sucede es que estábamos menos informados, y la falta de información es causa de muchas confusiones. Recuerdo vivamente el sobresalto que sufrí cuando, niño de primer año de primaria en colegio religioso, me asomé un día al salón de sexto y vi en una de sus paredes un cuadro anatómico del cuerpo masculino. No tenía absolutamente nada en la región de la entrepierna, de modo que pensé con espanto que a mí me había salido ahí un tumor o buba. No necesito decirte cómo rieron mis papás cuando les comuniqué, llorando, que tenía en mi cuerpo esa excrecencia, castigo seguramente a alguna de mis travesuras. La ignorancia en materia de sexualidad era común. En el periódico donde empecé a escribir trabajaba de office boy un inocente muchachito de 13 o 14 años. Para divertirnos a su costa ideamos hablar en su presencia de la menstruación o regla como si fuera afección de hombres. “Ayer tuve la regla”. “El jefe de redacción está reglando”. El chamaco oía aquello y se azoraba. Un día se decidió por fin y nos preguntó, apenado, qué era aquello de la regla. Le dijimos con simulado asombro: “¿Qué a ti no te ha bajado?”. Más apenado aún nos respondió que no. Entonces le aconsejamos que fuera inmediatamente a ver a un médico, pues eso de que no le bajara aún la regla era síntoma de algún muy grave mal. Al día siguiente nos dijo, enfurruñado: “Cabrones. Fui al Seguro, y cuando le conté al doctor lo que me sucedía llamó a otros para que oyeran lo que a él le había dicho, y todos se carcajearon de mí”. En tratándose del sexo, Armando, la sabiduría lleva al goce, en tanto que la ignorancia conduce al embarazo o a la enfermedad venérea. Por eso he alabado siempre una señora amiga mía que cuando sus hijos -y sus hijas también- llegaban a la edad cogitiva les daba un condón y les decía: “Aún no es tiempo de que tengas sexo, pero si lo vas a tener usa esto”. Y los instruía en todo lo concerniente a la relación sexual. Sus cuñadas se escandalizaban y la tenían condenada a exilio familiar, pero algunas de ellas tuvieron problema con sus hijas -y con sus hijos también- y aquella amiga mía no. Te digo esto a propósito de un extraño suceso habido en mi ciudad. Una muchacha de buena sociedad contrajo matrimonio. Llegó a él sin saber absolutamente nada de las cosas de la vida, pues su madre no tuvo el buen cuidado de decirle lo que en la noche de bodas iba a suceder, ni le habló de sus funciones de esposa, que no se constreñían a tener limpia la casa y a prepararle la comida a su marido. Así, cuando el novio quiso hacer obra de varón la infeliz muchacha, casta y pura como era, sufrió un shock tal que se soltó gritando como loca, y hubo necesidad de llamar al médico de la familia para que la durmiera con un fuerte sedativo. Tan traumada quedó la joven que ya nunca permitió que su esposo se le acercara, pues lo veía como un degenerado criminal que iba a atacarla. De nada sirvieron las aclaraciones que su madre le hizo, y fueron inútiles también las discretas orientaciones que quiso darle su director espiritual, un sabio sacerdote jesuita. Cada vez que la muchacha veía a su marido entraba en un paroxismo de terror que a todos aterrorizaba. En nuestro tiempo, Armando, no habría sucedido lo que te acabo de contar, pero en la época en que eso sucedió la historia era creíble. Me preguntarás cómo acabó el asunto. Te lo diré la próxima semana, si la pandemia y el misterio al que llamamos Dios nos lo permiten. Y te aseguro que el final del relato es mucho más interesante que el principio… FIN.

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