El Mañana

martes, 12 de noviembre de 2019

Guadalupe Loaeza
Artículo Guadalupe Loaeza

El triste

11 octubre, 2019

El avión del Ejército, un féretro de oro de 24 kilates; los restos que no aparecían por ninguna parte; los medios hermanos peleándose; la miseria económica de un ídolo y, sin embargo, el pleito de los hijos por una herencia que no existe; las intrigas de Sarita, la hija menor; las cenizas repartidas entre Miami y México; una despedida apoteósica en Bellas Artes con la Sinfónica Nacional y cuatro tenores y barítonos espléndidos; cadenas de televisión estadounidenses y mexicanas mostrando videos, simultáneamente, de la vida del cantante; el paso del cortejo de El Príncipe ante multitudes de fans que mostraban su foto, hechas un mar de lágrimas; la llegada de las cenizas y el coro de los vecinos de la colonia Clavería; la misa en la Basílica de la Virgen de Guadalupe y, por último, la llegada al Panteón Francés y el encuentro en la misma sepultura con la madre de un ídolo “inmortal”. Todo esto sucedía ayer, mientras José José, dentro de su ataúd, lloraba su propia muerte, lloraba porque no sabía que era tan querido por el pueblo mexicano y lloraba porque todo el mundo creía en su voz, menos él.

Qué triste fue la vida de José José, lo fue desde que era muy niño y fue testigo de la muerte de su padre y su hermano a causa del alcohol, “una verdadera enfermedad que padecí, afectando a la familia y a los amigos”. Para nadie era secreto su paso por Alcohólicos Anónimos. Dice Pável Granados que José José canta su destrucción continua. “Seguramente, en sus canciones hace gala de su falta de voluntad, se deja llevar por un torbellino, por el mar. Pero sobre todo, por la voluntad ajena. Eso, en realidad, es no aprender de nada, ni del amor, ni del sufrimiento. Es sólo dejarse llevar. Por ejemplo, por el éxito. Y hoy ha pasado a un sitio, el de la trascendencia, que es completamente ajeno al de la voluntad. Ya es patrimonio de la soledad de los solitarios, sitio en el que es invocado con frecuencia para oscurecer más las sombras de la perdición existencial” (Confabulario, El Universal).

Para entender mejor a José José habría que escuchar con atención la letra de sus canciones, las cuales, efectivamente, cantan su destrucción. Tanto los compositores como el propio intérprete sabían elegir muy bien el tipo de composiciones, siempre tristes, desoladas y muy melancólicas. El director de la Fonoteca afirma que su voz era “hipnótica como un torbellino de tristeza, en la cual es fácil naufragar…”. En el caso de la canción El triste, del compositor mexicano Roberto Cantoral, fue interpretada por José José por primera vez en el Segundo Festival Mundial de la Canción Latina, en marzo de 1970 (Wikipedia). Cantoral (compositor de El reloj, La barca, entre muchas canciones más) la escribió cuando murió su madre. La escribió durante el vuelo de regreso a México para asistir al funeral de su mamá. Cantoral nunca se imaginó que su composición se volvería un verdadero hit gracias a la voz de José José. José José, o El Príncipe de la Canción, en realidad se llama José Rómulo Sosa Ortiz, quien naciera en Azcapotzalco el 17 de febrero de 1948. Su padre, José Sosa Esquivel, tenía una voz extraordinaria y fue un tenor de ópera muy famoso, pero como su hijo, él también carecía de voluntad y murió muy joven de cirrosis. José José empezó a cantar en serenatas, uniéndose después a un trío de jazz y bossa nova donde comenzó a tocar el bajo. Con el nombre de Pepe Sosa, grabó su primer disco en el cual cantó Il Mondo y Mi vida, pero el disco sencillo no trascendió. A lo largo de su carrera artística, de más de cincuenta años, José José recibió nueve nominaciones al Grammy y muchos reconocimientos internacionales. A pesar de haber vendido más de 100 millones de discos, José José nunca perdió piso. “Era demasiado humilde, demasiado buena gente con todo el mundo y demasiado sencillo. Muy respetuoso y muy señor”, dijo su prima hermana con la voz entrecortada durante el velorio en el Palacio de Bellas Artes.

Es cierto, después de muchos años, se descubrió que mucha gente vivía a sus costillas, como por ejemplo su cuñado que se quedaba con el dinero de sus regalías.

De José José, de los setenta, me encantaban sus chinos, sus sacos de terciopelo con solapas anchisísimas, sus trajes blancos, pero sobre todo, el enorme sentimiento con el que interpretaba sus canciones. Mi favorita sin duda es Ya lo pasado, pasado, por eso para él “pido un aplauso… porque nunca más estará solo y triste… Todo quedó en el ayer. Ya olvidó, ya olvidó… Ya nos dijo adiós…”.

gloaezatovar@yahoo.com

Artículo Guadalupe Loaeza

BHL