El Mañana

sábado, 14 de diciembre de 2019

Carmen Aristegui
Artículo Carmen Aristegui

El Valle de los Caídos

26 octubre, 2019

Desde su llegada a La Moncloa, el 17 de junio del 2018, el
socialista Pedro Sánchez inició el camino político y judicial para lograr lo
que ninguno de sus antecesores, Presidentes de izquierda y de derecha, se
atrevieron a hacer en España: exhumar los restos del sanguinario dictador
Francisco Franco, depositados en el monumental mausoleo del Valle de los
Caídos.

Los huesos fueron trasladados ya a otro cementerio, en el
barrio de El Pardo, donde se encuentran los de quien fuera su esposa. Ni Felipe
González, ni Rodríguez Zapatero, ni Aznar, ni Rajoy, ni los Reyes borbones
tuvieron los arrestos para interrumpir ese agravio continuado por más de 43
años.

Un rasgo aberrante de la democracia española fue mantener
ahí, como una suerte de santuario inadmisible, los restos mortales de quien
condujo a España a un régimen de terror y autoritarismo en una de las
dictaduras más prolongadas en Europa.

La decisión de retirar los huesos del complejo, considerado
patrimonio nacional, se enfrentó al rechazo de la familia y la ultraderecha que
intentaron, con recursos judiciales, que no se llevara a cabo la operación,
misma que finalmente tuvo lugar antier en un hito para la historia.

El Valle de los Caídos es, en sí mismo, un conglomerado
macabro y siniestro, envuelto en símbolos de la Iglesia Católica. Construido
con trabajos forzados de prisioneros de guerra, fue la primera gran obra para
inaugurar el franquismo y en la que quedaron atrapados los restos de decenas de
miles de muertos.

El dictador ordenó enterrar ahí a José Antonio Primo de
Rivera, el fundador de la Falange española y los cuerpos de 33 mil 832
combatientes de ambos bandos de la guerra. Se calcula que unos 13 mil nunca
fueron identificados. Los restos humanos colocados a lo largo del complejo
quedaron entremezclados entre las mismas criptas y aquello terminó por ser “la
fosa común más grande de España”.

Estudios e investigaciones ilustran sobre cómo los cadáveres
acabaron formando parte de las mismas estructuras del edificio, al haber sido
utilizados los restos para rellenar orificios y cavidades de las mismas
criptas.

La memoria histórica intenta abrirse paso y, aun ahora,
algunos buscan rescatar restos de sus seres queridos, como es el caso de los
hermanos Lapeña, cuyos familiares se esfuerzan en que se permita la exhumación
de sus restos.

El abad de la orden religiosa a la que encargó Franco cuidar
criptas y fosas, se niega a que se realice el procedimiento alegando que es
todo tan frágil que en la maniobra pueden dañarse los restos de otras personas.
La orden judicial indica que debe abrirse paso a los trabajos que permitan la
exhumación de ocho cadáveres, pero la abadía que custodia no parece dispuesta a
cumplir ese mandato.

El mausoleo que se mandó construir el dictador alberga a
miles de personas que el sentido común diría que es obvio que jamás hubieran
querido quedar ahí, compartiendo con el verdugo el inmenso camposanto. Con el
respeto debido era imposible imaginarlos descansado en paz.

Pensemos que, después del desagravio de antier y el retiro
de los huesos podridos de Francisco Franco, quedarán las miles de personas
cuyos restos yacen aún en ese valle de la cruz gigante. El Presidente en
funciones, Pedro Sánchez, destacó que con la acción “se pone fin a una afrenta
moral, para dar un paso más en la reconciliación que sólo puede descansar en la
democracia y la libertad”.

Algunos acusan a Sánchez de montarse en el acto para
capitalizarse electoralmente, otros repudiaron las horrendas formas en que se
dio el traslado o reclaman porque se permitió algo que tuviera siquiera un
aroma a homenaje.

La imagen del féretro ingresando a un coche, con la familia
al lado, exhalando un patético “viva España, viva Franco”, resultó, sin duda,
pavorosa. Sin embargo, el hecho es uno: a partir de este jueves no habrá más un
lugar de culto inadmisible a Franco; no habrá más un mausoleo de Estado y
patrimonio nacional en el que se rinda tributo a un sanguinario dictador.

Apenas un gesto de reivindicación a la memoria de las miles
de personas perseguidas, encarceladas y asesinadas por un régimen represor y
asesino que no debe volver más.

opinion@elnorte.com

Artículo Carmen Aristegui

Bolivia