El Mañana

jueves, 18 de abril de 2019

Adolfo Mondragón
Personajes de mi Pueblo y del Otro Lado Adolfo Mondragón

Emilio González

7 abril, 2019

Bueno, de que tiene madre, tiene, y mucha, él la llama “La Mama”, pero no recuerdo su segundo apellido, así que una disculpa amplia, cumplida y bastante para la mamá de Emilio. La verdad no me acuerdo si ya escribí sobre este peculiar personaje de los dos Laredos, ya ven que sufro del síndrome de “dispersión caprina”, entiéndase que se me van las cabras, pero si así fuera, ustedes háganse los sorprendidos, como su fuera la primera vez y digan ¡Oh! ¡Ha! ¿Ok?

Finalmente este personaje es realmente inagotable, se podría uno pasar las horas hablando de él, bien o mal, es igual, y no acabamos.

Tengo el gusto de conocer a Emilio desde hace muchos años, recuerden que a mí todo me ha pasado hace más de treinta años, los mismos que tengo de conocerlo.

El hecho se dio en casa de Federico Schaffler, era una reunión de amigos y entre ellos estaban Emilio, Ovidio, Daniel y otros que escapan a mi flaca y anoréxica memoria; desde entonces me cayó muy bien por su carácter alegre, simpático y abierto, de risa fácil y carcajada más, estentórea y contagiosa, no le da pena reírse a carcajadas de todo y hasta de él mismo, siempre hace mofa de sí, como buen mexicano y obviamente no le molesta que los demás también lo festejen. Esa es una cualidad poco común en las personas, a la mayoría les molesta que se rían de ellos, aunque lo provoquen.

Hace años era una persona normal, común y corriente (corriente en el sentido de frecuente, no de poca estima y calidad). Trabajaba en una agencia con un elevado puesto de gran responsabilidad, asistía a juntas de ejecutivos muy selectas, se codeaba con la gente grande; naturalmente era invitado a reuniones muy selectas, fifís se diría en el léxico actual, y no es que él fuera fifí, seguía siendo raza, pero su alta investidura le exigía ese tipo de roce (¡Ah verdad!). En consecuencia sus ingresos eran de buenos a mejores, o sea, ganaba una buena lana. Obviamente le gustaba darse la buena vida, frecuentar buenos lugares, restaurantes y bares de primera.

De pronto aparece en su vida el budismo e inicia un proceso de reconversión que aún no termina, poco a poco fue dejando los placeres de la vida mundana (el buen vino, las comidas suculentas, etc.). Sin embargo, lo más interesante (y más difícil) fue el paulatino descubrimiento de su yo interior, el Emilio que todos llevamos dentro, ese personaje que muchas veces nos habla y no le hacemos caso, esa voz que nos regaña y nos invita a vivir mejor y hacer las cosas bien, que nos aconseja dejar lo superfluo para valorar lo verdadero, ese yo, que nos insiste en descubrir el otro camino, si bien lleno de abrojos, más seguro, real y que nos conduce indefectiblemente al éxito.

Emilio descubrió a través del budismo como filosofía de vida una nueva vida más plena y realmente placentera, renunciando a todos sus falsos apegos, lanzando por la borda todo el anclaje que le impedía avanzar, despojándose de pesados lastres que nosotros mismos nos imponemos como el querer quedar bien con todos, preocupados por el qué dirán, el aparentar, siempre aparentar para ser aceptado. Descubrió que ser él mismo es la mejor manera de que la gente lo acepte y lo respete. “Este soy yo, así soy, el que quiera puede caminar a mi lado, le ofrezco esto que soy en forma sincera. ¿Me aceptas? ¿Si? Qué bueno, ya nos entendimos, ahora somos amigos”.

Platicar un buen rato con Emilio es entrar en un remanso de paz, es encontrar el eco que siempre hemos querido escuchar, su sola presencia nos inspira paz y tranquilidad, nos transporta a un mundo espiritual y de alguna manera logra sacar desde nuestro fondo más oscuro, una extraña luz que nos ilumina y aclara el camino, eso es exactamente Emilio, una luz en nuestro camino. No tiene lugar para rencores, envidias, o sentimientos negativos, para todos siempre cultiva una rosa blanca y para el cruel que le arranca el corazón con que vive, cultiva una rosa blanca. Como José Martí. De esa manera va Emilio por la vida, regando los pétalos de sus rosas blancas y dejando un agradable aroma de amistad. Sigue haciendo de su vida lo mejor y de la mejor manera.

Gracias amable lector por compartir conmigo estas breves pinceladas que intentaron dibujar un bosquejo de este personaje tan especial de nuestro pueblo. Si lo conoce, estará de acuerdo en mucho conmigo, si no, ahora ya sabe quién es Emilio González. Le deseo un magnífico domingo familiar.