El Mañana de Nuevo Laredo

Catón

De política y cosas peores

Catón

7 diciembre, 2020

En el arca de Noé



¿Por qué el sundae, ese sabroso helado, lleva el nombre con que lo conocemos? El diccionario que tengo del inglés dice que la palabra es de origen incierto. Quizá no tanto: conozco una versión según la cual el dueño de la fuente de sodas donde nació el sundae lo llamó al principio “Sunday”. Sucedió, sin embargo, que algunos ministros evangélicos objetaron la denominación. ¿Cómo era posible que una golosina llevara el nombre del día consagrado al Señor? Para no tener problemas con los ceñudos predicadores el autor de la rica combinación de nieves le cambió una letra al nombre, y lo dejó en ‘sundae’. Ahora bien: ¿por qué cuento eso? Porque supuestamente en domingo no debo escribir historietas pícaras. Si hoy narro la que sigue es sólo a fin de confirmar el apotegma según el cual toda regla admite una excepción. Y va ese cuentecillo… El Señor, ya se sabe, puso en el hombre tentaciones -y en la mujer también, gracias a Dios-, y luego se dedicó con empeño a castigarlos por caer en ellas. Todo el Antiguo Testamento está lleno de esas horribles penas por medio de las cuales el Creador descargaba su ira, igual que el Júpiter tonante de los griegos, sobre sus paganos hijos. Uno de esos castigos bíblicos fue el Diluvio Universal. Noé, santo varón, recibió con oportunidad el aviso de la catástrofe -el mismo Señor fue su oportuno meteorólogo-, y construyó su arca a pesar de los rezongos y refunfuños de su esposa: “Noé, ya deja de perder tiempo en construir ese inútil armatoste y métete en la casa. ¿No ves que va a llover?”. Hizo Noé que en la gran nave entrara una pareja de cada especie de animales. Cuando las aguas cubrieron la faz de la Tierra el arca flotó sobre ellas. Mas sucedió que al elefante le vino en gana refocilarse con su robusta hembra, y fueron tales las sacudidas y meneos de ese erótico trance que el arca estuvo a punto de zozobrar. Las demás criaturas, alentadas por el ejemplo paquidérmico, se entregaron también a los deliquios de la coición, y el arca, en vez de ser signo de salvación divina, se convirtió en lúbrico navío. Escandalizado por los excesos de aquella orgía acuática Noé recurrió a una medida extrema: requisó todos los órganos reproductivos de los animales machos, y a cambio les entregó un recibo que canjearían al final de la navegación por la respectiva parte que les había sido confiscada. Andaban todos los machos hoscos y mohínos -“como marrano capado”, describe esa actitud el dicho popular-, y entre las hembras se dividían los talantes: algunas estaban pesarosas, mientras otras le agradecían al patriarca aquella inopinada vacación. Una hembrita que se veía muy contenta era la changa, pues de ordinario el mico no la dejaba descansar con sus continuas solicitaciones, y ahora, mal de su grado, tenía que dejarla en paz. Feliz al verlo privado de su herramienta de trabajo, la changuita lo hacía objeto de inris oprobiosos. Le meneaba el índice, burlona; le decía: “¡Éjele!”; lo toreaba como a buey cansino que no tiene ímpetus ya para embestir. Para colmo de males el monito ni siquiera podía recitar aquello de: “¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado de mí te burlas?…”, pues el atribulado Nigromante aún no escribía su soneto. De pronto, sin embargo, las cosas empezaron a cambiar. Ahora era el changuito el que reía, el que andaba jocundo y animado, el que miraba con pícara intención a la monita y le mostraba abierta la palma de la mano como para advertirle: “Vas a ver”. La changuita, amoscada, le preguntó por fin: “¿Por qué te ríes de mí? ¿Por qué andas contento y jubiloso, si no tienes aquello que era tu ufanía? ¿Por qué me dices: ‘Vas a ver’?”. Respondió el changuito con una gran sonrisa: “Es que le cambié mi recibo al asno”… FIN.

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