El Mañana

lunes, 21 de octubre de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Encender sus sueños

11 septiembre, 2019

Alza su vista, el reloj justo marca la hora deseada, echa un vistazo por esa pequeña ventana, ahí lo mira, el jardín arreglaba, no podía gritarle, quizás lo preocupara, por lo mismo al obediente y fiel perrito a señas indicaba ladrara, de inmediato le prendía las luces para que no tropezara, lo esperaba en la entrada; así y como un par de pequeños, juntos otra vez volvían a encender sus sueños. Tan sólo una cucharada de azúcar a su café le agrega y sin demora, así le gusta a él, con un poco de agua y leche, no cremora, su taza sobre esa mesita ahí coloca y añora, pensar en estos momentos tan suyos que adora.

Desea el tocarle su áspera mano, pero un impulso la detiene, es en vano, y en silencio se pregunta, ¿mi viejito, en qué estará pensando?, se levanta de su cómodo sillón y avanza, de la alacena esa caja de galletas alcanza, toma un pequeño platito y le agrega una suave servilleta, después una a una con delicadeza coloca cada galleta.

Se le ocurre encender la radio y rompa así ese silencio que en sus oídos retumba, mas no lo hace, al temer perder sus recuerdos como ese algo que se derrumba, vuelve así a tomar su cómodo asiento.

Tal y como si cerrara los ojos, la noche cada vez es más oscura, de esas intactas galletas el tomar una está insegura, preocupada, echa un vistazo a su junto sillón, para su lastimada cintura, le vuelve a acomodar su almohadón, para calentarle sus pies lo cubre con su acogible edredón.

Cierra las cortinas de sus ventanas, y sin avisar la noche, ese frío y la luna penetran desafiantes como villanas, no permiten junto a él disfrutar de esa linda noche, de ese frío el regocijarse, ver aparecer a esa romántica luna y marcharse. Amanece, alza su vista, el reloj justo marca la hora deseada, ya es tarde, echa un vistazo por esa pequeña ventana, a él ya no lo mira, el jardín, las flores, su tierra toda está triste, plana.

La taza sigue ahí, pero fría, esa que sirvió a él hace muchos momentos, a su gusto, a su tiempo, el viento que desafiante penetró por esa ventana, derrumbó las galletas, la servilleta y hasta la nostalgia de una forma inhumana.

La radio hace muchos ayeres que en esta casa no se enciende, ya no se escucha ni se disfruta igual, se entiende; para estos amantes, la noche, ese frío y la luna, desde su ausencia y bajo estas lágrimas, ya no son esos buenos acompañantes.

Cuántas veces aquí en Nuevo Laredo, en la fugaz carrera de la vida, y al transitar por calles y avenidas, se aprecian y admiran esas casas de otras épocas que parecen aburridas, pero y al ver que aún emanan de ellas esa añoranza, ese sentimiento se afianza, por lo mismo el recuerdo aflora y de inmediato se imagina, cómo fue ahí esa vida divina, en cada rincón y a cada hora.