El Mañana

sábado, 24 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Entender la tragedia

29 junio, 2019

Don Languidio Pitocáido y su esposa cumplieron cuatro décadas de casados y fueron a una playa a pasar una segunda luna de miel. A su regreso los amigos del provecto señor lo invitaron a tomar una copa y le preguntaron en tono picaresco: “¿Cómo te fue?”. “No muy bien -contestó, pesaroso, el señor Pitocáido-. Hace 40 años mi mujer no hallaba cómo contenerme. Ahora no hallaba cómo consolarme”… Todas las vacas tenían ya sus becerritos, menos una. Y es que era la única a la que ningún toro se le había acercado nunca. Por tal motivo la infeliz andaba siempre triste; no se explicaba la causa del desdén; no sabía por qué los fuertes machos no la buscaban para propósitos generativos. Finalmente, después de observar su conducta en el prado, una de sus compañeras dio con la clave del problema. Le dijo a la vaquita: “Con razón ningún toro se te acerca, Galatea. Los bloques de sal son para lamerlos, no para sentarte en ellos”… En cierta reunión coincidieron una anciana de condición humilde y un hombre con aspecto de profesionista. La vejuca oyó que todos llamaban “doctor” al elegante caballero, de modo que fue hacia él y le dijo: “Qué bueno que está usted aquí, doctor. No tome a mal que aproveche yo la oportunidad, pero fíjese que desde hace una semana empecé a sentir un dolor muy fuerte aquí en el pecho, que se me va a la espalda, y luego me baja a los ijares, y ahí se me clava. La otra noche…”. “Perdóneme, señora -la interrumpió cortésmente el caballero-. No soy doctor en Medicina: soy doctor en Economía”. “Ah -repuso la humilde ancianita-. Entonces pregúnteme usted a mí lo que quiera saber”… Alguna vez deberá escribirse la novela del migrante, o filmarse la gran película que recogerá el drama de los que todo lo arriesgan, hasta la vida, con tal de escapar de su país. Se les considera, aun en su misma patria, como personas inferiores, una especie de vagabundos que, cegados por la esperanza de ganar dólares en Estados Unidos, dejan su país y se lanzan, en ocasiones llevando a su familia, a la aventura de llegar a ese país y encontrar asilo en él. La foto del padre y su hijita ahogados en el río Bravo nos hace ver que el drama de esos migrantes es más doloroso que el de otros que hemos conocido: el del gallego que en doloridos versos cantó Rosalía; el del refugiado español que lloró Garfias; el de los hombres de todos los tiempos y todos los países -ayer Irlanda o Italia; en nuestro tiempo Cuba o Venezuela, Honduras, Nicaragua, México o El Salvador- que han debido salir del territorio de su patria para buscar en la ajena el pan de cada día. En cierta ocasión un necio dijo que quienes tratan de cruzar a los Estados Unidos lo hacen por puro espíritu de aventura. No es así, claro: lo hacen por hambre o para salvar la vida. Son hombres y mujeres que quieren algo mejor para sus hijos, algo que su propio país ya no les puede dar. Debemos entender su tragedia y exigir a nuestro Gobierno que dé un trato digno y humanitario a esos migrantes que en su país sufren tantas injusticias. Que no las sufran también en el nuestro… Aquel hombre se estaba refocilando con una esposa ajena en el lecho conyugal de la mujer. De pronto oyó que se abría la puerta de la casa. Saltó de la cama con la velocidad que da el instinto de conservación y se metió en el clóset. Desde ahí oyó, aterrorizado, que el marido de la señora entraba en el cuarto. Ella le dijo con toda naturalidad: “Mi amor: tengo antojo de pizza. ¿Irías a traerme una?”. El marido salió, y eso lo aprovechó el tipo para vestirse y salir huyendo a escape. Llegó a su casa, todavía nervioso por el susto, y fue a la recámara. Le dijo su esposa: “Mi amor: tengo antojo de pizza. ¿Irías a traerme una?”… FIN.