El Mañana de Nuevo Laredo

Catón

De política y cosas peores

Catón

29 junio, 2020

Er Ninio de las Monjas



Terminó el acto del amor y doña Macalota, extasiada, le dijo a don Chinguetas, su marido: “¡Nunca nos había salido tan bien! ¿Tú en quién estuviste pensando?”… “Tierra mojada de las tardes líquidas / en que la lluvia cuchichea, / y en que se reblandecen las señoritas / bajo el redoble del agua en la azotea”. He citado de memoria el principio de un poema de Ramón López Velarde. En el pueblo del padre Arsilio las que se reblandecieron con las fuertes lluvias que duraban ya una semana fueron las tablas del techo de la iglesia. El bondadoso sacerdote llamó a sus feligreses a hacer oración en el templo para rogar al Cielo que acabara ya ese diluvio. “Un padrenuestro”, les pidió. Y los asistentes: “Padre nuestro…”. “Un avemaría”. Y todos: “Dios te salve, María…”. En eso crujieron las tablas del techo. Exclamó asustado el padre Arsilio: “¡Las tablas!”. Y los fieles: “Dos por una dos; dos por dos cuatro…”… Bella y voluptuosa era la domadora de fieras de aquel circo. Tenía agraciado rostro y cuerpo escultural. Entró en la jaula donde rugía un feroz león africano. Con un par de latigazos lo hizo tenderse a sus pies. Luego, ante la admiración de la concurrencia, se despojó de su traje de domadora hasta quedar sólo en prendas íntimas. Le dio otros dos latigazos a la fiera y el león, rendido, le lamió el cuerpo igual que un manso perro. Una ovación del público saludó la portentosa hazaña. Preguntó desafiante en el micrófono el director de pista: “¿Alguien se atreve a entrar en la jaula y hacer eso mismo?”. “¡Yo! -se levantó un sujeto-. ¡Y ni siquiera necesitaré los latigazos!”… Mignonette volvió a París después de un viaje que hizo a Londres, y le contó a su marido que los ingleses acostumbraban besar caballerosamente la mano de las damas. “La intención podrá ser buena -comentó él-, pero la puntería es pésima”… La joven esposa iba feliz por el centro comercial mostrando las evidentes señas de un próspero embarazo de ocho meses. Se encontró con ella Babalucas, que la conocía bien. “¡Caramba! -le dijo sorprendido-. ¿Estás embarazada?”. “No -replicó secamente la muchacha-. Es un encargo que le llevo a una amiga”… El nieto mayor de don Veterio le preguntó: “Abuelo: ¿recuerdas la primera vez que hiciste el amor?”. “¡Uh, hijo! -suspiró el añoso caballero-. ¡Ya ni siquiera me acuerdo de la última!”… Algunos antiguos conventos españoles de monjas tenían lo que se llamaba el torno, un artilugio giratorio que permitía a las mujeres que no podían conservar a sus bebés recién nacidos dejarlos ahí sin ser vistas, para que las religiosas los recogieran y criaran. “Expósitos”, era el nombre que recibían esos niños. En el convento de un pequeño pueblo, Torrejas del Almiar, creció Frasquito. A los 13 años salió al mundo para buscar la vida. Abreviaré la historia. Se volvió torero célebre con el apelativo de “Er Ninio de las Monjas”. Rico y famoso decidió regresar al lugarejo a fin de dar una sorpresa a las religiosas que tan piadosamente lo habían recogido y educado. Para eso vistió sus mejores ropas, las más caras y lujosas, y contrató a un calesero para que lo llevara de Madrid al pueblo. Poco antes de llegar notó que el calor lo había hecho sudar mucho, y decidió refrescarse en un regato que por ahí corría. Se despojó completamente de su vestimenta, la dejó en el carruaje y entró en las frescas aguas del arroyo. Al regresar se dio cuenta de que el pícaro calesero había escapado llevándose toda su ropa. “No importa -se dijo Er Ninio de las Monjas echando a andar desnudo por el camino con paso de torero al partir plaza-. Así la sorpresa que les daré a las monjitas será mucho mayor”… FIN.

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