El Mañana

jueves, 17 de octubre de 2019

Pedro Chapa Salinas
En voz alta Pedro Chapa Salinas

Érase una vez el Día del Presidente

1 septiembre, 2019

Hoy, como todos los días primero de septiembre, se presenta ante el Congreso de la Unión el Informe sobre el estado que guarda la nación. La gran diferencia sobre éste en particular es que en lugar de ser el “día del presidente”, como había sido costumbre durante décadas, en donde todo circundaba alrededor del jefe del Ejecutivo Federal, ahora se hace honor a las acciones que se han emprendido en favor del pueblo de México.

Aquello se había convertido en un circo en el que su protagonista principal, custodiado por un ejército –literalmente—de oficiales del Estado Mayor Presidencial, alrededor de 80 mil efectivos, de todos los rangos alrededor de un solo ciudadano, circulaba en el tradicional desfile desde Palacio Nacional hasta la sede del Poder Legislativo en San Lázaro en donde era por todos alabado, aunque lo que se vertiera, eran, más que todo, cifras maquilladas y una gran simulación.

Recuerdo que cuando era niño el ritual de ese día, año con año, era sintonizar la tv desde muy temprano por la mañana para ver como el portador de la banda presidencial, sin importar quién fuera, hablaba y hablaba sin decir nada. Horas de acartonados discursos, aplausos de la totalidad de los presentes sin que se pusiera en tela de juicio, ni mucho menos dudar de su veracidad, lo vertido por el Presidente, para luego regresar a Palacio, trepado en un convertible saludando a sus súbditos que le tiraban confeti y lo admiraban al pasar.

Aquella gran celebración en la que nunca entendí del todo por qué le hacían tanta fiesta a un individuo que decía que todo marchaba de maravilla, cuando lo que vivíamos era todo lo contrario, apenas empezaba. A su llegada a Palacio Nacional, comenzaba otro ritual que siempre fue para el que escribe, aparte de un completo misterio, una estupidez de proporciones enormes: el “besamanos”, saludo bautizado de esta sagrada manera por los propios políticos lambiscones, que orgullosamente hacían fila por horas y horas hasta llegar a un efímero éxtasis nunca correspondido.

El presidencialismo en nuestro país era, inclusive, avalado por nuestra propia Constitución. Ahí se le otorgaban atribuciones meta-constitucionales, esto es, se le brindaban poderes sobre los otros dos poderes de la Unión. Era normal y bien visto, que el Presidente quitara y pusiera jueces, magistrados y hasta ministros del Poder Judicial; también pasaba directamente por sus manos la lista de los candidatos a senador y diputados para ser palomeada, así como desde luego, designaba a todos los gobernadores y a muchos presidentes municipales de nuestro país.

El tlatoani, el preciso, el todopoderoso, es cosa del pasado, al menos así es, debe ser, de aquí en adelante, tiempos de transformación nacional en los que el verdadero protagonista es el pueblo de México y no su presidente. Así, de la misma manera debemos exigir que la rendición de cuentas sea un ejercicio cotidiano, tal como lo ha llevado a cabo nuestro presidente. Y que el informe sobre el estado que guarda nuestra nación sea sobrio, austero, pero sobre todo veraz, y realista.

Pasar del circo mediático y de la pantomima política, a un ejercicio de comunicación democrática, efectiva y civilizada en donde el debate parlamentario sea para mejorar la vida pública, pero sobre todo, las políticas que beneficien a la colectividad.

ADENDUM

Sin duda la seguridad sigue siendo también una asignatura pendiente. No sólo lo vivimos y padecemos la mayoría de los mexicanos, sino que además es reconocido por el propio Presidente, algo que los anteriores no sólo minimizaban sino que hasta lo negaban, con tal de engañar a la opinión pública y seguir volteando hacia otro lado dando palos de ciego y alborotando el avispero.

Lo más importante en este tema, aparte de reconocerlo, es que se han sentado ya las bases para contrarrestar de manera integral este flagelo. Las acciones que el gobierno de la Cuarta Transformación ha emprendido en este primer año son sin duda el inicio hacia el camino correcto para enfrentar las causas y atacar la raíz en el tema de la inseguridad.

La Ley de Amnistía en este mismo sentido, sin que esto se saque de contexto ni se pretenda desvirtuar con el discurso de miedo que caracteriza a los conservadores, es una buena medida que el Estado debe utilizar para acotar los alcances de los criminales.

Así que, sin necesidad de rasgarse las vestiduras, vamos apoyándolo, en lugar de enarbolar la violencia como único método para combatirla.