El Mañana

jueves, 23 de mayo de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Esa mujer que usted describe, no es así

10 mayo, 2019

“Saben hijos, yo también tengo ganas de ver a mi mamá, esa que hace tantos años perdí, quisiera que nuevamente y con sus tiernas manos acariciara mi pelo, platicar con ella, escuchar su dulce voz”.- Una reyna llamada madre

Los toquidos eran tan fuertes en esa vieja puerta, que cualquiera pensaría que alguien venía a cobrar alguna fuerte deuda, mas sin embargo de ese hogar, nadie asomaba; esa escandalera dio pie a que la vecina de al lado se acercara, y después de escuchar de esa visita inesperada santo y seña de a quien buscaba, con un gran sentimiento le aclaraba: esa mujer que usted describe, no es así.

Después de invitarla a sentarse en esa tambaleante mecedora, le mira fijamente a los ojos y le vuelve a suplicar de una manera mucho más tranquila y pausada, que fuera tan amable en repetirle y a detalle a esa señora, que insiste en ese sitio encontrar.

Con un timbre de voz que demostraba mucha seguridad, pero un poco desesperada y arrebatada, repite casi ahogándose o como agitada, que esa persona a quien busca tiene el cabello largo y negro de grandes ojos cafés, suele usar tacón de medio piso porque de joven se lastimó un pie.

Odia el usar collares porque le causan alergias, pero gusta mucho de pulseras que por lo regular hacen juego con sus prendas, su caminar es alegre, su voz es tan bajita que por lo mismo se le tiene que poner mucha atención.

Es de cintura regular, no muy delgada pues tuvo varios hijos y es ama de hogar, sus labores cotidianas las suele realizar alegre externando una sonrisa, y a pesar de esos quehaceres, conserva sus manos tan suaves que humillan a la más tierna caricia.

Ah, se me pasaba decirle que gusta de tocar muy bien el piano, y en ocasiones sorprende cantando, tiene una vieja cicatriz en su brazo izquierdo que se hizo al resbalar, al estar ropa lavando.

Después de un silencio, la amable vecina la toma de las manos y pregunta que cómo se llama ella, pues la que aquí sobrevive es muy diferente a su narración y agrega y le aclara: su pelo es cano y escaso, sus ojos han perdido esa luz que irradiaban al ver, sus piernas no le responden por lo mismo ya no suele usar tacones ni mucho menos ponerse en pie.

Ya no coloca adornos en su cuerpo, pues ha perdido ese gusto, sus ropas hacen juego tan sólo con las sábanas de su inseparable cama, y de su boca hace mucho que no sale su voz, no externa canto alguno, su cintura se ha perdido entre su marcada delgadez, y sus manos suelen estar ásperas y rígidas a falta de ese cuidado, por lo que hoy no toca ese piano tal y como solía hacerlo emulando a aquella famosa actriz, debido a su maltratado cuerpo ya no es visible esa añeja cicatriz.

¡Esa es la que busco!, exclamó con admiración la inesperada visita, y ella le contesta que por todo lo por ella narrado sí que la conoce y muy bien de forma física.

Mas sin embargo un detalle le aclara le faltó por decir, externar y es algo que un hijo, una hija jamás se le debe olvidar, como es el gran amor que toda madre guarda y muy internamente de su ser para sus hijos, para sus hijas aun y por cualquier motivo la olviden, de ella se encuentren por muchos años distantes.

En este Día de las Madres, recuerden como hijos, como hijas, esos momentos inolvidables, como ese día en que se probó esa riquísima y enrollada tortilla tan sólo con sal que sabía a maravillas, ofrecida, tomada de las manos de la madre.

En este Día de las Madres, recuerden como hijos, como hijas, esos momentos inolvidables, como ese día en que no se dejaba de llorar al entrar al primer día de clases y que tan sólo con un fuerte abrazo de mamá era suficiente para consolarte.

En este Día de las Madres, recuerden como hijos, como hijas, esos momentos inolvidables, como ese día en que estuvieron tan enfermos que tan sólo con una frotada en la espalda con las manos de la jefa, era más que suficiente para el dolor aliviarles.

Ojalá que este día diez de mayo para los que aún la tienen, acudan ante ella y primeramente le den un beso, después la abracen, luego de mirarla fijamente, observen cómo esos años que brindaron y con mucho amor a sus hijos, a sus hijas no fueron en vano.

Toquen su pelo que fue negro y ahora está cano, miren sus labios que antes eran néctar y ahora no tan claros, vean sus ojos que ya no son grandes, pues ya están cansados, confirmen que quizás su cuerpo ya no tiene esa misma vitalidad que en otros años, y acérquense, sí acérquense un poco más, para que den cuenta que ese corazón de madre comenzará a latir y mucho más fuerte, al tener a sus hijos, a sus hijas por siempre a su lado, presentes.

Y para los que ya la madre está ausente, no olviden el acudir a su sepulcro, y tomar a su familia de las manos, hacer un recorrido mental por ese tan entrañable ser, recordar así su belleza, su amor por sus seres queridos, sus gustos y preferencias.

Tomen ese ramillete de flores, pásenlo de mano en mano, del más grande al más pequeño, para que él o ella en honor de la familia y en agradecimiento deposite en la tumba de ese querido ser, el pilar de toda una familia, la madre.

Transmitir si no la conocieron, a sus nietos y nietas ese divino ser, soltarse por un momento de las manos para sujetar nuevamente y por igual y en honor a la madre a ese ausente o alejado hermano, a ese hermana que ahí han llegado, al ser por siempre todos sus hijos e hijas amados, queridos por igual y jamás, jamás por una madre olvidados.