El Mañana

lunes, 14 de octubre de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Esa vereda de nostalgia

9 octubre, 2019

Con ansiedad, aquel señor y sin pena alguna hurgaba entre los escasos recipientes de basura de la avenida Guerrero, ahí buscaba algún bote de lámina, de preferencia angosto, pero largo, perfecto para enredar el sedal, después dirigirse a la pesca, a ese río Bravo de Nuevo Laredo por esa vereda de nostalgia.

Antes, en su hogar, ahí en el patio en donde se encontraba la llave del agua, ya había escarbado con un desarmador, así hacer más profundo el agujero; después y con mucho cuidado una a una tomaba con sus manos las lombrices que serían utilizadas de carnada.

Como señuelo para los peces, a unas viejas cucharas de cocina les sacaba brillo tallándolas con tierra y agua, les quitaba el mango, después le hacía un pequeño orificio en donde le insertaba el anzuelo.

En ese entonces el camino sí que era largo para cualquiera que acudiera al río Bravo a pescar, los del poniente bajaban por la Moctezuma hacia el Parque Viveros, los de la Guerrero y sus alrededores acostumbraban la Tixtla o la avenida Guerrero, después Paseo Colón por donde no pasaba ni un carro.

Por eso mismo se caminaba a paso lento por en medio de ese gran calle con camellón central, incluso muchos se arriesgaban y con toda confianza a sentarse o acostarse ahí a descansar al no existir nada de tráfico, el recorrido era grato, alegre, tranquilo, se calmaba el hambre tumbando las nueces de los enormes nogales.

Las bromas no se hacían esperar, y muchos, muchos niños y niñas, incluso jóvenes acostumbraban a jugar señalando con la mano y diciendo “esta es mi casa”, no “esa es la mía”, no, yo dije primero, haciendo alusión a las escasas, pero bellas residencias y mansiones que en ese tiempo en ese trayecto existían.

Casi al final de la Paseo Colón, tramo sin pavimento, ahí se llegaba a un barranco, ese que en otra época se utilizó para arrojar la basura de la ciudad, pasándolo, hacia el sur, se llegaba a una inclinada vereda que terminaba en el portón de un rancho, sitio en donde con el permiso del cuidador permitía el acceso para llegar al deseado río Bravo.

Del portón a las orillas del río Bravo eran como treinta metros, distancia que te hacía imaginar, disfrutar con los amigos, familiares o seres queridos de esos bellos momentos inolvidables; ahí existían sembradíos de milpas cargados de muchos elotes.

De la bolsa de papel se sacaba el bote enredado con el sedal, se le amarraban las cucharas con anzuelos y para hacerlo más atractivo como carnada se le agregaban las lombrices de tierra previamente capturadas, se insertaba una flexible rama en la orilla del río, se lanzaba el sedal amarrado con una piedra y se esperaba que “picara”, cayera pues un pescado.

Un radio portátil de transistores que a la voz del animoso locutor le agregaba música, elotes con pescados asados era el rico manjar, juntos, eran los elementos perfectos de esos días en ese sitio añorado de Nuevo Laredo, espacios que florecían con las familias y visitantes de esta frontera.

Este era el Nuevo Laredo que emergía en la década de los años sesenta, setenta, ese era el tipo de gente que habitaba esta frontera, estas eran sus costumbres, ¿así lo recuerda usted?