El Mañana

martes, 23 de abril de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Ese botecito de los sueños

20 febrero, 2019

Para esas amas de casa de otras épocas, cumplir el deseo de su hija para que tuviera eso que ellas de jovencitas nunca lograron, era esa idea que nadie, absolutamente nadie les podría quitar; por lo mismo al sobrar algo del gasto semanal, discretamente separaban esas monedas para “enganchar” ese deseado vestido de quince años, para lo mismo lo ocultaban en la cocina, arriba de ese viejo trastero, justo dentro de ese recipiente de avena convertido ahora en esa “alcancía”, en ese botecito de los sueños.

Cuando la hogareña acudía al Centro de Nuevo Laredo acompañado de esa futura dama de sociedad, era algo más que obligado el pasar una y otra vez frente a ese gran aparador en donde la tienda desplegaba y elegantemente ese atractivo vestido, y aunque en otra ocasión ya habían entrado a preguntar cuánto costaba, en verdad que emocionaba el repetir y repetir esa misma rutina para nuevamente y de cerca volverlo a admirar.

Ya de regreso, era costumbre que todo el camino el tema en cuestión fuera el mismo, las mentes de ambas protagonistas volaban en pensamientos, trance que era interrumpido al pasar frente a esa zapatería e imaginar su calzado, ese bello collar exhibido en esa joyería, o al comentar qué tal le quedaría ese peinado que le estaban haciendo a aquella elegante dama, el ver sonrojarse a la aún niña al imaginarse totalmente maquillada.

Ahí al paso se encontraban con ese vendedor de pollitos de colores que por siempre ignoraron, mas sin embargo ese día cinco y de todos colores la madre de familia adquiría, y a pregunta de la futura quinceañera para qué quería tantos, la madre tan sólo le contestaba, ya verás, ya verás.

Ese paseo tan agradable y recorrido mental era interrumpido y de inmediato al darse cuenta que el camión urbano, ese que las llevaría de regreso a casa ya estaba casi avanzando, y al hacerle la seña de que las esperara, el chofer de inmediato y las reconocía como sus constantes clientes, de hecho, ya sabía hasta en dónde se bajarían.

Después de casi dos años de ahorros, ese botecito era “sacrificado”, sorprendente fue aquel día al ver cuánta moneda y billetes de baja denominación se esparcieron por esa pequeña mesa de la cocina, emocionante por igual fue aquel mismo instante en que juntos, todos los miembros de la familia ayudaron a contar ese preciado dinero.

Y al llegar a comprar el vestido, triste era el ver que precisamente el día anterior y según la versión de la empleada se acababa de vender, entonces, la dependiente se envolvía en su sentimiento y casi suplicaba a esa niña sollozante a escoger otro parecido, por supuesto del mismo costo.

Aquel día por la mañana inolvidable fue al salir del hogar luciendo ese bonito vestido de quince años, su peinado, su collar, aunque de fantasía lucía espectacular, volteaba a todos lados así la vieran que ya maquillada está.

Casi de zopetón se paró ese chofer del camión urbano, ese día hasta se bajó para ayudar a tan elegante dama, no les cobró pues iban al estudio fotográfico a tomarse esa deseada foto.

En el patio del hogar se extrañaron aquellos pollitos de colores que ya de grandes se convirtieron en gordas gallinas, de éstas tan sólo las plumas quedaron, pues el mole y arroz casero pasaron a ser parte de ese ritual, de esos bellos recuerdos.

Muchos de estos eventos se realizaban de este modo en Nuevo Laredo, no precisamente para indicar riquezas, ni mucho menos para demostrar esa marcada presunción, sino el de externar esa verdadera realidad, sinceridad, lograr con esto el sacar de su comunidad en cada situación ese sentimiento de humildad, que daba paso a que renaciera y nuevamente entre todos ellos esa total cordialidad.