El Mañana

miércoles, 21 de agosto de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Ese paseo imborrable

17 julio, 2019

Ahí, frente a ese frondoso árbol acostumbraba él dejarla bien acomodada, de modo que no estorbara, o que alguien se golpeara, era tanto su aprecio por esa posesión, que nadie se atrevía tan sólo a moverla un centímetro de donde la dejaba; cuando se volvía a subir a ese triciclo, tan sólo se le veía alejar por esa avenida adorable, por lo mismo permitía esa tranquilidad imaginar, ese paseo imborrable.

La orden era tajante, nadie podía sacar el triciclo del jefe familiar, pues ese era su medio de transporte, donde hacía negocios, con el que iba al mandado, en donde traía ese trozo de hielo o comida en la cazuela, en el que llevaba una que otra vez a los hijos e hijas a la escuela.

Inolvidable fue aquel día, en que se le reventó una llanta, sorprendente fue el ver cómo lo levantó y lo acomodó de lado con tanta fuerza, después fue a sacar unas herramientas de su cajón para desmontar de ese triciclo esa necesaria pieza.

El ver pasar el tiempo, los días, los meses y los años no permite en ocasiones el asimilar que las cosas siguen ahí, igual, se deterioran sí, pero al ser necesario, indispensable, justo es darle ese mantenimiento que sorprende a hijos, hijas y madre, como cuando se pintó y por primera vez ese singular medio de transporte por ese ingenioso padre.

Igual nunca faltaba el ir con el viejo a esa interesante tarea fuera del hogar, para lo mismo y en ese asiento trasero de fierro forjado, permitía y por primera vez ir junto a él de acoplado, no existía sitio ni momento más emocionante, que pasear en ese triciclo de acompañante.

Ah, pero si por algún error metías los dedos de los pies en esos temibles rayos del rin trasero, ni te pasara por la mente el chillar, pues el aguantarse hasta la casa llegar, sí que era algo verdadero.

A todos les llamaba la atención cuando al triciclo se le pintaron sus salpicaderas, en los manubrios unas tiritas azules y rojas que colgaban de las agarraderas, y los rines adornados con bolitas y estrellitas de colores que parecían como enredaderas.

Es de reconocer que llamaba mucho más la atención ese aditamento especial para hacer ruido, ese timbre que al jalarle y jalarle continuamente a los vecinos por fastidio ya era algo más que aborrecido.

No queda duda alguna que lo que existe en el hogar familiar es lo máximo, con eso se crece, con eso se vive, se disfruta, se aprende y convive, ahí, en ese momento, la mirada de los niños y niñas no ven hacia los lujos, ni hacia esas comodidades; por lo mismo esa infancia así por supuesto que al máximo se disfruta, y ya de adulto, mucho se aprecian y recuerdan esas cosas pequeñas que te enseñaron a ser grande.