El Mañana

miércoles, 19 de junio de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Españolismo

24 febrero, 2019

“Joder” es la palabra que en España se usa para nombrar el acto de realizar el coito. En México decimos “coger”, verbo que don Francisco J. Santamaría considera americanismo y que define como “tener cópula carnal”. Muchas variaciones ha inventado el vulgo para aludir a tal acción: desgastar el petate; celebrar el H. Ayuntamiento; desvencijar la cama; revolver las sábanas; hacer rechinar el catre, y en algunos Estados del norte del país, por influencia del idioma inglés, hacer el foqui foqui. En tiempos ya pasados el verbo ‘coger’ tenía como sujeto pasivo exclusivamente a la mujer. Ahora, supongo que por efecto de la liberación femenina, las mujeres se han apropiado del vocablo y lo usan poniéndose ellas como sujeto activo. Tenía yo una traviesa amiga. En cierta ocasión la presenté a una señora de la buena sociedad saltillense con quien nos topamos por casualidad. La dicha dama torció el gesto al ver a mi amiga, pues en aquel tiempo todos sabíamos quién era quién en mi ciudad. De mala gana le tendió la mano y se alejó luego, presurosa. Comentó mi amiga, desdeñosa: “Vieja presumida. No sabe que me estoy cogiendo a su marido”. Pido disculpas a mis cuatro lectores por usar aquí palabras que no son para ser puestas en papeles públicos, pero sucede que voy a narrar un breve cuentecillo en el que está presente -sin estar presente- el verbo “joder” en su acepción peninsular, y la historieta no se entendería sin la dilatada explicación que hice. Sucede que por una calle madrileña iban dos chicas magníficamente vestidas y mostrando profusión de joyas y accesorios. Se cruzaron con una antigua compañera que las había conocido cuando eran pobretonas. Les preguntó ésta con tono zumbón e intencionado: “¡Qué bonanza, hijas! ¡Vais hechas un brazo de mar! ¿De dónde salieron todos esos lujos?”. Respondieron al unísono las dos, molestas y amoscadas: “Podemos”. “¡Mira! -exclamó la otra con sorna-. ¡Tantos años de colegio y todavía no aprendéis a distinguir la pe de la jota!”… Ya sabemos quién es Babalucas: el hombre más tonto de los alrededores. Se prendó de una linda chica “que hacer podría tórrida la Noruega con dos soles, blanca la Etiopía con dos manos”. Esa fúlgida hipérbole hizo Góngora al aludir a una hermosa dama de grandes y luminosos ojos y piel de albura sin igual. Así de bella era la muchacha que hizo latir el corazón de Babalucas. El tontiloco le confió su cuita de amor a un cercano amigo y le preguntó cómo podía acercarse a la muchacha. Le aconsejó el amigo: “Primero dale a entender que estás loco por ella”. Esa misma tarde Babalucas esperó a la chica y cuando se cruzó con ella se llevó los dedos a la boca y moviéndose los labios con ellos le hizo: “Blu blu blu blu blu”… Dos hombres jóvenes llegaron al mismo tiempo al Cielo. San Pedro, el apóstol de las llaves, les franqueó la puerta de la morada celestial y a cada uno le colocó su respectiva aureola, pero les advirtió: “Si tienen un mal pensamiento la aureola se les caerá automáticamente”. En eso, como cosa hecha adrede, pasó por ahí una chica de esculturales formas. La vieron por delante y por atrás los dos muchachos y ¡plop! a uno de ellos se le cayó la aureola. “Deseaste en tu corazón a esa mujer -lo reprendió con severidad San Pedro-, por eso perdiste esa señal de salvación; por eso deberás salir de aquí. Recoge la aureola; dámela y vete”. Se dirigió al otro: “A ti te felicito, pues a pesar de la belleza de esa dama supiste resistir la tentación”. El muchacho volvió la vista para mirar por atrás al que se había agachado a recoger la aureola y ¡plop! se le cayó la suya… FIN.