El Mañana

sábado, 07 de diciembre de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Estas son tus enseñanzas

24 abril, 2019

Extendió su brazo, pues en ese cajoncito resguardaba su necesario medicamento, pero su temblorosa mano no le permitió de inmediato afianzarlo, y se le escapa, nuevamente tuvo que revolver las cosas, a duras penas de su cama se inclinaba, accidentalmente toca y al instante recuerda de esa foto ahí encontrada, el día de la comunión de su niña; unos cansados pasos la interrumpen, se abre esa puerta dorada, se dirigen hacia ella y lo primero que percibe es un bonito aroma a ramo de palmas que le depositan en sus manos, y escucha decir: estas, estas son tus enseñanzas.

Te comento que sentí escuchar afuera campanadas, pero yo ya estaba instalada, quiero decirte que hoy me senté en esa banca de enfrente, esa que tú por siempre ocupabas, reconozco que en momentos me sentía como mareada, pues ese enorme Cristo en lo alto en verdad me impresionaba, me levanté, ya que del padre en la puerta principal de la iglesia su entrada anunciaban, me palpitó el corazón de emoción al ver que hacia mí caminaba, y con su mirada con ternura me saludaba.

Mi hija me acompañaba, así juntas de los Evangelios a la primera lectura pasaba, después del salmo, a la segunda lectura, los cánticos de ese coro hacían que por momentos la piel se me enchinara, sentimientos que se conjugaban con ese recuerdo cuando tú como ahora lo hago yo ahí me llevabas.

No, ya no está tu amiga Tachita, no vi por ningún lado a Remedios, ni a la del rosario plateado, aquella viejecita que duraba muchas horas inclinada y que por los suyos suplicaba, tampoco dio la misa el sacerdote, aquel que era muy disciplinado, que con su voz fuerte y clara pero suave, con su mensaje confortaba.

Quiero ser sincera, pero en momentos me sentía quizás un poco cómo llena de melancolía y tristeza, al ver que muchas de las bancas estaban vacías, y me preguntaba, será por esos seres que ya no asisten porque están enfermos o que ya están difuntos, o esos que aun y estando vivos, de fe están como muertos.

Escuché y participé del Padre Nuestro, la paz, el mensaje del sacerdote, pero eso que me llenó, que incitaba a ser por siempre fiel a las creencias religiosas, se conjugó a través de estas simples, pero significativas palabras: “Dichosos los invitados a la mesa del Señor” en la que estuve presente.

Los ramos de palmas fueron bendecidos, éstas que y como señal de ese agradecimiento por haberme inculcado la fe hoy en tus manos deposito; dos lágrimas pequeñas rodaron por sus mejillas, pero grandes y llenas de esa alegría, sentimiento que la obligó a acercarse más a esa cama.

Y escucho decir, en voz baja, toma hija esta foto, la has de recordar pues de niña, de jovencita, ya de adulta muchas veces en tus manos la tuviste, pero nunca te fijaste lo que en ella al reverso decía: versículo 25-26 capítulo 118; hija, por esto sabes, siempre agradezco y me llena tu visita de alegría porque sé del que te envía.

Después de pasados estos días santos, ojalá sea hoy ese preciso momento para reflexionar, así saber qué tanto se logró entender con esta conmemoración, de ese luto católico, de esa resurrección; comprender como padres y madres, como familia, si en verdad se está cumpliendo con esa tan necesaria labor de inculcar esa fe, para recuperar ese tan anhelado respeto, esa tan olvidada moralidad, esa ya tan deseada mejor sociedad.