El Mañana

domingo, 22 de septiembre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Experto en eficiencia

23 agosto, 2019

“Sé que tienes una amante”, le dijo la mujer a su marido. Y añadió: “¿Qué no te basta hacer el ridículo conmigo?”… El pequeño ciempiés lloraba a lágrima viva. “¿Por qué lloras?”, le preguntó su madre. Gimió él: “Me pegué en una patita”. “¿En cuál?”, quiso saber la mamá. Respondió el pequeño: “No puedo decirte en cuál. Sólo sé contar hasta 10”… Un agente policiaco le mostró una fotografía a don Poseidón. Le preguntó: “¿Sabe usted quién es este hombre?”. “Sí -contestó el labriego-. Es mi vecino”. Inquirió el agente: “¿Conoce su paradero?”. “¡Óigame no! -se ofendió el viejo-. ¡Eso nada más su mujer!”… Desde el consultorio del ginecólogo la joven señora llamó por teléfono a su esposo y le anunció: “El doctor dice que es muy probable que vayas a ser papá”. El marido se alegró, pues ya tenía cinco años de casado y aún no disfrutaba los goces de la paternidad. Quiso oír la buena nueva de labios del médico, de modo que le pidió a su mujer: “Ponme en el teléfono al doctor”. “Ahora te lo paso -respondió ella-. Deja nomás que acabe de vestirse”… Noche de bodas. En el curso del primer acto de amor el recién casado notó algo que lo llevó a preguntar a su flamante mujercita cuando acabó el trance: “Dime, Loretela: ¿soy yo el único hombre con el que has hecho esto?”. “No -respondió ella con paladina sinceridad-. Pero si te sirve de consuelo te diré que tampoco has sido el peor”… Dulcibella despidió en la puerta de su casa al inexperto y tímido galán. Le dijo: “Gracias, Inepcio, por los dos besos que me diste”. “¿Dos? -se sorprendió él-. Fue uno solamente”. “No -reiteró ella-. Fueron dos: el primero y el último”… La curvilínea chica presentó en la ventanilla de banco un cheque para cobro. Le preguntó el cajero: “¿Tiene usted alguna identificación?”. “Sí, -respondió ella-. Un tatuaje en forma de corazón arriba de la pompa izquierda”… El asesor en eficiencia laboral y ahorro de tiempo mostró sus técnicas ante un público formado por jefes de producción de varias fábricas. Al terminar les dijo: “Una cosa les aconsejo: no traten de aplicar estas técnicas en su casa”. “¿Por qué?” -preguntó uno-. Explicó el experto: “Durante varios meses estuve observando la rutina que seguía mi esposa al preparar el desayuno. Me di cuenta de que hacía muchos viajes al refrigerador, a la despensa, a los gabinetes de la cocina, y traía siempre una sola cosa. Un día le dije: ‘¿Por qué no traes varias cosas a la vez?’. Desperdicias mucho tiempo; eres poco eficiente; no sabes hacer bien lo que haces”. Preguntó otro del público: “Y eso ¿sirvió para ahorrar tiempo?”. “Claro que sí -aseguró el conferencista-. Antes mi esposa tardaba 20 minutos en hacer el desayuno. Ahora yo me lo preparo en 10”… Rufiano, hombre del bajo mundo, tuvo trato de fornicio con una maturranga a quien pagó sus servicios por adelantado. Diestro en menesteres de colchón, el individuo de mi cuento le hizo a la prostituta un trabajo de tan elevada calidad erótica que la daifa gozó cumplidamente la ocasión, según lo demostraron sus jadeos, resoplidos y profusas exclamaciones de placer. Terminado el lúbrico acto la mujer le dijo a su amador: “Hagámoslo de nuevo. Esta vez no te cobraré”. Por segunda ocasión Rufiano llevó a la musa de la noche al culmen del deliquio. Tan satisfecha quedó la perendeca que le pidió al hombre repetir el acto. Le ofreció: “Ahora yo te pagaré a ti”. Sucedió, por desgracia, que Rufiano ya no pudo ponerse a la altura de las circunstancias. Quiero decir que a pesar de todos sus esfuerzos no logró izar el lábaro de su masculinidad. Así, la mujer se fue del cuarto, desilusionada. En el lecho Rufiano se dirigió a su parte de varón. “¡Desgraciada! -la apostrofó enojado-. Cuando se trata de gastar o gozar gratis siempre estás dispuesta, pero ¡ah!, que no se trate de ganarme yo una lanita, porque entonces no cuento contigo”… FIN.