El Mañana

sábado, 20 de abril de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Extraño presentimiento

6 marzo, 2019

La escandalera se escuchaba por toda la cuadra, poco a poco se percibía más cerca, el grito ensordecedor cimbraba en todas las casas, pero ese día los perros no ahullaban, curiosamente no ladraban, al contrario, corrían, se arrinconaban, permanecían bajo ese árbol o esa silla desvalijada, al sentir en ese instante y de ese momento un extraño presentimiento.

El toquido en la reja de la casa era insistente, aquel hombre con uniforme blanco impactaba a cualquiera, el cuestionamiento era directo, si se tenia algún perro que no estuviera vacunado, agregando que si tenia rabia de inmediato se lo llevaba; a pregunta de cómo se llama el perro aquel asustado chiquillo corría e indicaba a su madre, dice el señor que cómo se llama la “Viuri”.

Y al asomarse la hogareña dama, de inmediato se percataba que eran los de la “perrera” que andaban muy atareados vacunando, la pregunta volvía a escuchar de ese siniestro personaje, pero de una manera más ordenante: ¡Tiene perros que no estén vacunados, si tienen rabia me los llevo!

Y al escuchar nuevamente eso, la perrita y como si entendiera comenzaba a temblar y temblar, y al jalarla era casi imposible pues al piso y con resistol pareciera que estuviera pegada; ¡agárrela bien señito, no me vaya a morder! Y por fin en el lomo y en la pata esa tarea terminaba.

Mas sin embargo aquel día que casi muerde al vecino, la sentencia sobre ese animalito ya estaba echada, un lazo al cuello y esperar al cartonero para que con una propina se la llevara era de ese hogar su final; pero el lloriqueo de los niños y niñas hacía que esa madre reblandeciera de nuevo su corazón, otorgando el indulto, el perdón, pero diciendo ya habrá otra ocasión, otra ocasión.

Nadie sabía cómo carajos ese día de frío y lluvia la perra amaneció con una camada de crías, todos del mismo color, negros como la noche anterior, pero de éstos uno a uno fueron muriendo, otros se regalaron hasta quedar la “Viuri” sola, en casa.

Ese rechinido del camión urbano la perra de lejos escuchaba, y comenzaba a ladrar, como sabiendo que la señora iba a salir, así y de un brinco por igual se subía al camión y de abajo del asiento era imposible sacarla, tanto así que el chofer su ruta mejor continuaba.

Pero la hogareña sabía que al otro lado no va a poder cruzarla, los cigarreros del puente por unas monedas ahí lo sujetaban, ese adiós imprevisto el final de esa perra marcaba, las compras lograban que ese momento olvidara; ya en el camión de regreso la nostalgia le invadía, ahora quién me recibirá ladrando y moviendo su cola de alegría.

Así, al llegar a casa y apenas abría la puerta ahí estaba nuevamente la perra, esa “Viuri” que la recibía ladrando y moviendo la cola de alegría, preguntándose casi llorando y de emoción, cómo esta mascota le haría.

Queda claro que el ser humano, en su forma de vivir y convivir con sus semejantes ha tenido esa necesidad de una mascota, de ese acompañante, ese que, aunque se llegue irritado, molesto, preocupado, alegre, sonriente, solo o acompañado, de ese insignificante ser, de ese perrito, perrita, grande, pequeño, gordito o flaquito, chistoso, feo, juguetón, travieso, enojón o impaciente, de éste y por siempre tendrá esas historias qué contar, esa fiel compañía, ese inigualable, sincero y grato recibimiento.