El Mañana de Nuevo Laredo

Adolfo Mondragón

Cosas de mi pueblo y del otro lado

Adolfo Mondragón

13 junio, 2020

Feliz cumpleaños Nuevo Laredo



Apenas son 172 años los que cumple nuestro pueblo, este 15 de junio; es joven, vigoroso, gallardo y de no mal ver. Es un buen partido para cualquiera, sobre todo por su enorme potencial económico y comercial, somos la aduana más importante del país y primer socio comercial de los vatos del otro lado, eh, ¿qué tal? Sobre todo, ahora que el mes que entra se ponga en marcha el nuevo tratado comercial entre Estados Unidos, Canadá y México, el TEMEC. No, si les digo que venimos con todo; sin embargo, lo mejor y más importante del pueblo, es su gente, siempre lo he dicho, gente buena, honesta y solidaria.
Ya les he comentado que cuando le pregunté a mi padre, por qué había escogido Nuevo Laredo para afincarse, me contestó contundente: “Por su gente, hijo, en ningún lugar había encontrado gente tan buena como aquí;  aquí quiero que crezcan mis hijos y nazcan los que vengan”. Veníamos tres, yo de escasos meses, aquí nacería después Norita mi hermana y posteriormente 11 más de su último matrimonio. Paradójicamente mi madre había nacido aquí, pero se fue muy chica a México de donde era mi abuela y olvidó por completo su lugar de origen. Habrían de pasar varios meses para que recordara que finalmente ella había nacido aquí.
Papá traía una fábrica de tubos de concreto que instaló en la manzana de Guerrero y Chihuahua, era propiedad de Don Carlos P. Cantú, una de las primeras personas con que entró en contacto mi padre y a quien admiraba profundamente por su natural filantropía y don de gente. El contrato era para introducir el drenaje sanitario en la naciente colonia Juárez, concluida la obra, papá levantó la fábrica y se la llevó a mi tío a Tampico. “Aquí está la fábrica, renuncio a mis derechos, me regreso a Laredo”. Ya tenía empleo en la J.F.M.M., su primer trabajo fue el trazo de la calzada del árbol, hoy avenida Ruiz Cortines.
Pero volvamos a la fábrica en Guerrero y Chihuahua, donde nos quedamos por 15 años más, gracias a la generosidad de Don Carlos P. Cantú. Era propiamente el fin del pueblo, sólo estaba la casa de Don Teódulo Carrillo y en donde está el monumento a Juárez, estaba el Restaurante San Ángelo, propiedad de Don Teódulo, quién dijera que años después le tocaría mi padre, derrumbar el restaurante para construir el monumento. Enfrente estaba la casa de Don Hermilo Richer. A parir del San Ángelo iniciaba la carretera nacional, por eso la avenida Reforma, que también trazó y construyó mi padre, sale en diagonal, mientras que la Guerrero continúa, hacia el sur en forma recta.
Donde está actualmente el palacio municipal, el monumento a Los Fundadores y el edificio de El Palomar, eran las vías del ferrocarril y en el Fraccionamiento Ojo Caliente estaba la casa redonda, por ahí de la Degollado entre M. Herrera y Héroe de Nacataz, por ambas calles estaban las vías del tren y en medio, la Cruz Roja, edificio que había construido Don Carlos P. Cantú, de su propio peculio y que casualmente al abrir para cimentar el monumento a Los Fundadores, aparecieron los vestigios de los  antiguos cimientos de ese edificio. Por la Guerrero y hasta la Washington estaba el temible “Barrio Chino”, donde pululaban cantinas de mala muerte y cafetines de rompe y rasga.
Hacia el poniente, la mancha urbana apenas llegaba a lo que después sería la avenida México, también obra de mi padre. Sólo la populosa colonia Hidalgo estaba hacia el poniente, pero después del parque Mendoza era “sal si puedes”, el resto excepto el cuartel, ya eran labores, establos y corrales. Incluso labores donde se sembraba sandía y maíz. Curiosamente, por la Moctezuma, hoy V. Carranza, después de la San Antonio, había muchos baldíos y labores donde igual sembraban sandías, que nos robábamos (sólo una) cuando nos íbamos en pandilla hasta el rio, ahí la metíamos al agua para que se refrescara.
El parque Viveros se llamaba así porque en efecto era un vivero que administraba la J.F.M.M. a través de su departamento de parques y jardines y se obsequiaban a la gente diversos árboles para reforestar el pueblo, aunque también había plantas de ornato, pero esas eran más exclusivas, no a cualquiera se las daban. Toda esta época que les narro sucedió hasta 1957 aproximadamente, la gente salía diariamente a barrer el frente de sus casas y a regarlas, las colonias olían todas las tardes a tortilla de harina y a chorizo. Después de cenar se sacaban las mecedoras a las galerías, se abrían puertas y ventanas para que se refrescaran las casas y poder dormir, aunque usábamos catres de lona humedecidos a manguerazos.
Así de sencillo era nuestro pueblo, apenas tendría unos 110 años, recién se habían hecho los festejos de su centenario en el 48. Aunque había grupos de teatro como el de Doña Emilia Zárate, Toño Garza, Judith Delgadillo, nos gustaba asistir a las tandas del teatro portátil “Tallita” o el “Landeros”. En verano con carro lleno o camioneta hasta el tope, todos al autocine Serenata, generalmente nos quedábamos dormidos. Los cines al aire libre también eran muy socorridos. Ah, qué vida tan tranquila teníamos en el pueblo, ese pueblo que hoy cumple ya 172 años. Felicitación al pueblo.
Gracias amable lector por su gentileza, de acompañarme en este breve recorrido por el tiempo en nuestro querido pueblo, le deseo un espléndido fin de semana en familia.

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