El Mañana

miércoles, 26 de junio de 2019

Jorge Santana
Desde el otro lado Jorge Santana

Filipinas norteñas

2 junio, 2019

Me levanté temprano a escribirles. Son las 7:30 de la mañana del sábado y un pájaro carpintero en el marco de la ventana de mi recámara en el segundo piso me hace correr adormilado a espantarlo. Me equivoco de ventana y a lo único que espanto es a la vecina, es de esas señoras enérgicas que, a estas horas impensables, impropias, ingratas, andan sacando la basura y se preparan para ir a caminar y todas esas cosas saludables que seguro prolongarán sus años -cosas no para mí-, pienso entre dientes mentales.

Algo le sucede a mi vida, estoy en ese punto medio donde ya viví demasiado para echarme atrás y esconder la mano, pero sin haber vivido lo suficiente para pensar que ya viví y creerme mucho. En la Plaza México están vendiendo el vaso de mango enorme en 40 pesos. Está en su punto, no sé si el vendedor sepa que es el Mango Manila, su origen claro en las Islas Filipinas, y está en el libro de Récord Guinness como uno de los mangos más dulces de todo el mundo. Ese manjar por 40 pesos, abrasado por los casi 40 grados centígrados de cotidianeidad, me supo a gloria, me hizo sentir como un rey regordete sentado en su trono de oro.

Llegué a ese exótico manjar foráneo porque justo unas cuadras antes de llegar a la Plaza, por la calle Arteaga, vi a un hombre caminar por la banqueta, con todos los ojos llenos de regocijo y una despreocupación gatuna. Iba comiendo del enorme vaso desbordado de mango que le chorreaba los bigotes sacados de los peores libros vaqueros. El tipo era un espejismo, como escupido por este desierto a la indómita banqueta ardiente. Mis manos apretaron el volante y mis ojos apuntaron sus antenas hacia todo, como un sabueso con sed de sangre en algún campo inglés buscando patos o faisanes. Yo no hubiera dado en 40 pesos ese vaso pesado y soberbio. Primero les platicaba de las islas bellísimas que lo vieron nacer, del Récord Guinness, de cómo se sentirán como reyes del oriente, gordos y llenos de oro al comerlo, y después dejaba caer el precio, que no importa qué tan alto lo pusiera, se les haría que pagan poco por tal suceso culinario que parecería es algo nunca antes visto, aunque lo vendan en el cualquier Smart de barrio de peligro.

En fin, querido lector, el punto de todo esto es que ya no sé de qué les iba a hablar, tal vez porque es tan temprano, quizá el punto sea que, a mis casi 33 años, estoy agarrándole el sabor, apenas, a la vida. No nos queda de otra -dicen-. jorgesantana1@gmail.com

Desde el otro lado Jorge Santana

Quisiera