El Mañana

domingo, 15 de diciembre de 2019

Laura García
En el G7 Laura García

Glass

20 enero, 2019

Antes de que las carteleras fueran invadidas por las adaptaciones de los comics de Marvel, y las superproducciones y blockbusters se convirtieran en lo que conocemos ahora, el cine de superhéroes tuvo un renacimiento, sutil y discreto, que pasó casi desapercibido. Sin embargo, esto no fue reconocido o puntualizado hasta que tuvo un punto gigante de comparación. “El Protegido” (2000) fue un thriller cuyo protagonista hace el descubrimiento de que posee una fuerza sobrehumana y una sobrenatural habilidad para conocer las malas acciones de las personas al tocarlas; una película de superhéroes, envuelta en una trama de misterio, con una fotografía y música que la impregnaban de una potente personalidad. Una manera de contar la historia de un superhéroe y abordar el mundo de los comics que no volvió a verse desde entonces.

Dieciséis años después somos llevados sorpresivamente de vuelta a este pequenio mundo en que la historia supernatural de la humanidad es contada a través del mundo aparentemente fantasioso de los comics; nos es traído de vuelta el rostro de David Dunn (Bruce Willis) en el desenlace de la historia de un villano en “Fragmentado” (2016), dejándonos con esto una promesa en el aire de que algo grande y sustancioso estaba por venir.

Esta promesa parecía cumplirse con la llegada de “Glass” (Dir. M. Night Shyamalan, 2019), en donde se fusionan las historias del enigmático héroe David Dunn, su antítesis y proclamado villano Mr. Glass (Samuel L. Jackson) y Kevin Wendell Crumb (James McAvoy), quien es la amenaza más reciente: un hombre habitado por 24 personalidades, una de ellas poseedora de una fuerza y habilidades superiores y destructivas. Los tres se encuentran recluidos en un hospital psiquiátrico donde son objeto de estudio de la Dra. Ellie Staple (Sarah Paulson), quien se especializa en un tipo especial de delirio, el que ella cree hace pensar a las personas comunes que tienen poderes especiales o habilidades superiores a las de los demás.

Si hay algo que hay que reconocerle a esta película, es que en todo momento cumple con hacernos saber que es una obra de M. Night Shyamalan; el ritmo es lento, como nos tiene acostumbrados al haber hecho el género de suspenso su especialidad. Los diálogos son excesivos, pero en este caso no logran dejarnos enganchados respecto a lo que podrían significar o qué repercusión tendrán en el desenlace de la historia. Sin embargo, ese ritmo y esa construcción pausada de la historia sí llegan a crear una expectativa de que algo explosivo suceda al final. Lo cual nunca sucede.

Y no creo que lo poco satisfactorio del desenlace tenga que ver con la percepción generacional. No es porque estemos acostumbrados a los espectáculos de Marvel que esta película decepciona. Es su propia construcción, su premisa, sus modos los que van construyendo una expectativa que al final no puede cumplir.

Y esa es otra característica del director: pareciera a veces que quiere salirse tanto de las convenciones y expectativas del espectador, pero al mismo tiempo que todo lo que quiere hacer es complacerlo. Termina siendo víctima de su propia ambición; pareciera que trabaja mejor cuando nadie espera nada de él.

Como siempre las ideas no son el problema, la idea que nos deja esta película al final es brillante, y hay que decirlo, bastante relevante y acorde a nuestros tiempos: los verdaderos villanos son quienes tratan de ocultar que lo que nos hace diferentes nos hace grandes. Pero es la ejecución la que nos falla. Y culpo principalmente al guión; un guión excesivamente condescendiente, en el que llega un punto en que hasta podemos sentir nuestra inteligencia insultada. Nos dejan caer con diálogos acepciones que todo espectador debería ser capaz de procesar por sí mismo, sacarlo en ideas. Es una película que rinde homenaje al mundo de los comics, pero de manera nada sutil. Lo pone en cara de manera descarada, y eso le quita un poco de encanto a este homenaje.

No agrega nada sustancioso a las historias de cada uno de los protagonistas o a su interrelación, lo cual es una lástima pues cuenta con la calidad suficiente histriónicamente para habernos regalado un arco más significativo a cada uno de estos personajes. James McAvoy vuelve a ofrecernos una brillante interpretación de más de una persona en un solo cuerpo. La misma oportunidad de brillar no les fue dada ni a Jackson ni a Willis, pues creo que a ninguno de sus personajes se les dio la presencia en el guión que merecían.

Para mí no es el cierre que esta impensada trilogía necesitaba, pero me deja pensando que tal vez sí sea el cierre que el director merecía. Tal vez después de esta insípida experiencia regrese unos años mas tarde a sorprendernos nuevamente, cuando menos lo esperemos y cuando del que menos lo esperemos sea de él.

En el G7 Laura García

Dumbo