El Mañana

lunes, 22 de abril de 2019

Laura García
En el G7 Laura García

Green Book: Una Amistad sin Fronteras

9 febrero, 2019

Una historia que se desarrolla en los años 60’s y aborda los conflictos y tensiones raciales de la época mediante el relato de la vida real de amor o amistad entre personajes de razas distintas. No es extraño tener por lo menos una producción semejante cada año salida de Hollywood. Porque así como es importante tener recordatorios de lo absurdos y crueles que pueden ser los prejuicios humanos, también hace falta recordar que son también virtudes humanas las que han logrado sobrepasarlos y vencerlos una y otra vez. El invencible triunfo constante del espíritu.
Pero que una historia así, con un alto riesgo de herir susceptibilidades, sea contada por un director cuyo apellido llego a ser representativo del humor más insensible, burlón y hasta cierto grado escatológico. Un tipo de humor que parece no tener cabida en nuestros tiempos. La exageración de estereotipos es lo que llego a caracterizar a los personajes protagonistas de las películas más famosas y características que Peter Farrelly llego a dirigir junto a su hermano Bobby, lo cual parece favorecer la visión particular que nos entrega con “Green Book: Una Amistad sin Fronteras” (Green Book, Dir. Peter Farrelly, 2018). La historia se centra en la relación de amistad que surgió entre Don Shirley (Mahershala Ali), un pianista afroamericano de música clásica y Tony Vallelonga (ViggoMortensen) un hombre italo-americano de la clase trabajadora a quien contrata como su chofer y guardaespaldas para emprender un viaje de gira por el sur de Estados Unidos durante los años 60’s, donde la segregación aun regulaba la vida diaria en esa región. Tomando como guía el “Green Book”, un folleto donde se enlistan los hoteles en cada ciudad donde les está permitido a los afroamericanos hospedarse, recorrerán el camino desde Nueva York hasta Alabama, enfrentándose a los retos cada vez mayores que les presenta cada lugar conforme se alejan más de casa, y descubriendo los propios prejuicios que los dominan incluso a ellos.
El guion está basado en un libro escrito por el hijo de Vallelonga, adaptado por Brian Currie y el mismo Peter Farrelly, quien a pesar de brindarnos un tipo de humor más sobrio nos deja ver que su estilo sigue ahí. Hace un contraste interesante con su acostumbrada exageración de los estereotipos tanto en su forma de dirigir la película como en el enfoque que les da a los personajes principales. Esta película es el estereotipo ideal de lo que es cualquier película de fraternidad racial hecha en Hollywood, sin embargo en su esencia termina desafiándolos a todos.
Porque por más común y gastada que parezca la premisa de la historia, son sus personajes principales los que la hacen diferente. Esto hace que gran parte del encanto y el funcionamiento de la película caigan sobre las interpretaciones de los dos actores protagonistas, cada uno inmerso en su papel en la medida exacta y precisa. Mortensen, mostrando una interpretación aparentemente más superficial y ruidosa representa la exageración del estereotipo, mientras que Ali nos regala una elegante y sobria imagen de su personaje que representa una total contradicción a todo lo que se percibía que debía ser en esos tiempos un afroamericano. El choque de estas contradicciones, del progreso y la tradición es lo que representa el alma de la película y la hacen memorable. Mención honorifica a la química visible entre ambos actores, que hacen de su amistad algo realmente creíble.
Aunque no es una película que aporte algo nuevo, ponga otra perspectiva o provea nuevos fundamentos y discursos para la lucha aun existente por los derechos civiles igualitarios en Estados Unidos, tampoco pretende hacerlo. Es una historia que no se toma así misma demasiado en serio, pero tiene cuidado de no tomarse tampoco tan a la ligera. Sabe lo satisfactorio que es ver el triunfo de la fraternidad humana por sobre sus propios prejuicios de vez en cuando. Pequeñas historias como estas son los destellos que mantienen la luz de la esperanza siempre viva.

En el G7 Laura García

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