El Mañana de Nuevo Laredo

Miguel Rodríguez Sosa

Pasadizo Secreto

Miguel Rodríguez Sosa

2 septiembre, 2020

Hasta los recuerdos se caen de las manos



“Abrázame que Dios perdona, pero el tiempo a ninguno, abrázame que no le importa saber quién es uno”. – Juan Gabriel.

Pareciera increíble, pero hoy, se desea que el tiempo pase con más intensidad por esta vida, pues ya ni siquiera existen esos espacios en donde casualmente se tropezaba con el pasado, y se disfrutaba; hoy, esas cuatro paredes semejan esa prisión perpetua, que aún no libera, que no deja hacer nada, entumece tanto el alma que hasta los recuerdos se caen de las manos.

De la recámara al comedor y a ese hoy indeseable sillón, hasta ya adrede se arrastran y lentamente los pies para no llegar tan rápido pues, para ahí sentarse, admirarse para sí mismo, a ese espacio otra vez adentrarse, ¿el tiempo?, qué significa hoy esa palabra ante tanto temor que arrastra el viento.

Quizás y para entender mejor a este presente cruel, bastará con escuchar esa reflexiba canción de Juan Gabriel:

“Abrázame que el tiempo pasa y él nunca perdona, ha hecho estragos en mi mente como en mi persona, abrázame que el tiempo es malo y muy cruel amigo, abrázame que el tiempo es oro si tú estás conmigo, abrázame fuerte, muy fuerte, más fuerte que nunca, siempre abrázame hoy que tú estás conmigo”.

Se buscan esas gafas, esas que se sabe dónde están, pero se desea perder el tiempo, a éste no encontrarlo jamás, y ahí están, ahí se ven, después, una y otra vez el periódico se ojea, mil veces la vista se parpadea, se voltea hacia esa ventana.

Cerciorarse así que la mañana ya ha cedido, que la tarde ya ha prevalecido sobre este nuevo deseo de vida, pero no se alcanza a divisar, teniendo que caminar, con esa luz solar comprobar y a Juan Gabriel con esa canción otra vez el meditar:

“Abrázame que el tiempo hiere y el cielo es testigo, que el tiempo es cruel y a nadie quiere por eso te digo, abrázame muy fuerte mantenme así a tu lado, yo quiero agradecerte todo lo que me has dado, quiero corresponderte de una forma u otra a diario, yo nunca del dolor he sido partidario”.
Al sillón nuevamente regresar, ahí ver el tiempo pasar, casi como por manía, se sostiene ese aparato que suena, que insistentemente avisa, el contestar hace de inmediato cimbrar el corazón al escuchar de esa nieta esa tierna sonrisa.
Pero esa alegría pasa, al saber que no se puede sentir, en su frente besar, tan sólo fríamente el mirar, entonces otra vez y por la mente pasa esa canción para escuchar:
“Abrázame que el tiempo pasa y ese no se detiene, abrázame muy fuerte que el tiempo en contra viene, abrázame que Dios perdona, pero el tiempo a ninguno, abrázame que no le importa saber quién es uno”.
Cuántas veces era el deseo de muchos que el tiempo se detuviera, que hiciera una pausa en esta vida pasajera, pero ante esta situación presente, hoy el que mejor siga su marcha es ese deseo ferviente; así permitir el abrazar y fuertemente a ese Dios que cuida, así disfrutar otra vez de esta adorable vida.

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