El Mañana de Nuevo Laredo

Adolfo Mondragón

Cosas de mi pueblo y del otro lado

Adolfo Mondragón

18 julio, 2020

He renunciado a ti…



Bueno realmente a lo que renuncié fue a mi trabajo en el programa Becas Benito Juárez de la Secretaría de Educación Pública del gobierno federal. El trabajo en sí me gustó mucho; nada como ver la cara de felicidad de los jóvenes cuando les entregábamos la beca a la que se habían hecho acreedores por el simple hecho de estar estudiando o el de las madres, cuando acudían por la beca familiar por tener hijos en primaria o secundaria, a nadie le cae mal un poco de dinero extra. Ya no me tocó entregar las becas “Eliza Acuña”,  pero sí en universidades a “jóvenes escribiendo el futuro” y lo mismo, quienes salían sorteados en este programa, no podían ocultar su gusto y satisfacción.
Por ese lado, pues sí voy a extrañar el trabajo, pero la verdad ya se me había hecho deshonesto, estar cobrando sin trabajar, pues por mi edad no debía estar frente a público, tenía que resguardarme, confinarme, encerrarme y claro que lo he hecho; sin embargo, llegó un momento en que sentí que no era correcto que yo estuviera cobrando sin hacer nada, cómodamente en mi casa, aunque las circunstancias así lo exigieran. Sobre todo, porque mi puesto lo podía ocupar otra persona más joven, que pudiera desempeñarlo con eficacia y eficiencia.
Durante el primer mes de confinamiento, no me sentí culpable de nada, cobré mi sueldo dignamente, pero ya en el segundo mes y viendo que la pandemia no tenía para cuándo terminar, entonces sí me empecé a sentir muy mal, sentí que no tenía derecho a cobrar un sueldo que no estaba devengando y además en perjuicio de mis compañeros que tenían que realizar las labores que me correspondían a mí. Aunque todos muy jóvenes y llenos de energía y entusiasmo, no debía abusar de ellos. Por eso tomé la determinación de renunciar.
El sueldo de junio que depositaron en mi cuenta, lo cobré, pero fui y lo repartí equitativamente entre mis compañeros, puesto que habían sido ellos quienes lo habían trabajado en mi nombre, no me era dado disfrutar de un dinero que no me correspondía. Y no es que no me haga falta, todos los que me conocen saben que vivo de la pensión de jubilado como maestro, no es la gran cosa, pero me proporciona para vivir decorosamente. Claro que esa entrada extra me servía de mucho, pero ya se había convertido en dinero sucio. Y ahí sí, mis principios y valores no me permiten disponer de algo que no me corresponde.
Muchos me han dicho que, para variar, fui un tonto, puesto que tenía derecho a seguir cobrando en mi casa, porque la contingencia así lo permitía, que no estaba haciendo nada ilegal ni era un acto de corrupción (la sola mención de esta palabra tan horrible, me da escalofríos); sin embargo, mi conciencia me dictaba otra cosa y siempre he seguido los dictados de mi conciencia y nunca me han fallado. No sé si ella sea igual de mensa que yo, pero le hago caso. La paz y la tranquilidad no tienen precio ni se pueden comprar en algún mercado.
No pretendo con esta narración darme baños de pureza, sino compartir con ustedes una forma de pensar y de ser, tampoco pretendo ser ejemplo, poca valía tengo, pero sí que sirva para reflexionar un poco sobre la importancia de los valores que prevalecen en muestras vidas y no sacrifiquemos los verdaderos por el oropel. Ya ven a cuántos exfuncionarios están arrestando, de nada les sirvieron los millones que robaron, nunca volvieron a tener paz ni sosiego. Todo fue efímero, sólo la mancha será permanente.
Bueno, a ver qué pasa mañana, a la mejor puedo volver a trabajar, cuando pase este naufragio como dice Mario Benedetti y no perjudique a nadie ni a nada y pueda devengar honestamente un salario. La verdad todavía me siento con fuerzas y ánimo para trabajar, pero esta contingencia nos ha puesto en pausa, ojalá que pronto podamos reanudar nuestra vida cotidiana, aunque nunca nada volverá a ser igual. Ni debe ser igual porque precisamente nuestros pésimos comportamientos con nuestra casa que es este planeta, es lo que nos llevó a donde estamos, así que cambiamos o nos exterminamos.
Gracias amable lector por la gentileza de su atención, le deseo un magnífico fin de semana en casa y con su familia, disfrute de la canícula tan característica nuestra.

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