El Mañana

viernes, 06 de diciembre de 2019

Rafael García Ortega
Artículo Rafael García Ortega

Ignacio Zaragoza Seguín,‘Hombre Pueblo’

19 mayo, 2019

Así fue nombrado tras la Batalla del 5 de Mayo, la popularidad adquirida por su fe mística en la potencia del héroe para conjurar desastres. Ese gran cariño, que el pueblo le prodigó, lo elevó a la glorificación. Con Ignacio Zaragoza renació la fe popular. Aparte Robusteció de la Intervención Norteamericana, la Guerra de los Tres Años, luego la Alianza Tripartita que amenazaba a otra lucha, y en las demás guerras fratricidas, y en la que el ánimo de los mexicanos, ciertamente se encontraba sin esperanza de paz y en total desconcierto.

La Batalla del 5 de Mayo y Zaragoza dieron a México inmensos resultados políticos, militares y sobre todo, anímicos y psicológicos. Nuevamente surge el hálito de patriotismo. Nació en nuevo México con esperanzas y confianza en sí mismo, con la transformación tan anhelada en toda la Nación.

“Se robusteció la fe popular en su propia capacidad, reafirmando la conciencia nacional. La historia patria tiene entonces un parteaguas que la divide en un antes y un después del 5 de Mayo. El alma nacional tuvo por fin, cohesión: se volvió a creer en el Derecho, es decir, la fe en el Derecho, sobre la razón de la fuerza está la fuerza de la razón. Emergió, pues, la definitiva personalidad de México; por eso fue que nuestros abuelos, los que vivieron aquella epopeya, la consignaron como nuestra segunda Independencia.

El alcance y la trascendencia de la Batalla del 5 de Mayo también salvó la Federación Norteamericana, hecho importante poco conocido y menos valorado. Pues entre los objetivos franceses además de México estaba la Unión Americana, claramente señaladas en las cartas de Napoleón al mariscal Forey.

Cuando Zaragoza defendía Puebla y con ello a la República Mexicana, apareció en el marco de la Guerra Separatista, de los Estados Unidos de Norteamérica, allende del río Bravo, Edmundo Lee, general y gran soldado de su país.

Si Puebla hubiese caído el 5 de Mayo de 1862, días después los franceses se habrían unido a los surianos o sudistas y con ayuda de la Gran Bretaña habrían conquistado puertos y –decían- limpiando de estorbos marítimos la comunicación entre los estados rebeldes y el océano, lo que hubiera sido, quizás, la separación definitiva.

En Loreto y Guadalupe, no se defendió solamente la integridad mexicana, sino la Federación Norteamericana. Ahí sin duda, cambió el rumbo de la historia universal, ángulo notabilísimo que trajo consigo la batalla que ganó Ignacio Zaragoza. De alguna manera esto explica la ponderación que hacen los norteamericanos de celebrar el 5 de Mayo.

Por otra parte, la experiencia del 5 de Mayo impactó el derecho internacional, aportando la idea de la libre autodeterminación de los pueblos, la igualdad soberana, el respeto mutuo entre las naciones, doctrinas y postulados, los cuales quedaron para siempre enraizados profundamente en nuestra limpia política internacional y, desde entonces han sido respetados e imitados por muchas naciones hermana. (1)

Volvamos a Ignacio Zaragoza, ¿cómo era física y humanamente?

Sus biógrafos lo describen como un hombre de “notable valor y energía”; valor y energía siempre presentes en los encuentros que sostuvo con los enemigos de la República, como fue la batalla que enfrentó con el General Santanista Adrián Woll, que había sido gobernador del estado de Tamaulipas. Fue la actuación de Zaragoza tan destacada, “pues en ella se vio un despliegue de gran valor y serenidad”, que en el mismo campo de batalla recibió el nombramiento de Coronel.

Tuvo otras campañas de guerra para apoyar a los liberales del centro del país y para defender la frontera “amenazada por los filibusteros”. Al referirse sus biógrafos de cómo era físicamente, nos lo describen como una persona de estatura “más bien aventada”, entero, fuerte y ágil, moreno de color, frente amplia, boca grande y fina, nariz bien proporcionada sobre la que cabalgaban los espejuelos correctores de una asentada miopía, de ojos obscuros, sereno, que afinaba el cuidadoso aliño del pelo liso y negro.

Era un hombre de profundo equilibrio emocional, su calma no era signo de indolencia; hombre valeroso sin ostentación que irradiaba la bondad a distancia; era generoso y también humilde, pues le irritaba la soberbia de los fuertes, doliéndose de la desgracia de los pobres y miserables; honrado sin jactancia, sin vanagloria –nos siguen diciendo sus biógrafos-, que nunca se manchó las manos con el hurto y el saqueo.

Hoy en día de cuántos políticos mexicanos quisiéramos decir lo mismo. Porque tal pareciera que van a servirse y no a servir al pueblo; y bueno, ahí están todos los comentarios e informes de exgobernadores y presidentes que han sido señalados y encarcelados por múltiples motivos, la deshonestidad y la corrupción.

Sin embargo en Zaragoza encontramos a un hombre de inteligencia despierta, en sus años de juventud latía ese afán, esa voluntad viva de ser y servir que aspiraba a distinguirse, la notoriedad que tanto reñía con su modestia era para encausar el rumbo generoso de su vida y en el momento de las grandes decisiones; era intrépido y cuando era necesario, temerario.

El paladín del periodismo y reconocido literato mexicano Francisco Zarco, hizo una descripción muy detallada de los últimos momentos de la vida de don Ignacio Zaragoza Seguín, que a continuación citamos:

“Herido mortalmente y víctima de la tifo, epidemia que se desató en parte de la república y por ese tiempo de la epopeya cayó Ignacio Zaragoza enfermo con altas temperaturas. Delirante por las mismas fiebres, se vienen a su mente los triunfos y derrotas, imágenes guerrera que envuelven su agitada mente. Muere con gesto victorioso el 8 de septiembre de 1862: deserción de su impecable hoja de servicios, la inevitable, la de la muerte”.

Las exequias fúnebres del mestizo de la frontera, del guardia nacional, el gran chinaco de la reforma, el militando patriota, el soldado republicano; es trasladado a la capital de la república. El cortejo fúnebre fue recibido por la gran Ciudad de México, triunfalmente. El carro funerario estaba cubierto de incienso, flores y palmas. El ataúd iba envuelto en nuestra bandera tricolor. Juárez lo declaró Benemérito de la Patria; la gesta heroica quedó plasmada no solamente en los nombres de las plazas públicas, calles, escuelas o monumentos, sino hasta en la misma ciudad donde se desarrolló su hazaña, recibiendo el nombre de Puebla de Zaragoza.

Sus restos fueron exhumados en el año de 1976 del panteón de San Fernando de la Ciudad de México, durante el gobierno del presidente de la República Luis Echeverría –de no muy grata memoria-. Habían transcurrido 114 años, fue reinhumado en un sobrio monumento frente a los fuertes de Loreto y Guadalupe, escenario de aquella guerra innecesaria; 4 años después en 1979 fecha del 150 aniversario del natalicio de nuestro héroe, se reinhumaron los restos de su amada esposa doña Rafaela Padilla de Zaragoza que por derecho propio no podía estar ausente de esa cripta, donde se volvieron a encontrar después de 118 años. Don Ignacio Zaragoza y Rafaela se separaron físicamente por circunstancias de aquella guerra en diciembre de 1861 en la Ciudad de México, donde una centuria después se reencontraron bajo la tierra amorosa de Puebla que Don Ignacio fecundó con su hazaña imperecedera.

Ignacio Zaragoza Seguín nació del matrimonio formado por don Miguel Zaragoza y doña María de Jesús Seguín, él prestaba servicios militares de subteniente en la Bahía del Espíritu Santo, sobre el litoral del Golfo de México y en ese lugar nació Ignacio Zaragoza el día 24 de marzo de 1829; un mes antes, el 4 de febrero la Legislatura del Estado de Coahuila y Texas habían decretado que el presidio de Bahía del Espíritu Santo se erigiese en Villa con el nombre de Goliad, mismo que, según el General Filisola debía ser Golhiad como anagrama del padre de la patria.

Del matrimonio de don Ignacio y doña Rafaela nacieron 3 hijos, 2 varones y una niña, los varones fueron Ignacio e Ignacio Estanislao que fallecieron, sobreviviendo únicamente la pequeña Rafaela, quien vivió hasta 1927.

Doña Rafaela murió víctima de una enfermedad que para esa época no había cura, pleuresía y Don Ignacio Zaragoza a los pocos meses de la muerte de su esposa, falleció a la edad de 33 años.

Con esta vida ejemplar se cierra un capítulo más de nuestra Historia Patria.

(1)Federico Berruelo Ramón. Secretaría de Gobernación, México, 1962.