El Mañana

domingo, 21 de abril de 2019

Martha Luján
Opinión Martha Luján

Inclusión educativa, ¡sí se puede!

6 enero, 2019

Pocos días antes de que Rafa saliera de vacaciones fui a recibir su boleta de calificaciones. Ahora estudia tercer grado de preescolar en un kínder regular privado. Es afortunado. En México lograr que un niño con síndrome de Down curse en una escuela regular y no sea enviado por “default” a una escuela especial (entiéndase CAM, Centro de Atención Múltiple) es un privilegio.
Estudia completamente incluido desde los dos años de vida. Actualmente su colegio no cuenta con equipo especial de apoyo a la integración educativa. Esto significa que no tienen logopedas, maestras de educación especial o psicólogas de apoyo para niños con alguna deficiencia o limitación. La labor de inclusión de todos los niños depende de las maestras de grado. En el caso de Rafa, esto es algunas veces bueno y muchas veces difícil. Pero es lo que hay. Y con eso mi esposo y yo hemos decidido ir dando hacia adelante, atajando las dificultades una por una conforme se vayan presentando. Desde que elegimos la escuela regular, sabíamos que nos tocaría ir abriendo brecha. Yo creía que iba a ser difícil, no me imaginaba claramente cuánto.
Con vientos a favor y a veces en contra –ha habido muy pocos huracanes, he de ser sincera– hemos avanzado y ahora con confianza estamos donde estamos: con Rafa cursando el tercer grado de preescolar. Asistiendo –para nuestra buena fortuna– durante dos horas diarias adicionales a escuela de contra-turno donde recibe apoyo individualizado en áreas específicas para mejorar su comprensión, comunicación, integración sensorial y conducta. Además de esto, está completamente incluido también en una escuela de taekwondo. ¿Es cansado? ¡Sí! para todos, supongo que especialmente para él. Pero hemos hecho, poco a poco, un gran equipo de gente que cree en él, y nos esforzamos por llenar su maleta con habilidades que son desde ahora muy valiosas para su vida.
Por esto, cuando me entregaron sus calificaciones del segundo bimestre de este ciclo escolar, me quedé en shock. En la primera hoja estaba escrito: “El niño no quiso responder el examen. Lo intentamos por tres días consecutivos y no se pudo”; después encontramos anexado el examen en blanco. “No había querido”, significaba que tenía un cero. Ahora además de tener síndrome de Down ya tenía una nueva etiqueta: “niño difícil”. Me enojé.
De inmediato solicitamos cita en la escuela. Si queríamos aclarar algo, debíamos apurarnos, estaban en puerta el festival de Navidad y las vacaciones de invierno.
Sin pensar en lo complicado que sería para su maestra y directora recibirnos, fuimos mi esposo y yo como “equipo de padres” a buscar respuestas sobre lo que había pasado.
Antes de la reunión para calmar nuestra ansiedad, buscamos consejos de algunos amigos maestros, quienes tienen experiencia en integración educativa y mediación escolar. Teníamos temor de equivocarnos y tensionar de más la delicada cuerda en la que camina diariamente nuestro hijo durante casi cinco horas por día.
¡La reunión desde mi lectura fue un éxito! Todos coincidimos en que Rafa sabe muchas cosas y se esfuerza, pero que aun así hay muchas cosas en las cuales requiere apoyos y adecuaciones. Coincidimos en valorizar sus esfuerzos y seguir adelante, apretando las tuercas necesarias en el ambiente, para que su inclusión siga yendo cada día mejor.
Confío en su escuela y su equipo. Confío en mi hijo… en Rafael. Confío también en la escuela de apoyo y en cada una de sus maestras de apoyo. Creo que su papá y yo, somos al lado de todos ellos, la mejor fórmula para Rafa. Así que ahora agradeciendo este aprendizaje, siento que estamos listos para el 2019, para la graduación de kínder y la entrada tan esperada a la primaria, para su cambio de cinta blanca a amarilla y para todo lo que este nuevo año nos depare.
¿Por qué cuento esto?
Durante demasiado tiempo la integración de niños con discapacidad en las escuelas regulares ha sido a cuentagotas. Poco a poco más madres y padres como nosotros, nos atrevemos a creer que es ahí –en las escuelas regulares– donde nuestros hijos pertenecen. Hemos ido defendiendo –a veces con uñas y otras con machetes– el derecho de entrar, de permanecer y aprender en una escuela que pocas veces sabe, pocas veces quiere y pocas veces puede lograr que nuestros hijos con discapacidad aprendan y sean felices en las aulas.
Las familias pocas veces contamos con los recursos emocionales necesarios para escuchar y acordar (sin pelear) con quienes deberían de ser nuestros mejores aliados: los maestros.
Desafortunadamente todavía muchos –maestros y familias– consideran que la inclusión educativa significa que nuestros hijos deben adaptarse o acomodarse -sin hacer mucho ruido- a pesar de las circunstancias, sin entender que justamente la inclusión existe al momento en que los ambientes se “transforman” para que todos puedan crecer juntos dando a cada quien los apoyos necesarios para estar seguros, en paz y en
disposición de aprendizaje.
Ser maestro de un Rafa supongo que no es fácil, tampoco lo es ser su madre. Supongo que ser maestro y ser madre o padre en sí mismo exige mucho, mucho, compromiso. En todos los casos, lo que hagamos o dejemos de hacer tendrá repercusiones para las vidas de los Rafas, de sus familias, pero también del universo entero.
Sí se puede maestras, sí se puede familias, ¡sí se puede! #sialainclusion #inclusioneducativa